Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 9Dos aflicciones |
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HALIMAH
y Harith estaban convencidos de que los niños
habían dicho la verdad; por ello se
encontraban sumamente perturbados. Harith
temía que su hijo adoptivo hubiera sido
poseído por un espíritu maléfico o
alcanzado por algún hechizo, y le dijo a
su esposa que debían llevárselo a su
madre sin pérdida de tiempo, antes de que
él daño que había sufrido se hiciese
patente. En consecuencia, Halimah lo llevó
una vez más a la Meca, sin intención de
decir nada sobre la verdadera razón de su
cambio de idea. Pero el cambio era
demasiado brusco y Aminah, para no sér
engañada, al fin la obligó a contar toda
la historia. Después de oírla, disipó
los temorés de Halimah diciendo:
"Grandes cosas le aguardan a mi
hijito." Luego le habló de su
embarazo y de la luz que había tenido
conciencia de llevar en su interior.
Halimah se tranquilizó; aun así, Aminah
decidió esta vez quedarse con su hijo.
"Déjalo conmigo," dijo, "y
que tengas buen viaje de regreso. El
niño vivió feliz en la Meca con su madre
durante unos tres años, ganándose el
cariño de su abuelo, de sus tíos y tías
y de los muchos primos con los que jugaba.
Particularmente queridos le eran Hamzah y
Safiyyah, los hijos del último matrimonio
de Abd al-Muttalib, que había tenido
lugar el mismo día que el de los padres
de Muhammad. Hamzah era de su misma edad;
Safiyyah, un poco más pequeña -eran su tío
y su tía por parte de padre y sus primos
por parte de madre-, y entre los tres se
forjó un fuerte y duradero vínculo. Cuando
tenía seis años su madre decidió
llevarlo a visitar a los parientes de
Yathrib. Se unieron a una de las caravanas
que iban hacia el norte, cabalgando en
dos camellos; Aminah, en uno de ellos, y
él en el otro con su fiel esclava Barakah.
En años posteriores contaría Muhammad cómo
aprendió a nadar en una alberca que
pertenecía a sus parientes jazrachíes
con quienes se alojaban, y cómo los niños
le enseñaron a lanzar la cometa. Poco
después del iniciado viaje de vuelta
Aminah cayó enferma y se vieron obligados
a detenerse, dejando que la caravana
continuase sin ellos. Unos días más
tarde murió en Abwa -no lejos de Yathrib-
y allí fue enterrada. Barakah hizo cuanto
pudo para consolar al niño, ahora huérfano
por partida doble, y en compañía de
algunos viajeros lo llevó de nuevo a la
Meca. Su
abuelo se hizo entonces cargo de él por
completo, y pronto se pudo ver con
claridad que su especial amor por Abdallah
se había transferido al hijo de éste. A
Abd al-Muttalib siempre le hacía feliz
estar cerca de la Kaabah, como cuando
había sido su costumbre dormir en el
Hichr en la época en que le fue ordenado
excavar. Así pues, su familia solía
extenderle un lecho todos los días a la
sombra de la Casa Sagrada, y, por respeto
a su padre, ninguno de sus hijos, ni
siquiera Hamzah, se aventuraba nunca a
sentarse en él; pero su nietecillo no tenía
escrúpulos, y cuando sus tíos le pedían
que se sentara en otro sitio Abd al-Muttalib
decía: "Dejad a mi hijo. Porque, por
Dios, suyo es un gran futuro." Se
sentaba a su lado en el lecho y le
acariciaba la espalda y siempre le
agradaba observar lo que hacia. Prácticamente
todos los días se les podía ver juntos,
cogidos de la mano, en la Kaabah o en
otros lugares de la Meca. Abd al-Muttalib
incluso llevaba a Muhammad consigo cuando
asistía a la Asamblea, donde los
principales hombres de la ciudad, cuarenta
en total, se reunían para discutir sobre
diversos asuntos, y el anciano de ochenta
años no se abstenía de preguntar al
muchacho, de siete, su opinión sobre esto
o aquello, y cuando sus compañeros
dignatarios le preguntaban decía siempre:
"Un gran futuro aguarda a mi
hijo." Dos
años después de la muerte de su madre,
el huérfano se vio afligido por la muerte
del abuelo. Cuando estaba muriendo, Abd
al-Muttalib confió su nieto a Abu Talib,
que era hermano uterino del padre del
chico, y Abu Talib prolongó el afecto y
la bondad que su sobrino había recibido
del anciano. En adelante fue uno de sus
propios hijos, y su mujer Fatimah1
hizo todo cuanto pudo por ser una madre
para el niño.' Más tarde Muhammad solía
decir de ella que habría dejado pasar
hambre a sus propios hijos antes que a él. |
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