Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 85La sucesión y el entierro |
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Las
señales que Abbas había
sido el primero en ver se
habían hecho también
evidentes para otros; y
antes de que la muerte
aconteciese, Umm Ayman había
enviado un mensaje a su
hijo diciéndole que el
Profeta se moría. Ya se
había levantado el
campamento para iniciar la
marcha hacia el norte,
pero Usamah al punto dio
órdenes de regresar a
Medina. Muchos de los
Compañeros más antiguos
se encontraban en el ejército,
incluido Omar, y cuando
fueron recibidos a su
llegada a la ciudad con la
noticia de que el
fallecimiento se había
producido, Omar se negó a
creerlo. Había
malinterpretado una aleya
del Corán que él había
pensado que quería decir
que el Profeta sobreviviría
a todos y a otras
generaciones por venir, y
se situó entonces en la
Mezquita y se dirigió a
la gente, asegurándoles
que el Profeta estaba
simplemente ausente en el
Espíritu y que volvería.
Mientras así hablaba, Abu
Bakr regresó a caballo de
Sunh, porque la noticia se
había difundido rápidamente
por todo el oasis. Sin
detenerse para hablar con
nadie, fue directamente a
la casa de su hija y retiró
del rostro del Profeta el
manto con que lo habían
recubierto: lo miró
fijamente y luego lo besó.
“Más querido para mí
que mi padre y mi madre”,
dijo, “has
probado la muerte que Dios
decretó para ti. Después
de ésta, ninguna otra
muerte te acontecerá”.
Reverentemente volvió a
extender el manto sobre su
rostro y salió a la
multitud de hombres a
quienes Omar estaba aún
dirigiéndose: “¡Calma,
Omar!”, le dijo,
mientras se aproximaba. “¡Oídme
hablar!”. Omar
no prestó atención y
siguió hablando, pero al
reconocer la voz de Abu
Bakr la gente abandonó a
Omar y se volvió a
escuchar lo que el hombre
de más edad tenía que
contarles. Después de
alabar a Dios, dijo: “¡Gentes!
Quien acostumbrara adorar
a Muhámmad ha de saber
que ciertamente Muhámmad
ha muerto; y quien
acostumbrara adorar a
Dios, tenga presente ahora
que, verdaderamente, Dios
es Viviente y no muere”.
Luego recitó los
siguientes versículos,
que habían sido revelados
después de la batalla de
Uhud: “Muhámmad no es más que un enviado y otros enviados han pasado antes
que él. Si muriera o lo
mataran, ¿os volveríais
sobre vuestros pasos?
Quien se vuelve sobre sus
pasos no daña a Dios, y
Dios recompensa a los
agradecidos” (III, 144). Fue
como si la gente no
hubiera sabido de la
revelación de esta aleya
hasta que Abu Bakr la
recitó aquel día. La
escucharon de él y estuvo
en los labios de todos.
Omar diría
posteriormente: “Cuando
oí a Abu Bakr recitar
aquella aleya, me quedé
tan asombrado que caí al
suelo. Mis piernas ya no
me sostenían, y me di
cuenta de que el Enviado
de Dios había muerto”. Ali
se había retirado
entonces a su casa; con él
se encontraban Zubayr y
Talhah. El resto de los
Emigrados se congregaron
en torno a Abu Bakr, y a
ellos se les unieron Usayd
y muchos otros de su clan.
Pero la mayoría de los
Ansar, tanto de Aws como
de Jazrach, se habían
reunido en el lugar de
asamblea de los Bani
Saidah, cuyo jefe era Saad
ibn Ubadah, y a Abu Bakr y
Omar les llegó la noticia
de que estaban debatiendo
allí acerca de quién debía
ser el hombre sobre el que
recayera la autoridad,
ahora que el Profeta había
muerto. Ellos habían
aceptado gustosamente su
autoridad, pero, faltando
él, muchos de ellos se
inclinaban a pensar que a
los hijos de Qaylah tan sólo
les podía gobernar un
hombre de Yathrib, y parecía
que estaban a punto de
prestar su fidelidad a
Saad. Omar
insistió a Abu Bakr para
que fuese él a la
asamblea y Abu Ubaydah
acudió con ellos. Saad
estaba enfermo y se
hallaba postrado en el
centro de la sala,
envuelto en un manto. En
nombre suyo, otro de los
Ansar estaba a punto de
dirigir la palabra a los
reunidos cuando los tres
hombres del Qraysh
hicieron su entrada, por
lo que los incluyó en su
discurso, que comenzó,
después de la alabanza a
Dios, con las palabras: “Nosotros
somos los Ansar de Dios y
el ejército del Islam, y
vosotros, Emigrados, sois
de nosotros, porque un
grupo de vuestro pueblo se
ha establecido entre
nosotros”. El
orador prosiguió en el
mismo tono, glorificando a
los Ansar y, aunque hizo
compartir a los Emigrados
una parte de esa gloria,
se abstuvo deliberadamente
de reconocer la posición
única que ellos
disfrutaban como la
primera comunidad islámica.
Cuando hubo terminado y
Omar estaba a punto de
comenzar a hablar, Abu
Bakr lo acalló y él
mismo habló, con tacto
pero con firmeza,
reiterando el elogio de
los Ansar, pero señalando
que la comunidad del Islam
estaba ahora extendida por
toda Arabia y que los árabes
en conjunto no aceptarían
la autoridad de nadie
salvo de un hombre del
Quraysh, porque el Quraysh
mantenía una posición única
y central entre ellos.
Para terminar, cogió a
Omar y a Abu Ubaydah, cada
uno de una mano, y dijo: “Os
ofrezco uno de estos dos
hombres. Prestad fidelidad
al que queráis de
ambos”. Entonces se
levantó otro Ansar y
sugirió que hubiera dos
autoridades, lo que
condujo a una acalorada
discusión, hasta que
finalmente intervino Omar,
diciendo: “¡Ansar!
¿No sabéis que el
Enviado de Dios ordenó a
Abu Bakr dirigir la
plegaria?” “Lo
sabemos”,
respondieron. Y Omar siguió:
“Entonces, ¿quién
de vosotros con gusto
querrá precederle?”
“No permita Dios que
tomemos precedencia sobre
él”, contestaron, (I.S.
II/2, 23),
ante lo cual Omar tomó
la mano de Abu Bakr y le
prestó fidelidad, seguido
de Abu Ubaydah y otros
Emigrados que para aquel
entonces se les habían
unido. A continuación
todos los Ansar que se
encontraban presentes
igualmente juraron
fidelidad a Abu Bakr, con
la excepción de Saad, que
nunca lo reconoció como
Jalifa[i]
y que terminó emigrando a
Siria. A
pesar de lo que se hubiera
decidido en la asamblea,
habría sido inaceptable
para cualquier otro
dirigir las plegarias en
la Mezquita de Medina en
lugar de Abu Bakr,
mientras éste estuviera
allí; y al alba del día
siguiente, antes de
dirigir la plegaria, él
se sentó en el almimbar y
Omar se levantó y se
dirigió a los
consagrados, pidiéndoles
que prestaran fidelidad a
Abu Bakr, al que describió
como “el mejor de
vosotros, el Compañero
del Enviado de Dios, el
segundo de ellos dos
cuando ambos estuvieron en
la caverna”
(Corán IX, 40).
Una reciente Revelación
había recordado el
privilegio de Abu Bakr de
haber sido el único Compañero
que había acompañado al
Profeta en aquel momento
crucial[ii]
y a una sola voz toda la
asamblea le juró
fidelidad —todos salvo
Ali, que lo hizo más
tarde[iii]—. A
continuación Abu Bakr
alabó a Dios y le dio
gracias y se dirigió a
ellos diciendo: “Se
me ha dado la autoridad
sobre vosotros y no soy el
mejor de vosotros. Si obro
bien, ayudadme, y si lo
hago mal, corregidme. El
ser sincero respecto a la
verdad es lealtad y la
indiferencia a
la verdad es traición.
El débil de entre
vosotros será duro
conmigo hasta que haya
asegurado sus derechos, si
Dios quiere, y el fuerte
de entre vosotros conmigo
será débil hasta que le
haya arrancado los
derechos de otros, si Dios
quiere. Obedecedme
mientras obedezca a Dios y
Su Enviado. Pero si
desobedezco a Dios y Su
Enviado, no me debéis
obediencia. Levantaos para
vuestra plegaria. ¡Dios
tenga misericordia de
vosotros!” (I.I.
1017). Después
de la plegaria, la casa y
la familia del Profeta
decidieron que tenían que
prepararlo para el
entierro, pero estuvieron
en desacuerdo en cuanto a
cómo debía hacerse.
Entonces Dios hizo que
sobre ellos se abatiera el
sueño, y en su sueño
cada hombre escuchó una
voz que decía: “Lavad
al Profeta con el manto
puesto”. Fueron,
pues, a la estancia de
Aishah, que por el momento
ella había dejado libre,
y Aws ibn Jawli, un
jazrachí, pidió permiso
para representar a los
Ansar, diciendo: “¡Te
lo imploro por Dios, oh
Ali, y por nuestra parte
en su Enviado!”, y
Ali le permitió entrar.
Abbas y sus hijos Fadl y
Qitam ayudaron a Ali a dar
la vuelta al cuerpo,
mientras Usamah derramaba
agua sobre él, ayudado
por Shuqran, uno de los
libertos del Profeta, y
Ali pasó su mano sobre
todas las partes del largo
manto de lana. “Más
querido para mí que mi
padre y mi madre”,
dijo, “¡cuán
excelente eres en la vida
y en la muerte!”
Incluso después de un día,
el cuerpo del Profeta
parecía estar inmerso
simplemente en el sueño,
salvo que no tenía ni
respiración ni pulso, ni
calor ni flexibilidad. Los
Compañeros discrepaban
sobre dónde debía ser
enterrado. A muchos les
parecía que su tumba tenía
que estar cerca de las de
sus tres hijas, la de
Ibrahim y la de los Compañeros
que él mismo había
enterrado y sobre quienes
había hecho la plegaria
funeraria, en el Baqi
al‑Garqad, mientras
que otros pensaban que tenía
que ser enterrado en la
Mezquita; pero Abu Bakr
recordó haberle oído
decir: “Ningún
Profeta muere sin que se
le entierre donde murió”;
así pues, se cavó la
tumba en el suelo de la
estancia de Aishah cerca
del lecho donde yacía. Entonces
todo el pueblo de Medina
lo visitó y rezó sobre
él. Llegaron por tandas y
cada grupo pequeño hizo
la plegaria funeraria;
primero los hombres, grupo
tras grupo, y luego,
cuando todos los hombres
lo hubieron visitado,
acudieron las mujeres, y
después de ellas los niños.
Aquella noche fue
depositado en su tumba por
Ali y los otros que le habían
preparado para el
entierro. Grande
fue el pesar en la Ciudad
de la Luz, como ahora se
llamaba a Medina. Los
Compañeros se censuraban
entre sí por llorar, pero
todos lloraban. “No
es por él por lo que
lloro”, dijo Umm
Ayman cuando le
preguntaron por sus lágrimas.
“¿Acaso no sé que
se ha ido a aquello que es
mejor para él que este
mundo? Sino que lloro
porque se nos han cortado
las nuevas procedentes del
Cielo” (I.S. II/2, 83‑4). Era,
ciertamente, como si una
gran puerta se hubiese
cerrado. Sin embargo,
recordaban que había
dicho: “¿Qué tengo
yo que ver con este mundo?
Este mundo y yo somos como
un caminante y un árbol
bajo el cual se cobija.
Luego prosigue su camino y
lo deja tras de sí.”
(l.M.
XXXVII, 3). Él
había dicho esto para que
todos y cada uno de ellos
pudieran decirlo de sí
mismos, y si la puerta
ahora se había cerrado,
estaría abierta, sin
embargo, para el creyente
en la hora de la muerte.
Todavía resonaban en sus
oídos las palabras: “Yo
voy delante de vosotros y
soy vuestro testigo.
Vuestra cita conmigo es en
el Estanque”. Habiendo
comunicado su mensaje en
este mundo, se había ido
para realizarlo en el Más
Allá, donde él seguiría
siendo, para ellos y para
otros, pero sin las
limitaciones de la vida
sobre la tierra, la Llave
de la Misericordia,[iv]
la Llave del Paraíso, el
Espíritu de la Verdad, la
Felicidad de Dios. “Ciertamente Dios y sus Ángeles bendicen al Profeta. ¡Oh vosotros que creéis, invocad bendiciones sobre él y dadle saludos de Paz! (XXXIII, 56) [i]
En árabe, Jalifah,
siendo el título
completo Jalifa
Rasul Allah,
Sucesor del Enviado de
Dios. [ii]
Véase capítulo 37, “La
Hégira”. [iii]
Después de la muerte
de Fatimah, unos meses
más tarde, Ali le
dijo a Abu Bakr: “Conocemos
bien tu preeminencia y
lo que Dios ha
derramado sobre ti, y
no somos celosos de
ningún beneficio de
los que Él te ha
concedido. Pero tú
nos enfrentaste con un
hecho consumado, sin
posibilidad de elección,
ros sentimos que teníamos
algún derecho en este
asunto por la
proximidad de nuestro
parentesco con el
Enviado de Dios”.
Entonces los ojos de
Abu Bakr se llenaron
de lágrimas, y dijo: “Por
Aquél en cuyas manos
está mi alma,
prefiriría que todo
marchara bien entre la
familia del Enviado de
Dios y yo, a que lo
hiciera entre mi
propia familia y yo”.
Aquel día, a mediodía,
exculpó a Ali en la
Mezquita por no
haberle reconocido
todavía como jalifa,
ante lo cual Ali afirmó
el derecho de Abu Bakr
y le prestó
fidelidad. (B. LXIV,
38). [iv]
Éste
y otros títulos que
le siguen están
tomados de las letanías
tradicionales de los
nombres del Profeta. |
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