Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 83La peregrinación del adiós |
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Cuando
el Profeta estaba en Medina
durante el Ramadán tenía por
costumbre realizar un retiro
espiritual en la Mezquita
durante los días centrales del
mes, y algunos de sus Compañeros
hacían lo mismo. Pero este año,
después de guardar los diez días
señalados, invitó a sus Compañeros
a permanecer en retiro con él
durante otros diez días, es
decir, hasta el final del mes,
lo cual hicieron. Todos los años
en Ramadán era cuando Gabriel
lo visitaba para asegurarse de
que nada de la Revelación se le
había ovidado, y este año,
después del retiro, el Profeta
confió a Fatimah, como un
secreto que aún no había que
contar a otros: “Gabriel me
recita el Corán y yo se lo
recito a él una vez al año,
pero este año lo ha recitado
conmigo dos veces. No puedo sino
pensar que me ha llegado la
hora.” (B. LXI, 25). Pasó
el mes de Shawwal, y durante el
undécimo mes del año se
proclamó por toda Medina que el
Profeta en persona dirigiría la
Peregrinación. La noticia fue
comunicada a las tribus del
desierto, y multitudes de todas
las direcciones se congregaron
en el oasis felices de acompañar
al Profeta en todos los pasos
del camino. La Peregrinación
sería diferente de cualquiera
de las que habían tenido lugar
en cientos de años: los
peregrinos serían todos
adoradores de Dios Uno y ningún
idólatra profanaría la Casa
Sagrada con la ejecución de
ritos paganos. Cinco días antes
de terminar el mes, el Profeta
salió de Medina a la cabeza de
más de treinta mil hombres y
mujeres. Todas sus esposas
estaban presentes, cada una en
su litera, escoltadas por Abd
al‑Rahman ibn Awf y Uthman
ibn Affan. Abu Bakr iba acompañado
por su esposa Asma, la cual en
una de las primeras paradas dio
a luz un niño, al que llamaron
Muhámmad. Abu Bakr estaba por
enviarla de vuelta a Medina,
pero el Profeta le pidió que le
dijera que hiciese la gran
ablución y que luego se
consagrase para la Peregrinación
y continuara con ellos. Al
ocaso del décimo día de la
partida de Medina, el Profeta
alcanzó el paso a través del
cual habían entrado en la Meca
el día de la victoria. Allí
pasó la noche y, a la mañana
siguiente, cabalgó hacia la
hondonada. Cuando tuvo la Kaabah
a la vista, alzó sus manos en
reverencia, dejando caer las
riendas de su camello, que
entonces tomó en su mano
izquierda y, con la mano derecha
extendida en súplica, pidió:
“¡Dios mío! Acrecienta esta
Casa en el honor, magnificación,
munificencia, reverencia y
piedad que ha recibido de los
hombres” (W. 1097). Penetró
en la Mezquita y dio las siete
vueltas a la Kaabah, después de
lo cual oró en la Estación de
Abraham. A continuación,
saliendo hacia Safa, recorrió
siete veces el espacio entre ésta
y Marwah, y los que iban con él
se esforzaron todo lo posible
para grabar en sus mentes las
palabras exactas de alabanza y
plegaria que en cada estación
fue pronunciando. De
regreso a la Mezquita entró en
la Kaabah con el guardián de
sus llaves, Uthman de Abd
al‑Dar, llevando con él
también a Bilal y Usamah, como
antes. Pero aquella noche,
cuando visitó a Aishah en su
tienda, advirtió ella que
estaba triste y le preguntó por
qué. “Hoy he hecho una
cosa” , dijo, “que
ojalá no hubiera hecho. He
entrado en la Casa, y es posible
que un hombre de mi gente”
—quería decir en años
venideros— “no pueda
entrar en ella; por lo que
sentirá una gran inquietud en
su alma. Y solamente se nos ha
ordenado dar vueltas a su
alrededor, no se nos ha ordenado
entrar en ella” (W. 1100). Nuevamente
se volvió a negar a alojarse en
ninguna casa de la Meca, a pesar
de la súplica de Umm Hani de
que se quedase con ella; y el
octavo día de la luna nueva
cabalgó hacia el valle de Mina,
seguido por el resto de los
peregrinos. Después de pasar la
noche allí prosiguió hacia
Arafah, un amplio valle a unas
trece millas al este de la Meca,
justo fuera del recinto sagrado.
Arafah se halla en el camino a
Taif y está limitado al norte y
al este por las montañas de
Taif. Separada de éstas y
rodeada por todos lados por el
valle, se encuentra una colina
que también se llama Arafah o
el Monte de la Misericordia. Es
la parte central de esta estación
de peregrinación, que se
extiende, sin embargo, por la
mayor parte del terreno
inferior; y fue sobre esta
colina donde el Profeta
estableció su posición aquel día. Algunos
de los mequíes expresaron
sorpresa porque hubiera llegado
tan lejos, pues mientras que los
otros peregrinos proseguían
hasta Arafah, el Quraysh había
estado acostumbrado a permanecer
dentro del recinto sagrado,
diciendo: “Somos el pueblo
de Dios”. Pero el Profeta
dijo que Abraham había
establecido el día de Arafah
como una parte esencial de la
Peregrinación y que el Quraysh
había abandonado su práctica a
este respecto. El Profeta recalcó
aquel día la antigüedad de la
Peregrinación y las palabras “legado
de Abraham” estuvieron con
frecuencia en sus labios. Para
inculcar en todas las tribus que
el odio de sangre, en adelante,
no tenía que existir en la
totalidad de la comunidad islámica
y que la vida y los bienes de
todos los hombres eran
sacrosantos, envió como
pregonero por toda
la multitud a Rabiah, el
hermano de Safwan, que tenía
una voz poderosa, y le dijo que
proclamase: “El Enviado de
Dios dice: ¿Veis qué mes es éste?”
Permanecieron en silencio y
él respondió: “El mes
sagrado”. Luego preguntó:
“¿Veis qué tierra es ésta?”
De nuevo se quedaron callados y
él respondió: “La tierra
santa”. A continuación
dijo: “¿Veis qué día es
éste?”, y nuevamente fue
él quien dio la respuesta: “El
día de la Gran Peregrinación”.
Entonces proclamó, según las
instrucciones del Profeta: “Ciertamente
Dios os ha hecho inviolables la
vida y la riqueza de vuestro prójimo
hasta que os encontréis con
vuestro Señor, como ha hecho
inviolable este día vuestro, en
vuestra tierra, en este vuestro
mes.” Cuando
el sol hubo pasado su cenit, el
Profeta pronunció un sermón,
el cual comenzó, después de
alabar a Dios, con las palabras:
“¡Pueblo, escuchadme,
porque no sé si me volveré a
reunir con vosotros en este
lugar después de este año!”.
Entonces los exhortó a tratarse
bien y les recordó muchas cosas
acerca de lo que estaba ordenado
y de lo que estaba prohibido.
Por último dijo: “He
dejado entre vosotros algo que,
si os aferráis bien a ello, os
preservará de todo error, una
indicación clara, el Libro de
Dios y la palabra de Su Profeta.
¡Pueblo! Escuchad mis palabras
y comprended”. Les comunicó
entonces una Revelación que
acababa de recibir y que
completaba el Corán, ya que era
el último pasaje revelado: “Hoy,
quienes no creen han desesperado
de prevalecer sobre vuestra
religión; por lo tanto, no los
temáis a ellos sino a Mí. Hoy
os he perfeccionado vuestra
religión, he completado Mi
gracia sobre vosotros y me
satisface haberos elegido el
Islam como religión” (V, 3). Terminó
su breve sermón con una seria
pregunta: “¡Gentes! ¿Os
he comunicado fielmente mi
mensaje?”. Un poderoso
murmullo de asentimiento, “¡Dios
mío, sí!”, surgió de
todas las gargantas y las
vibrantes palabras Allahumma
naam resonaron como un
trueno por todo el valle. El
Profeta levantó su dedo índice
y dijo: “¡Dios, sé
testigo!” (I.I. 969). Se
hicieron entonces las plegarias
rituales; y el resto del Día de
Arafah, como es llamado, fue
empleado en la meditación y las
súplicas. Pero tan pronto como
el sol se hubo puesto, el
Profeta montó en su camello y
ordenando a Usamah montar detrás
de él, cabalgó colina abajo y
por el valle en dirección a la
Meca, seguido por sus compañeros
de peregrinación. La tradición
exigía que en este punto se
corriese rápidamente, pero a
los primeros signos de exceso
gritó: “¡Más despacio!
¡Más despacio! ¡Con el espíritu
tranquilo! ¡Y que los fuertes
se preocupen de los débiles!”.
Pasaron la noche en Muzdalifah,
que se encuentra dentro de los límites
del recinto sagrado, y allí
recogieron pequeños guijarros
con los que lapidar a Satanás,
que está representado por tres
pilares en Aqabah en el valle de
Mina. Sawdah le pidió permiso
al Profeta para abandonar
Muzdalifah a altas horas. Al ser
de gran estatura y más
corpulenta que la mayoría de
las mujeres, había padecido más
por el calor y los esfuerzos del
viaje, y estaba ansiosa por
cumplir el rito del lapidamiento
antes de que llegase la
multitud. La envió, pues,
por delante en compañía de Umm
Sulaym, escoltadas por Abdallah,
uno de los hijos de Abbas. El
Profeta hizo la plegaria del
alba en Muzdalifah y luego
condujo a los peregrinos a
Aqabah, con Fadl montado detrás
de él en su camello. Era el
mismo lugar y el mismo día en
que doce años antes había
conocido a los seis hombres del
Jazrach que le habían prestado
fidelidad, preparando así el
camino para el Primer y el
Segundo Aqabah. Después del
lapidamiento los animales fueron
sacrificados y el Profeta llamó
a un hombre para que le afeitase
la cabeza. Los peregrinos se
reunieron en torno a él con la
esperanza de obtener algunos
mechones de su cabello. Abu Bakr
comentaría posteriormente el
contraste entre el Jalid de Uhud
y el Foso, y el Jalid que dijo
entonces: “¡Enviado de
Dios! ¡Tu guedeja! ¡No se la
des a nadie salvo a mí, que mi
padre y mi madre sean tu
rescate!” (W. 1108). Y
cuando el Profeta se la dio, la
apretó reverentemente contra
sus ojos y sus labios. El
Profeta ordenó entonces a los
peregrinos que visitasen la
Kaabah y regresasen para pasar
esa noche y las dos siguientes
en Mina. Él esperó hasta bien
avanzada la tarde. Luego sus
esposas lo acompañaron a la
Meca, todas menos Aishah, que no
se encontraba en estado de
pureza ritual. Unos días después,
en cuanto estuvo ella en
condiciones, la envió fuera del
recinto sagrado escoltada por su
hermano Abd al‑Rahman. Allí
se volvió a consagrar y, dirigiéndose
a la Meca, dio las vueltas a la
Kaabah. Concluida
la campaña en el Yemen, la
tropa de trescientos caballeros
que el Profeta había enviado en
Ramadán se estaba aproximando a
la Meca por el sur. Ali se había
adelantado a sus hombres,
ansioso por reunirse con el
Profeta lo antes posible y
realizar con él la Peregrinación,
la cual acababa de hacer. Como
parte del quinto botín
perteneciente al estado había
bastante ropa como para vestir a
todo el ejército, pero Ali había
decidido que tenía que ser
entregado intacto al Profeta. En
su ausencia, sin embargo, el
hombre que había dejado al
frente de la tropa fue
persuadido para que diese a cada
hombre una muda nueva de la ropa
del quinto. El cambio era muy
necesario, porque habían estado
fuera de casa durante casi tres
meses. Cuando se encontraban ya
próximos a entrar en la ciudad,
Ali cabalgó a su encuentro y se
quedó asombrado al ver la
transformación que había
ocurrido. “Les di los
vestidos”, dijo su
lugarteniente, “para que su
aspecto pudiera ser más
decoroso al pasar entre la
gente”. Todos los hombres
sabían que en la Meca todo el
mundo estaría vistiendo sus
mejores galas en honor de la
Fiesta, y estaban ansiosos por
mostrarse en todo su esplendor.
Pero Ali sintió que no podía
tolerar una libertad así y les
ordenó volverse a poner sus
viejas ropas y devolver las
nuevas al botín. Fue grande el
resentimiento que se dejó
sentir en el ejército por este
motivo y cuando el Profeta se
enteró de ello dijo: “¡Gentes!,
no censuréis a Ali porque él
es demasiado escrupuloso en la vía
de Dios para que se le
censure”. Pero estas
palabras no fueron suficientes,
o quizás es que sólo las
oyeron unos pocos, y el
resentimiento continuó. En
el camino de vuelta a Medina uno
de los de la tropa se quejó
amargamente de Ali al Profeta,
cuyo
rostro
empalideció. “¿No estoy
yo más cerca de los creyentes
que sus propias personas?”,
preguntó y cuando el hombre
asintió, añadió: “De Aquél
del cual yo estoy más cerca,
Ali también está más cerca”.
Más adelante, durante el viaje,
cuando se detuvieron en Gadir
al‑Jumm, congregó a todo
el mundo y, cogiendo a Ali de la
mano, repitió estas palabras, a
las que añadió la plegaria: “¡Dios
mío, sé el amigo de quien es
su amigo y el enemigo de quien
es su enemigo!”, y las
murmuraciones contra Ali
quedaron silenciadas.[i] Una
de las embajadas de los años
anteriores había sido una tribu
cristiana de Yamamah, los Bani
Hanifah, cuyo territorio se
extendía a lo largo del límite
oriental del Nachd. Habían
acordado abrazar el Islam, pero
ahora uno de sus hombres, de
nombre Musaylimah, afirmaba que
él también era un Profeta y,
poco después del regreso de los
peregrinos, de la Meca dos
enviados procedentes de Yamamah
llevaron a Medina la carta
siguiente: “De Musaylimah
el Enviado de Dios a Muhámmad
el Enviado de Dios, ¡la paz
sobre ti! Se me ha dado el
compartir contigo la autoridad.
La mitad de la tierra es nuestra
y la otra mitad pertenece al
Quraysh, aunque es un pueblo
transgresor.” El Profeta
preguntó a los emisarios qué
pensaban ellos sobre el asunto y
respondieron: “Somos de su
misma opinión”. “¡Por
Dios!”, dijo el Profeta, “si
no fuera porque los emisarios no
deben ser asesinados os cortaría
la cabeza”. A
continuación dictó una carta
para que se la llevasen a su señor:
“De Muhámmad el Enviado de
Dios a Musaylimah el impostor.
¡La paz sea sobre quien sigue
la guía! Ciertamente la tierra
es de Dios. Él la da en
herencia a quien Él desea de
entre Sus siervo, y el resultado
final es en favor de los
piadosos” (I.I. 965). Otros
dos impostores aparecieron por
aquella época, Tulayhah, un
jefe de los Bani Asad, y Aswad
ibn Kaab del Yemen. El yemení
disfrutó de un breve éxito y rápidamente
se hizo con el control de una
extensa zona, pero su arrogancia
pronto volvió contra él a
muchos de sus seguidores y al
cabo de unos pocos meses fue
asesinado. Tulayhah fue
derrotado finalmente por Jalid
y, renunciando a todas sus
pretensiones, se convirtió en
una fuerza para el Islam. En
cuanto a Musaylimah, fue su
destino ser atravesado por una
jabalina arrojada por Wahshi, y
que Abdallah, el hijo de
Nusaybah, le asestase un golpe
mortal con su espada. Pero esta
derrota sucedió varios meses
después. Por el momento, cuando
menguaba la luna de la
Peregrinación y se entraba en
el undécimo año de la Hégira,
todos estos impostores eran
peligros potenciales para el
Islam y había también una
mujer de Tamim, llamada Sayah,
que pretendía ser profetisa.
Pero el Profeta no estaba
dispuesto a emprender una acción
inmediata contra ninguno de
ellos. Su atención se dirigía
hacia el norte y, en los últimos
días de Safar, el segundo mes
del año, es decir, a finales de
mayo del 632 de nuestra era,
decidió que había llegado el
momento de darle la vuelta a la
derrota de Mutah. Después de
ordenar que se hicieran los
preparativos para una campaña
contra las tribus árabes de
Siria que habían flanqueado a
las legiones imperiales el día
en que, Yafar y Zayd fueron
muertos, llamó a Usamah, el
hijo de Zayd, y lo puso, a pesar
de su juventud, al mando del ejército
de tres mil hombres. |
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