Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 8El desierto |
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ERA
costumbre de todas las grandes familias de
las ciudades árabes enviar a sus hijos,
poco después del nacimiento, al desierto,
para que fuesen amamantados y destetados y
pasasen parte de su infancia entre una
de las tribus beduinas. La Meca no tenía
ningún motivo para ser la excepción,
pues las epidemias no eran infrecuentes y
el porcentaje de mortalidad infantil era
elevado. De cualquier modo, no sólo el
aire puro del desierto era lo que deseaban
que sus hijos absorbiesen. Eso, para los
cuerpos; pero el desierto también tenía
su obsequio para las almas. Hacía poco
que el Quraysh se habían dado a la vida
sedentaria. Hasta que Qusayy les dijo que
se construyesen casas alrededor del
Santuario habían sido en mayor o menor
medida nómadas. Los asentamientos
permanentes, quizás inevitables,
representaban un peligro. La forma de vida
de sus antepasados había sido la más
noble, la de los moradores de tiendas
frecuentemente en movimiento. Nobleza y
libertad eran indisociables; y el nómada,
libre. En el desierto un hombre se sentía
consciente de ser el señor del espacio y,
en virtud de ese señorío, escapaba en
cierto modo del dominio del tiempo. Al
levantar el campamento se desprendía de
su pasado y el mañana parecía tener una
menor fatalidad si su dónde y su cuándo
estaban aún por venir. El habitante de la
ciudad, sin embargo, era un prisionero;
estar establecido en un lugar -ayer, hoy,
mañana- era se~ un bl~nco para el tiempo,
el destructor de todas las cosas. Las
ciudades eran centros de corrupción. A la
sombra de sus muros la pereza y la dejadez
estaban al acecho prestas para embotar la
atención y la vigilancia del hombre. Todo
decaía allí, incluso el lenguaje, una de
las más preciosas posesiones del hombre.
Pocos árabes sabían leer; aun así, la
belleza del habla se consideraba como una
virtud que todos los padres árabes
deseaban para sus hijos. La valía de un
hombre se juzgaba en gran parte por su
elocuencia, y la corona de la elocuencia
era la poesía. Tener un gran poeta en la
familia era algo de lo ciertamente había
que enorgullecerse, y los mejores poetas
procedían casi siempre de una u otra de
las tribus del desierto, porque era en el
desierto donde la lengua hablada estaba más
próxima a la poesía. Así
pues, en cada generación había que
renovar el vínculo con el desierto -aire
puro para el pecho, árabe puro para la
lengua, libertad para el alma- y muchos de
los hijos de los qurayshíes permanecían
hasta ocho años en el desierto para que
pudiera dejar en ellos una impronta
duradera, aunque un número menor de años
resultaba suficiente para esto. Algunas
de las tribus tenían gran reputación por
la lactancia y crianza de niños. Entre
ellas se encontraba la de los Bani Sad ibn
Bakr, una rama distante de los Hawazin,
cuyo territorio se extendía al sureste de
la Meca. Aminah era partidaria de confiar
su hijo al cuidado de una mujer de esa
tribu. Venían periódicamente al Quraysh
por niños a los que criar y para dentro
de poco se esperaba la llegada de algunas.
Su viaje a la Meca en esta ocasión sería
descrito años después por una de ellas,
Halimah, la hija de Abu Dhuayb, que iba
acompañada por su marido, Harith, y por
un hijo que acababan de tener y al cual
estaba criando. "Fue un año de
sequia diría ella años más tarde,
"y no nos quedaba nada. Me puse en
camino en una asna gris de mi propiedad y
llevábamos con nosotros una vieja camella
incapaz de dar una sola gota de leche.
Toda la noche nos mantuvimos despiertos
por los gemidos de nuestro hijo a causa
del hambre, porque mis pechos no tenían
suficiente para alimentarlo y mi asna
estaba tan débil, tan escuálida, que a
menudo me tenían que esperar los
otros." Contó
cómo prosiguieron el viaje con la única
espéranza de la lluvia, que haría
posible que la camella y la asna pastasen
lo suficiente y sus ubres se hincharan un
poco. Sin embargo, para cuando llegaron a
la Meca no había caído ni una gota de
lluvia. Una vez allí, se pusieron a
buscar niños que les fueran confiados.
Aminah ofreció su hijo, primero a una y
luego a otra, hasta que finalmente hubo
probado con todas y todas habían
rehusado. "Eso", dijo Halimah,
"era porque esperábamos algún favor
del padre del niño." "¡Un huérfano!"
decíamos. "¿Qué podrán hacer por
nosotros su madre y su abuelo?" No
es que quisieran un pago directo por sus
servicios, pues se consideraba deshonroso
que una mujer tomase cierta cantidad de
dinero por amamantar a un niño. La
recompensa que esperaban, aunque menos
directa y menos inmediata, era de un
alcance mayor. Este intercambio de
beneficios entre ciudadanos y nómadas se
hallaba más que nada en la naturaleza de
las cosas; cada uno era rico donde el otro
era pobre y viceversa. El nómada tenía
para ofrecer su antiquísima forma de
vida, heredada de Dios por medio de la~ vía
de Abel. Los hijos de Cain -porque fue
Cain quien levantó los primeros pueblos-
tenían posesiones y poder. Para el
beduino, la ventaja consistía en
establecer un lazo duradero con una de las
grandes familias. El ama~de leche ganaba
un nuevo hijo que la~ consideraría como
una segunda madre y sentiría hacia ella
durante el resto de su vida un deber
filial. También se sentía hermano de los
hijos de la mujer. Y la relación no era
simplemente nominal. Los árabes
consideran que el pecho es uno de los
conductos de la herencia y que el que mama
absorbe en su naturaleza cualidades de la
nodriza que lo amamanta. Poco o nada podía
esperarse del niño adoptivo hasta que se
hiciera adulto, y mientras tanto podía
confiarse en que el padre cumpliese los
deberes del hijo. Un abuelo era demasiado
distante, y en este caso habrían sabido
que Abd al-Muttalib era ya un hombre
anciano del que, con toda razón, no era
de esperar que fuese a vivir mucho más
tiempo. Cuando muriese, sus hijos y no su
nieto serían sus herederos. En cuanto a
Aminah, era pobre; y por lo que al niño
se refería, su padre había sido
demasiado joven para haber adquirido
riqueza.
Había dejado a su hijo poco más de cinco
camellos, un pequeño rebaño de ovejas y
cabras y una esclava. El hijo de Abdallah
era ciertamente vástago de una de las
grandes familias; pero también, con
mucho, el más pobre de los niños que
aquel año ofrecieron a esas mujeres. Por
otro lado, aunque los padres adoptivos no
tenían por qué ser ricos, no debían ser
sumamente menesterosos, y era evidente que
Halimah y su marido eran más pobres que
cualquiera de sus compañeros. Siempre que
se dio la posibilidad de elegir entre ella
y otra, fue la otra la preferida y
elegida, y no pasó mucho tiempo antes de
que a todas las mujeres de los Bani Sad,
excepto Halimah, les hubiese sido confiado
un niño. Solamente la~ nodriza más pobre
no tenía niño y solamente el niño más
pobre estaba sin nodriza. "Cuando
decidimos abandonar la Meca", cuenta
Halimah, "le dije a mi marido: «Me
molesta volver en compañía de mis amigas
sin haber tomado un niño para criar. Iré
a ver ese huérfano y me lo llevaré.» «Como
tú quieras», dijo él.« Puede que
Dios nos bendiga en él.» Así pues, fui
y lo tomé, por ninguna razón más que
porque no pude encontrar otro salvo éste.
Volví con el niño adonde estaban
nuestras monturas, y, tan pronto como lo
puse en mi regazo mis pechos rebosaron de
leche para él. Tragó hasta quedar
satisfecho y, junto con él, su hermano
adoptivo se alimentó también hasta
llenarse. Luego ambos se quedaron
dormidos. Entonces, mi marido se acercó
a nuestra vieja camella y ¡mi~gro! sus
ubres estaban llenas. La ordeñó y bebió
de su leche y yo bebí también hasta que
n9 pudimos beber más y nuestra hambre
quedó saciada. Pasamos la mejor de las
noches y por la mañana me dijo mi marido:
«¡Por Dios!, Halimah, la que tú has
tomado es una criatura bendita.» «Ciertamente
ésa es mi esperanza», dije yo. Luego
partimos, y yo montaba mi asna llevando al
niño conmigo sobre el lomo del animal. Éste
dejó atrás a todo el grupo, no pudiendo
ninguno de sus asnos seguir su paso. «¡Maldita
seas!», me decían, «¡Espéranos! ¿no
es este asno el mismo en el que viniste?»
«Sí, ¡por Dios!, ciertamente es el
mismo.» «Le ha acontecido algún
portento», decían." "Llegamos
a nuestras tiendas en el país de los Baní
Sad; yo no conozco en esta tierra de Dios
ningún lugar tan árido como aquél lo
era entonces. Sin embargo, después de
traer al niño a vivir con nosotros mi
rebaño regresaba todos los días a
casa, al caer la tarde, repleto y lleno de
leche. Lo ordeñábamos y bebíamos,
cuando otros no tenían ni una gota de
leche, y nuestro vecinos decían a sus
pastores: «¡Por Dios!, llevad vuestros
rebaños a pastar donde él lleva el suyo»,
refiriéndose a mi pastor. Pero sus rebaños
volvían a casa hambrientos, y no daban
leche, mientras que el mío volvía bien
cebado y con leche en abundancia. No
dejamos de disfrutar de este aumento y de
esta liberalidad de Dios hasta que el niño
tuvo dos años y lo desteté.»"
(1.1. 105). "Crecía
bien," continuó diciendo ella,
"ninguno de los otros niños se le
podía comparar en crecimiento. Para
cuando tuvo dos años era un niño bien
constituido y se lo llevamos de nuevo a su
madre, aunque anhelábamos que
permaneciera con nosotros por las
bendiciones que nos aportaba. Así pues,
le dije a ella: «Deja al pequeño conmigo
hasta que esté más robusto, porque
temo que le pueda atacar la plaga de la
Meca.» Y la importunamos hasta que una
vez más lo entregó a nuestro cuidado y
nos lo llevamos de nuevo a casa. "Un
día, varios meses después de nuestro
regreso, cuando él y su hermano estaban
con algunos de nuestros corderos detrás
de las tiendas, su hermano vino a
nosotros corriendo y dijo: «¡Mi hermano
qurayshí! dos hombres vestidos de
blanco se lo han llevado, lo han tumbado,
le han abierto el pecho y están hurgando
en él con sus manos.» Su padre y yo
fuimos donde estaban y lo encontramos de
pie, pero su cara estaba muy pálida. Lo
atrajimos hacia nosotros y dijimos: «¿Qué
te sucede, hijo mío?» Él respondió: «Dos
hombres vestidos de blanco se acercaron a
mí, me tumbarQn y abrieron mi pecho
para buscar no sé qué.»"
(1.1.105). Halimah
y Harith, su marido, miraron por todos
sitios, pero no había señal alguna de
los hombres, como tampoco sangre o herida
que corroborase lo que los dos niños
habían dicho. Por muchas preguntas que
les hiciesen no se retractarían de sus
palabras ni las modificarían en ningún
punto. Aún más: no había ni siquiera el
rastro de una cicatriz en el pecho de su
hijo adoptivo ni defecto alguno en su
perfecto cuerpecito. El único rasgo algo
insólito estaba en medio de su espalda,
entre Tos dos hombros: una marca oval
pequeña pero inequívoca en la que la
carne era ligeramente protuberante, como
si hubiese sido producida por una ventosa;
pero la tenía desde su nacimiento. En años posteriores describiría el acontecimiento más detalladamente: Vinieron
hacia mí dos hombres vestidos de blanco,
con una jofaina de oro lena de nieve.
Entonces me tendieron, y abriéndome el
pecho me sacaron 1 corazón. Igualmente,
lo hendieron y extrajeron de él un coágulo
negro que arrojaron Tejos. Luego lavaron
mi corazón y mi pecho con la nieve."
(I.S.I/1, 96). También dijo: "Satán
toca a todos los hijos de Adán el día en
que sus madres los paren, salvo a María y
su hijo." (B. LX, 54). |
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