Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 79Tabuk |
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Poco
después de la batalla de
Hunayn, el emperador
Heraclio había devuelto la
Santa Cruz a Jerusalén, y
esto marcó la consumación
de la
victoria de los bizantinos
sobre los persas
—la victoria que
Dios había anunciado, y de
la que se había dicho “ese
día los creyentes se
regocijarán” (XXX,
4)—. Había, ciertamente,
motivos para el regocijo
porque los persas hubieran
sido forzados a evacuar sus
tropas de Siria y Egipto.
Pero en lo que respecta a
Siria, un peligro parecía
haber reemplazado a otro.
Era únicamente en esa
dirección por donde el
nuevo estado islámico parecía
estar amenazado. En Medina
se decía que Heraclio había
adelantado la paga de un año
a su ejército, con vistas a
una prolongada campaña
contra Yathrib. Se decía
también que los bizantinos
ya habían llegado por el
sur hasta Balqa y que habían
reunido a las tribus árabes
de Lajm, Yudam, Gassan y
Amilah. Estos rumores eran,
en parte, exagerados y, en
parte, eran lo contrario de
la realidad. Las tribus árabes
de Siria y de zonas limítrofes
no se estaban preparando
para atacar; y en cuanto al
Emperador, sus movimientos
hacia el sur y, a la larga,
la defensa de la misma
Siria, habían sido
inhibidos por su visión del
“'reino victorioso de
un hombre circunciso”
y su creencia de que ese
hombre era verdaderamente un
Enviado de Dios. No había
hecho más intentos para
conseguir que su pueblo
aceptara esta creencia; pero
cuando se hizo inminente su
regreso a Constantinopla, su
sentido de responsabilidad
real lo impulsó a proponer
a sus generales la realización
de un tratado con el
Profeta, dándole la
provincia de Siria a condición
de que no avanzara más
hacia el norte. El asombro y
la extrema aversión con que
esta idea fue acogida le
hicieron abandonarla, sin
que por ello modificase su
convicción; y cuando de
regreso a casa alcanzó el
paso conocido como las
“Puertas Cilicias”,
volvió su mirada hacia él
y dijo: “¡Tierra de
Siria, me despido de ti por
última vez!” (T.
1568). El
Profeta, igualmente, tenía
la certeza de que Dios abriría
Siria a sus ejércitos; y
bien porque pensó que el
momento había llegado, bien
porque deseaba dar a sus
tropas algo de
adiestramiento para la
inevitable campaña del
norte, anunció entonces una
expedición contra los
bizantinos y comenzó a
reunir el ejército mayor y
mejor pertrechado por él
dirigido nunca. Hasta ahora
había sido su costumbre no
divulgar su verdadero
objetivo en un principio y
mantener los preparativos en
el mayor secreto posible. Pero
en esta ocasión no hubo
ningún intento de guardar
el secreto y se enviaron órdenes
a la Meca y a las tribus
aliadas para que enviasen de
inmediato a Medina a todos
sus jinetes y hombres de
armas disponibles para la
campaña de Siria. Era
el comienzo de octubre del año
630 d.C. La estación era
siempre calurosa, pero aquel
año había sequía y el
calor era más agobiante de
lo normal. Era también la
época en la que se podían
comer muchos frutos maduros,
de manera que existían dos
razones para no querer tomar
parte en la expedición,
además de una tercera: la
formidable reputación de
las legiones imperiales. Los
hipócritas y muchos de los
musulmanes menos devotos se
presentaron al Profeta con
diversas excusas, pidiendo
su permiso para quedarse en
casa y muchos de los
beduinos hicieron lo mismo.
Hubo también cuatro hombres
de buena fe, Kaab ibn Malik,
otros dos de Jazrach y un
hombre de Aws, que no
decidieron deliberadamente
quedarse ni presentaron
excusas, pero que les pareció
tan desaconsejable abandonar
Medina en aquella estación
del año que se sintieron
incapaces de hacer los
preparativos y fueron
aplazando la tarea un día y
otro hasta que amaneció el
día en que fue ya demasiado
tarde y el ejército ya había
partido. Pero la mayoría se
puso a prepararse con toda
rapidez y los hombres más
ricos compitieron entre si
en sus contribuciones de
dinero. Sólo Uthman dio
suficiente para la montura y
el equipo de diez mil
hombres. Con todo, no hubo
bastante para todos los que
deseaban ir, y una Revelación
posterior guardó en el
recuerdo a los “siete que
lloraban” —cinco Ansar
indigentes y dos beduinos de
Muzaynah y Gatafan— a los
que el Profeta despidió de
mala gana porque no podía
darles montura, y
abandonaron su presencia con
lágrimas en los ojos. Cuando
todos los contingentes
beduinos hubieron llegado,
el ejército era de treinta
mil hombres, con diez mil
jinetes. Se hizo un
campamento fuera de la
ciudad, y Abu Bakr fue
puesto a su frente hasta
que, cuando todo estuvo
dispuesto para la marcha, el
Profeta mismo fue allí y
tomó el mando. Había
dejado a Ali para que
cuidase de su familia, pero
los hipócritas difundieron
el rumor de que era una
carga para el Profeta y que
le aliviaba verse libre de
su presencia. Al enterarse
de esto, Ali se afligió
tanto que se puso su
armadura, cogió sus armas y
dio alcance al Profeta en la
primera parada con la
intención de solicitar su
permiso para acompañarle.
Le contó lo que la gente
comentaba y el Profeta dijo:
“Mienten. Te ordené
quedarte con lo que había
dejado tras de mí. Vuelve,
pues, y represéntame en mi
familia y en la tuya. ¿No
te alegra, Ali, que seas
para mi lo que Aarón fue
para Moisés?; lo distinto
ahora es que después de mi
ya no hay ningún Profeta”
(I.I. 897). Durante
la marcha hacia el norte
sucedió un día, al alba,
que el Profeta se retrasó
haciendo las abluciones. Los
hombres estaban en filas
para la plegaria y lo
esperaron hasta que temieron
que el sol saldría antes de
haberla hecho. Se acordó
entonces que Abd al-Rahman
ibn Awf los dirigiera; y ya
habían hecho una de las dos
“raka” cuando el
Profeta apareció. Abd al-Rahman
estuvo a punto de volverse
atrás, pero el Profeta le
indicó que prosiguiera, y
él mismo se unió a la
congregación. Cuando
terminaron la plegaria, el
Profeta se levantó y realizó
la “raka” que le
faltaba. Al terminar dijo: “Habéis
hecho bien, porque
ciertamente un Profeta no
muere hasta que no ha hecho
la plegaria detrás de un
hombre piadoso de su
pueblo” (W.1012). Mientras
tanto, en Medina, unos diez
días después de que el ejército
hubiese partido, uno de los
cuatro creyentes que se había
quedado, Abu Jaythamah de
Jazrach, salió a su jardín
entre la sombra de los árboles
en un día de gran calor.
Había allí dos cobertizos
y encontró que sus esposas
habían rociado ambos con
agua y en cada uno le habían
preparado una comida y le
habían refrescado agua en
las jarras de barro para que
bebiese. Se detuvo en el
umbral de uno de los
cobertizos y dijo: “¡El
Enviado de Dios está bajo
la luz cegadora del sol,
batido por vientos calientes
y Abu Jaythamah está a la
sombra con comida lista para
él y dos hermosas mujeres
morando plácidamente en su
propiedad!” Entonces
se volvió hacia sus esposas
y dijo: “¡Por Dios, no
entraré en ninguno de los
cobertizos mientras que
antes no haya dado alcance
al Enviado de Dios! ¡Preparadme,
pues, provisiones!”.
Así lo hicieron y,
ensillando su camello, partió
a toda velocidad tras el ejército. A
mitad de camino
aproximadamente, entre
Medina y Jerusalén, el
Profeta dijo una noche: “Mañana,
si Dios quiere, llegaréis
al manantial de Tabuk. No lo
alcanzaréis antes de que el
sol sea abrasador. Y quien
llegue allí, que no toque
el agua hasta que yo haya
llegado”. Pero dos de
los primeros hombres en
llegar bebieron del
manantial y cuando llegó el
grueso del ejército el agua
apenas era ya un delgado
chorro. El Profeta amonestó
severamente a los dos
hombres y luego les dijo a
algunos de los otros que
recogiesen el agua que
pudieran en el hueco de sus
manos y la echaran en un
viejo pellejo. Cuando se
hubo reunido suficiente, se
lavó con ella las manos y
la cara y la derramó sobre
la roca que cubría la boca
del manantial, pasando sus
manos sobre ella y pidiendo
como Dios quiso que pidiera.
Luego, con un sonido como de
trueno, brotó el agua, y
continuó manando sin parar
después de que todos los
hombres hubieron satisfecho
su sed. Se volvió a Muadh[i], que estaba junto a él, y
le dijo: “Puede que
vivas, Muadh, para ver este
lugar convertido en un valle
lleno de jardines”, y
fue tal como dijo. Le
había decepcionado y
entristecido la ausencia de
los cuatro creyentes que no
habían partido con el ejército,
y no menos la de Abu
Jaythamah, que les dio
alcance unos pocos días
después de haber llegado a
Tabuk. Cuando el jinete
solitario fue visto
aproximarse, pero antes de
que fuera reconocible, el
Profeta dijo, como si fuera
una plegaria: “¡Sé
Abu Jaythamah!”Luego,
cuando el hombre se acercó
y lo saludó, dijo: “¡Ay
de ti, Abu Jaythamah!”;
pero cuando le contó lo que
había sucedido, lo bendijo. El
ejército se quedó veinte días
en Tabuk. Era evidente que
los rumores de peligro
procedente de los bizantinos
habían sido completamente
infundados. Por otro lado
tampoco había llegado aún
el tiempo de la prometida
conquista de Siria. Pero
durante aquellos días el
Profeta hizo un tratado de
paz con una comunidad
cristiana y judía que vivía
en la cabecera del golfo de
Aqabab y a lo largo de su
costa oriental. A cambio de
un tributo anual tendrían
garantizada la protección
por el estado islámico.
Regresó luego a Medina con
la mayor parte del ejército,
después de enviar a Jalid
con cuatrocientos veinte
jinetes a Dumat al-Yandal,
al noreste de Tabuk. Esta
importante fortaleza estaba
sobre la vía que desde
Medina conducía al Iraq, así
como sobre uno de los
caminos que iban a Siria.
Ukaydir, su gobernante
cristiano, fue sorprendido
por Jalid cuando había
salido de caza y, una vez
hecho prisionero, fue
conducido a Medina, donde
prestó fidelidad al Profeta
y abrazó el Islam.
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