Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 78Después de la victoria |
|
El
Profeta
realizó la Peregrinación
Menor, desde Yiranah y luego
retornó
a Medina. Poco antes de su
llegada le dio alcance Urwah
de Thaqif, el hombre que en
Hudaybiyah había quedado tan
impresionado por la
reverencia de los musulmanes
por su jefe[i].
Urwah había estado ausente en el Yemen durante la reciente campaña y
los relatos que había
escuchado a su regreso de la
milagrosa victoria de Hunayn
habían terminado por
decidirle a prestar su
juramento de fidelidad al
Profeta. Una vez hecho esto,
le pidió su permiso para
volver a Taif e invitar a su
población al Islam. “Te
matarán”, dijo el
Profeta. “Enviado de
Dios”, prosiguió Urwah,
“les soy más querido que
un primogénito.” “Te
matarán”, insistió el
Profeta. Pero cuando Urwah le
pidió su permiso por tercera
vez, dijo: “Ve, pues, si
lo deseas”. Y
sucedió como el Profeta había
dicho: rodearon su casa con
arqueros y en seguida fue
herido de muerte por una
flecha. Su familia le preguntó,
mientras agonizaba, lo que
pensaba de su muerte y él les
contestó: “Es una gracia
que Dios en su Liberalidad me
ha concedido”. A
continuación les pidió que
lo enterrasen con los mártires
que recientemente habían caído
durante el asedio de Taif y
ellos así lo hicieron. Cuando
le contaron al Profeta su
muerte, comentó: “Urwah
es como el hombre de Yasin (la
azora XXXXVI del Corán). Llamó
a su pueblo a Dios y ellos lo
mataron” (W. 961). El
hombre era Habib, un
carpintero de Antioquía que
invitó a su pueblo a aceptar
el mensaje de Jesús después
de que habían ahuyentado al
apóstol Pedro y a otros. Le
dieron muerte y, en palabras
del Corán: “Se le dijo:
‘Entra en el Paraíso’. El
dijo: ‘¡Ojalá mi pueblo
supiera cómo Dios me ha
perdonado los pecados y me ha
hecho estar entre los
honrados!’ (XXXVI,
26-7). Después de la muerte
de Urwah, su hijo y su sobrino
abandonaron Taif y acudieron
al Profeta, en Medina, donde
se convirtieron al Islam y
vivieron con su primo Mugirah,
que era uno de los Emigrados. La
muerte de Abdallah ibn Rawahah
en Mutah había privado al
Profeta no sólo de uno de sus
apreciados Compañeros sino
también de un notable poeta,
ya que se dice que consideraba
los versos de Abdallah como de
calidad semejante a los de
Hassan y Kaab ibn Malik. Sin
embargo, según la opinión
general había dos poetas árabes
en aquel tiempo que eclipsaban
a todos los demás. Uno era
Labid[ii];
el otro era Kaab ibn Malik,
hijo de uno de los principales
poetas de la generación
anterior, Zuhayr ibn Abi
Salma. Aunque era un hombre de
Muzaynah, Kaab había pasado
la mayor parte de su vida con
Gatafan y, por tanto, no había
caído bajo la influencia
islámica,
que era tan fuerte en su
propia tribu. Su hermano
Buyayr se había convertido al
Islam después de Hudaybiyah,
pero Kaab rechazabá
ruidosamente la nueva religión
y escribió versos satíricos
contra el Profeta, el cual
hizo saber que quien matase al
ofensor estaría haciendo un
servicio a la causa de Dios.
Buyayr ya había insistido, en
vano, a su hermano para que
visitase al Profeta y le
pidiese su perdón. “No
mata a quien acude a él
arrepentido”, le había
dicho, y ahora, después de la
victoria de la Meca, completó
sus anteriores mensajes con un
poema en el que aparecían
estas líneas: Sólo
hacia Dios, no hacia Uzza ni
Lat, puede
ser tu escape, si escapar
puedes, en
un día en que no hay
escapatoria ni
huida de los hombres salvo
para aquél cuyo corazón es
puro en
el sometimiento a Dios. Con
las nuevas y multitudinarias
conversiones al Islam por
todas partes, Kaab se sintió
como si la tierra se cerrase
sobre él y, temiendo por su
vida, se encaminó a Medina, a
la casa de un hombre de
Yuhaynah, un amigo suyo, con
el cual hizo su profesión de
Islam. Al día siguiente se
unió a la congregación en la
plegaria del alba, después de
la cual se dirigió al Profeta
y puso su mano en la suya,
diciendo: “¡Enviado de
Dios!, si Kaab, el hijo de
Zuhayr, viniera a ti
arrepentido, convertido al
Islam, pidiéndote que le
otorgaras inmunidad, ¿lo
recibirías?” Y cuando
el Profeta respondió que lo
haría, dijo Kaab: “Yo,
Enviado de Dios, soy Kaab el
hijo de Zuhayr”. Uno de
los Ansar se incorporó de
inmediato y pidió permiso
para cortarle la cabeza, pero
el Profeta dijo:
“Dejadlo en paz, porque ha
venido arrepentido y ya no es
como era. Entonces Kaab recitó
una oda que había compuesto
para la ocasión. Era en el
tradicional estilo beduino, de
espléndida dicción y muy
melodiosa, con muchas vívidas
descripciones de la
naturaleza; pero lo esencial
de la composición se hallaba
en la petición de perdón.
Concluía con un pasaje en
alabanza del Profeta y los
Emigrados, que comienza: El
Enviado una luz es, fuente de
luz; una
cimitarra india, una espada
desnuda de
las espadas de Dios. En
medio de los compañeros del
Quraysh, cuando
en el valle de la Meca el
Islam escogieron,
los hombres dijeron: “¡Marchaos!”
Se
fueron, no como cobardes, no
como hombres
que huyen tambaleándose
sobre sus monturas y pobremente
armados, sino
como héroes, orgullosos y de
noble porte, vestidos
para el encuentro con
brillantes mallas del
tejido de David.[iii] Cuando
hubo terminado, el Profeta se
despojó de su manto de rayas
yemení y lo arrojó sobre los
hombros del poeta en
reconocimiento a su dominio
del lenguaje. (I.H. 893). Pero
después le dijo a uno de sus
Compañeros: “¡Ojalá
que hubiera hablado bien de
los Ansar, porque en verdad se
lo merecen!”, y esto
llegó a oídos de Kaab, que
compuso otro poema en elogio
de los Ansar, explayándose en
su valor y coraje en la
batalla, la garantía de su
protección y su generosidad
como anfitriones. (I.H. 893). Estaba
ya claro que no se haría
esperar mucho el nacimiento
del niño de Mariyah. Salma,
que había atendido a Jadiyah
en el nacimiento de todos sus
hijos, era por aquel entonces
una mujer mayor. Hacia
veinticinco años que había
ayudado a traer a Fatimah al
mundo, pero sin embargo
insistió en que haría lo
mismo con este nuevo hijo del
Profeta y, cuando se
consideró
que el nacimiento era
inminente, se trasladó al
barrio donde vivía Mariyah en
Medina Alta. El
niño nació por la noche y
aquella misma noche Gabriel
visitó al Profeta y se
dirigió a él como nunca
antes lo había hecho: “¡Oh
Padre de Ibrahim!” Nada
más producirse el
alumbramiento, Salma envió a
su marido Abu Rafi para que
le dijera al Profeta que había
tenido un varón y, a la mañana
siguiente, en la Mezquita,
después de la plegaria del
alba, el Profeta informó
del nacimiento a los Compañeros.
“Y le he puesto el
nombre”, añadió, “de
mi padre: Ibrahim”. Hubo
gran regocijo en Medina y una
fuerte rivalidad entre las
mujeres de los Ansar sobre quién
debía ser el ama de leche. La
elección recayó en la esposa
de un herrero de Medina Alta
que vivía cerca del recién
nacido. El Profeta visitaba a
su hijo casi todos los días
y, a menudo, se echaba la
siesta allí. Otras
veces Ibrahim era llevado a la
casa de su padre. Aishah
cuenta que un día el Profeta
se lo llevó a ella en los
brazos y dijo: “Observa
su parecido a mí”. “No
veo ningún parecido”,
respondió ella. “¿No
ves cuán clara es su piel y
su carne qué hermosa es?”,
dijo el Profeta. “Todos
los que se crían con leche de
oveja son regordetes y de piel
blanca”, le respondió
Aishah. Uno de los pastores
tenía instrucciones de
proveer de leche todos los días
al ama del niño. El
Profeta permaneció en Medina
seis meses después de su
regreso de la Meca y, durante
ese tiempo envió varias
expediciones pequeñas.
Una de ellas, bajo la
dirección de Ali, fue contra
la tribu de Tayy, cuyo
territorio estaba al noreste
de Medina. Ali había sido
enviado antes a destruir el
santuario de Manat en Qudayd,
junto al Mar Rojo; de manera
que de los tres centros
principales de idolatría de
Arabia solamente quedaba el de
al-Lat de Taif. Pero el templo
de Fuls era un centro de
adoración de ídolos para las
gentes de Tayy que no eran
cristianas y el principal
objeto de la incursión era
destruir el templo. Tayy era
la tribu del poeta Hatim[iv];
su hijo Adi, cristiano
como su padre, le había
sucedido a su muerte en la
jefatura de la tribu. Al
producirse la súbita llegada
de Ali y sus hombres, Adi se
escapó con sus familiares más
próximos; una de sus
hermanas, sin embargo, fue
hecha prisionera, al igual que
se hizo con muchos otros de la
tribu. Cuando fue llevada ante
el Profeta, en Medina, se
arrojó a sus pies y le rogó
que la liberase. “Mi
padre siempre liberaba al
cautivo”, le dijo, “agasajaba
bien al huésped, colmaba al
hambriento y consolaba al
afligido. Nunca le dio la
espalda al que buscaba un
favor. Soy la hija de Hatim”.
El Profeta respondió con
palabras amables y, volviéndose
a los que estaban a su
alrededor, dijo: “Dejadla
ir, porque su padre amó las
costumbres nobles, y Dios
igualmente las ama”. Mientras
tanto, un hombre de su tribu
había venido para pedir su
liberación y el Profeta la
puso a su cuidado y le dio un
camello y vestidos finos. Fue
ella en busca de su hermano
Adi y lo persuadió para que
acudiese a Medina. Allí abrazó
el Islam, jurando fidelidad al
Profeta, quien le confirmo su
jefatura de Tayy. Adi demostró
más tarde ser un aliado fiel
e influyente. Fue
durante estos mismos meses, a
comienzos de Rayab, cuando le
llego al Profeta la noticia de
la muerte del Negus. Después
de la siguiente plegaria
ritual que había que hacer en
la Mezquita, se volvió hacia
la congregación, y dijo: “Hoy
ha muerto un hombre recto. Por
lo tanto, levantaos y pedid
por vuestro hermano Ashamah.”
(B. LXIII, 37). Entonces los
dirigió en la oración
funeraria. Más tarde llegarían
de Abisinia unos relatos: una
luz, se decía, se podía ver
brillando día y noche en la
tumba del rey. (I.I. 223). |
| Portada | Índice | Siguiente | Anterior |