Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 70¿A quién amas tú más? |
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También
estaba con él Umm Habibah, cuya estancia ya
estaba preparada para recibirla, y se celebró un
segundo banquete de bodas para celebrar su unión
con el Profeta. Tenía entonces ella unos treinta
y cinco años. Las otras esposas, todas excepto
Aishah, la habían conocido en la Meca. Era, además,
cuñada de Zaynab, y Sawdah y Umm Salamah habían
sido sus compañeras íntimas en los primeros días
que pasaron juntas en Abisinia. Su llegada había
sido muy esperada. Aun así, hubo algo que causó
mucha más preocupación en las mujeres: la
inesperada adición a la familia de la joven y
hermosa Safiyyah. A su llegada á Medina, el
Profeta la hospedó temporalmente en una de las
casas del siempre hospitalario Harithah. Al
enterarse de su belleza, Aishah envió por Umm
Salamah para preguntarle acerca de su nueva compañera.
“Es muy
hermosa”, dijo Umm Salamah, “el
Enviado de Dios la ama mucho”. Aishah se
fue a la casa de Harithah y entró con el tropel
de mujeres que estaban visitando a la nueva
esposa. Aishah iba velada y permaneció sin
revelar su identidad durante un tiempo, al fondo,
pero lo bastante cerca para ver por sí misma que
lo que había dicho Umm Salamah era cierto. Luego
abandonó la casa, pero el Profeta, que se
encontraba allí, la había reconocido, y siguiéndola
afuera le dijo: “Aishah, ¿cómo la encontraste?” “Vi en ella”, respondió,
“una
judía como cualquier otra”. “No
digas eso”, dijo el Profeta, “porque
ella ha abrazado el Islam y ha probado su
Islam”. Sin
embargo, Safiyyah era particularmente vulnerable
entre las esposas a causa de su padre. “¡Hija
de Huyyay!”, en sí una forma respetuosa
de dirigirse a ella, podía convertirse según el
tono de voz en un insulto, y en una ocasión acudió
al Profeta con lágrimas en los ojos porque una de
sus nuevas compañeras había intentado hacerla
sentirse inferior. Dijo el Profeta: “Diles:
Mi padre es Aarón y mi tío es Moisés”. De
todas las esposas, Safiyyah era la de edad más
cercana a Aishah, incluso más que Hafsah, que tenía
entonces veintidós. Esto había aumentado los
temores de Aishah en un principio, pero a medida
que las semanas pasaron las dos esposas más jóvenes
hallaron una cierta simpatía entre sí, y Hafsah
igualmente ofreció amistad a la recién llegada. “Éramos
dos grupos”, diría Aishah años después,
“en uno
Hafsah, Safiyyah, Sawdah y yo, en el otro Umm
Salamah y el resto de las esposas”. Aisha
tenía en aquel tiempo dieciséis años; en
algunos aspectos era mayor para su edad mientras
que en otros no. Su rostro, y casi siempre su
lengua, dejaba traslucir sus sentimientos. En una
ocasión el Profeta le dijo: “Aishah, no se me oculta cuando estás enfadada conmigo, ni tampoco
cuando estás contenta.” “¡Oh tú que me eres
más querido que mi padre y mi madre!”,
dijo ella, “¿cómo
sabes eso?” “Cuando estás contenta”,
respondió él, “dices
a modo de juramento: ‘No, por el Señor de Muhámmad’,
pero cuando estás enfadada dices: ‘No, por el
Señor de Abraham’.“ (I.S. VIII, 47).
En otra ocasión, cuando el Profeta se presentó a
ella algo más tarde de lo que ella esperaba, le
dijo: “¿Dónde
has estado hasta ahora?” “Bonita”,
dijo el Profeta, “he
estado con Umm Salamah.” “¿No te has hartado
de Umm Salamah?”, le preguntó Aishah, y
cuando él sonrió sin responder, ella añadió: “Enviado
de Dios, háblame de ti. Si te encontraras entre
las dos vertientes de un valle en una de las
cuales no se hubiese pastado, mientras que en la
otra sí, en cuál de las dos harías pastar tus
rebaños?” “En la que no se hubiese pastado”,
dijo el Profeta. “Así
es”, dijo ella, “y
yo no soy como ninguna otra de tus esposas. Todas
han tenido un marido antes de ti excepto yo”.
El Profeta sonrió sin decir nada. (I.S. VIII,
55). Aishah
sabía bien que no podía tener al Profeta para
ella sola. Ella era una mujer, y él era como
veinte hombres. La Revelación había dicho de él:
“Ciertamente tu naturaleza es de una inmensa magnitud”. Era
como si él mismo fuera todo un mundo, comparable
al mundo exterior y en algunos aspectos
misteriosamente uno con él. Ella había notado a
menudo que si se producía el retumbar del trueno,
incluso en la distancia, su cara cambiaba de
color; el sonido de una poderosa ráfaga de viento
le afectaba igualmente de forma visible, y al
menos en una ocasión en que cayó un aguacero,
descubrió su cabeza, hombros y pecho y salió al
exterior para poder compartir el gozo de la tierra
al recibir la munificencia del cielo directamente
sobre su piel. Aishah
no era menos celosa porque fuese diferente de
otros hombres, pero sabia que los celos, a
diferencia del amor, solamente eran para esta
vida. Hablando del Paraíso, la Revelación había
prometido más de una vez: “Extraeremos el rencor que haya en sus corazones” (VII, 43;
XV, 47). Un día le preguntó al Profeta: “Enviado
de Dios, ¿quiénes son tus esposas en el Paraíso?”
“Tú eres una de ellas”, le respondió,
y ella atesoró estas palabras durante el resto de
su vida, como también estas otras que le dijo en
una ocasión: “Gabriel está aquí y te da sus saludos de Paz.” “¡La Paz sea
sobre él y la Misericordia de Dios y Sus
bendiciones!” había respondido ella (IS.
VII, 55). De
sus celos diría años después: “No
tenía celos de ninguna otra esposa del Profeta
como los tenía de Jadiyah, debido a que
constantemente la estaba mencionando y porque Dios
le había comunicado la buena nueva de una mansión
en el Paraíso de piedras preciosas. Y siempre que
sacrificaba un cordero enviaba una buena porción
a quienes habían tenido una estrecha amistad con
ella. Muchas veces le dije: ‘Es como si nunca
hubiera habido otra mujer en el mundo, salvo
Jadiyah’.” (B. LXIII, 20). Las
percepciones y reacciones de Aishah eran sumamente
rápidas. Poco después de Jaybar, o quizás un
poco antes, Halah, la madre de Abu l-As, había
ido de visita a Medina para ver a su hijo, a su
nuera Zaynab y a su nietecilla Umamah; y un día,
cuando el Profeta se encontraba en la estancia de
Aishah, se escuchó un golpe en la puerta y se oyó
la voz de una mujer pidiendo permiso para entrar.
El Profeta se puso pálido y tembló, e
inmediatamente, adivinando la causa, Aishah se
sintió abrumada por una oleada de celos y le
reprendió, porque ella sabia que en la voz de
Halah él había escuchado la de su hermana
Jadiyah. El Profeta confirmó esto después, y
dijo también que su forma de solicitar la entrada
había sido igual que la de su primera esposa (B.
LXIII, 20). Sawdah,
por aquel entonces ya algo mayor, le cedió a
Aishah su día con el Profeta, porque estaba
segura de que esto le agradaría a él; el resto
de la comunidad, incluidas las otras esposas, no
tenían ninguna duda de que de las esposas
entonces vivientes el Profeta amaba más a Aishah.
Esto no era una simple conjetura, pues de tiempo
en tiempo, uno u otro de los compañeros le hacía
la pregunta: “Enviado
de Dios, ¿a quién amáis más en todo el
mundo?”, y aunque no siempre daba la
misma respuesta a esta cuestión, ya que sentía
gran amor en más de una dirección —por sus hijas y sus niños, por Ali, por Abu Bakr, por
Zayd y Usamah—, a veces la contestación era
Aishah, pero nunca cualquiera de las otras
esposas. Por esta razón, se estaba convirtiendo
en una costumbre en Medina el que si un hombre
quería pedir un favor al Profeta, y le ofrecía
un regalo con miras a su petición como el Corán
recomendaba, retrasaba su entrega hasta que el
Profeta estuviera en la estancia de Aishah, pues
se suponía que se hallaría entonces más feliz
y, en consecuencia, más dispuesto a conceder el
favor. Esto provocó malestar en la casa del
Profeta y Umm Salamah fue a verlo en nombre de las
otras y en el suyo propio para pedirle que hiciese
el anuncio de que cualquiera que deseara darle un
presente debía hacerlo sin esperar a que le
correspondiese pasar el día en una casa en
concreto. El Profeta no le contestó. Ella volvió
a pedírselo por segunda vez, y de nuevo él
permaneció en silencio. Entonces se lo dijo por
tercera vez, y él le respondió: “No me molestes con respecto a Aishah, porque en verdad la Revelación
no me viene cuando estoy bajo las sábanas de
ninguna esposa, salvo si esa esposa es Aishah”.
(B. LI, 8). Umm Salamah dijo: “Me arrepiento ante Dios por haberte molestado”. Sin
embargo, a diferencia de Umm Salamah, otras de las
esposas no se contentaron con detenerse ahí, y
enviaron por Fatimah y le pidieron que
interviniese en nombre de ellas y pidiese a Muhámmad:
“Tus
esposas te suplican solemnemente por Dios que les
hagas justicia respecto a la hija de Abu Bakr”.
Fatimah aceptó de mala gana, pero fue aplazando
el asunto durante algunos días hasta que
finalmente su prima Zaynab, la hija de Yahsh, fue
a verla y a insistirle. Acudió, pues, ante su
padre y le comunicó lo que le habían pedido que
dijera. “Hijita
mía”, dijo el Profeta, “¿no
amas tú lo que yo amo?”, y cuando ella
asintió, prosiguió él: “Entonces, ámala”, refiriéndose a Aishah. Luego añadió: “Fue
Zaynab quien te envió, ¿verdad?” “Zaynab y
las otras”, respondió Fatimah. “Juro”, dijo el Profeta, “que
fue ella la que puso esto en movimiento”.
Y cuando Fatimah lo admitió, se sonrió el
Profeta. Volvió
con las esposas y les contó lo que había
sucedido. “¡Hija del Enviado de Dios”, dijeron, “no nos has servido de nada!”. La presionaron para que fuese una segunda vez, pero se negó;
entonces le dijeron a Zaynab “Ve
tú”, y ella se fue a ver al Profeta,
quien finalmente le dijo a Aishah que hablase con
ella, y Aishah le presentó argumentos contra los
que Zaynab no pudo decir nada. El Profeta estaba
obligado a ser justo y equitativo hacia sus
esposas y a animar a otros a seguir su ejemplo.
Pero él no era responsable de la equidad de otros
hacia sus propias esposas, ni su sensibilidad le
hubiera permitido interferir en ello. A él le
correspondía recibir un presente con
agradecimiento y dejar lo demás para el donante.
Cuando Zaynab se hubo marchado, el Profeta le dijo
a Aishah: “Verdaderamente
tú eres la hija de Abu Bakr”.
(B. LI, 8; I.S. VIII, 123). Los
celos eran inevitables en la casa del Profeta; por
su parte, él hacía todo cuanto podía para
restarles importancia. Una vez entró en una
habitación en la que se encontraban reunidas sus
esposas y otros miembros de su familia. En su mano
llevaba un collar de ónice que le acababan de
dar. Mostrándoselo, dijo:
“Se lo daré a la que yo más quiero”.
Algunas de las esposas comenzaron a susurrar irónicamente
entre sí: “Se
lo dará a la hija de Abu Bakr”. Pero
después de mantenerlas bastante tiempo en
suspenso llamó a su nietecita Umamah y le abrochó
el collar alrededor del cuello. No era menor el amor que sentía por sus nietos, los hijos de Ali y Fatimah. “Hasan y Husayn son a quienes más quiero de las gentes de mi casa”, solía decir. Usamah también era considerado como un nieto, y en más de una ocasión el Profeta los tomó a él y a Hasan, cada uno de una mano, y pidió: “Dios, yo los amo, ¡ámalos Tú!” (I.S. IV/1, 43).
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