Muhammad, 
su vida basada en las fuentes más antiguas

 

Capítulo 70

¿A quién amas tú más?



Cuando el ejército victorioso llegó a Medina, después de una ausencia de siete semanas, encontraron que Yafar y sus compañeros ya estaban allí. Había partido para Abisinia a la edad de veintisiete años y ahora era un hombre de cuarenta. Hacía trece años que no veía al Profeta, aunque se habían mantenido en constante comunicación. El Profeta le estrechó contra si y lo besó en los ojos. Entonces dijo: “No sé por cuál de las dos es mayor mi alegría, si por la llegada de Yafar o por la victoria de Jaybar”. Con Yafar estaban su mujer Asma y sus tres hijos, Abdallah, Muhámmad y Awn, que habían nacido en Abisinia.

También estaba con él Umm Habibah, cuya estancia ya estaba preparada para recibirla, y se celebró un segundo banquete de bodas para celebrar su unión con el Profeta. Tenía entonces ella unos treinta y cinco años. Las otras esposas, todas excepto Aishah, la habían conocido en la Meca. Era, además, cuñada de Zaynab, y Sawdah y Umm Salamah habían sido sus compañeras íntimas en los primeros días que pasaron juntas en Abisinia. Su llegada había sido muy esperada. Aun así, hubo algo que causó mucha más preocupación en las mujeres: la inesperada adición a la familia de la joven y hermosa Safiyyah. A su llegada á Medina, el Profeta la hospedó temporalmente en una de las casas del siempre hospitalario Harithah. Al enterarse de su belleza, Aishah envió por Umm Salamah para preguntarle acerca de su nueva compañera. “Es muy hermosa”, dijo Umm Salamah, “el Enviado de Dios la ama mucho”. Aishah se fue a la casa de Harithah y entró con el tropel de mujeres que estaban visitando a la nueva esposa. Aishah iba velada y permaneció sin revelar su identidad durante un tiempo, al fondo, pero lo bastante cerca para ver por sí misma que lo que había dicho Umm Salamah era cierto. Luego abandonó la casa, pero el Profeta, que se encontraba allí, la había reconocido, y siguiéndola afuera le dijo: “Aishah, ¿cómo la encontraste?” “Vi en ella”, respondió, “una judía como cualquier otra”. “No digas eso”, dijo el Profeta, “porque ella ha abrazado el Islam y ha probado su Islam”.

Sin embargo, Safiyyah era particularmente vulnerable entre las esposas a causa de su padre. “¡Hija de Huyyay!”, en sí una forma respetuosa de dirigirse a ella, podía convertirse según el tono de voz en un insulto, y en una ocasión acudió al Profeta con lágrimas en los ojos porque una de sus nuevas compañeras había intentado hacerla sentirse inferior. Dijo el Profeta: “Diles: Mi padre es Aarón y mi tío es Moisés”.

De todas las esposas, Safiyyah era la de edad más cercana a Aishah, incluso más que Hafsah, que tenía entonces veintidós. Esto había aumentado los temores de Aishah en un principio, pero a medida que las semanas pasaron las dos esposas más jóvenes hallaron una cierta simpatía entre sí, y Hafsah igualmente ofreció amistad a la recién llegada. “Éramos dos grupos”, diría Aishah años después, “en uno Hafsah, Safiyyah, Sawdah y yo, en el otro Umm Salamah y el resto de las esposas”.

Aisha tenía en aquel tiempo dieciséis años; en algunos aspectos era mayor para su edad mientras que en otros no. Su rostro, y casi siempre su lengua, dejaba traslucir sus sentimientos. En una ocasión el Profeta le dijo: “Aishah, no se me oculta cuando estás enfadada conmigo, ni tampoco cuando estás contenta.” “¡Oh tú que me eres más querido que mi padre y mi madre!”, dijo ella, “¿cómo sabes eso?” “Cuando estás contenta”, respondió él, “dices a modo de juramento: ‘No, por el Señor de Muhámmad’, pero cuando estás enfadada dices: ‘No, por el Señor de Abraham’.“ (I.S. VIII, 47). En otra ocasión, cuando el Profeta se presentó a ella algo más tarde de lo que ella esperaba, le dijo: “¿Dónde has estado hasta ahora?” “Bonita”, dijo el Profeta, “he estado con Umm Salamah.” “¿No te has hartado de Umm Salamah?”, le preguntó Aishah, y cuando él sonrió sin responder, ella añadió: “Enviado de Dios, háblame de ti. Si te encontraras entre las dos vertientes de un valle en una de las cuales no se hubiese pastado, mientras que en la otra sí, en cuál de las dos harías pastar tus rebaños?” “En la que no se hubiese pastado”, dijo el Profeta. “Así es”, dijo ella, “y yo no soy como ninguna otra de tus esposas. Todas han tenido un marido antes de ti excepto yo”. El Profeta sonrió sin decir nada. (I.S. VIII, 55).

Aishah sabía bien que no podía tener al Profeta para ella sola. Ella era una mujer, y él era como veinte hombres. La Revelación había dicho de él: “Ciertamente tu naturaleza es de una inmensa magnitud”. Era como si él mismo fuera todo un mundo, comparable al mundo exterior y en algunos aspectos misteriosamente uno con él. Ella había notado a menudo que si se producía el retumbar del trueno, incluso en la distancia, su cara cambiaba de color; el sonido de una poderosa ráfaga de viento le afectaba igualmente de forma visible, y al menos en una ocasión en que cayó un aguacero, descubrió su cabeza, hombros y pecho y salió al exterior para poder compartir el gozo de la tierra al recibir la munificencia del cielo directamente sobre su piel.

Aishah no era menos celosa porque fuese diferente de otros hombres, pero sabia que los celos, a diferencia del amor, solamente eran para esta vida. Hablando del Paraíso, la Revelación había prometido más de una vez: “Extraeremos el rencor que haya en sus corazones” (VII, 43; XV, 47). Un día le preguntó al Profeta: “Enviado de Dios, ¿quiénes son tus esposas en el Paraíso?” “Tú eres una de ellas”, le respondió, y ella atesoró estas palabras durante el resto de su vida, como también estas otras que le dijo en una ocasión: “Gabriel está aquí y te da sus saludos de Paz.” “¡La Paz sea sobre él y la Misericordia de Dios y Sus bendiciones!” había respondido ella (IS. VII, 55).

De sus celos diría años después: “No tenía celos de ninguna otra esposa del Profeta como los tenía de Jadiyah, debido a que constantemente la estaba mencionando y porque Dios le había comunicado la buena nueva de una mansión en el Paraíso de piedras preciosas. Y siempre que sacrificaba un cordero enviaba una buena porción a quienes habían tenido una estrecha amistad con ella. Muchas veces le dije: ‘Es como si nunca hubiera habido otra mujer en el mundo, salvo Jadiyah’.” (B. LXIII, 20).

Las percepciones y reacciones de Aishah eran sumamente rápidas. Poco después de Jaybar, o quizás un poco antes, Halah, la madre de Abu l-As, había ido de visita a Medina para ver a su hijo, a su nuera Zaynab y a su nietecilla Umamah; y un día, cuando el Profeta se encontraba en la estancia de Aishah, se escuchó un golpe en la puerta y se oyó la voz de una mujer pidiendo permiso para entrar. El Profeta se puso pálido y tembló, e inmediatamente, adivinando la causa, Aishah se sintió abrumada por una oleada de celos y le reprendió, porque ella sabia que en la voz de Halah él había escuchado la de su hermana Jadiyah. El Profeta confirmó esto después, y dijo también que su forma de solicitar la entrada había sido igual que la de su primera esposa (B. LXIII, 20).

Sawdah, por aquel entonces ya algo mayor, le cedió a Aishah su día con el Profeta, porque estaba segura de que esto le agradaría a él; el resto de la comunidad, incluidas las otras esposas, no tenían ninguna duda de que de las esposas entonces vivientes el Profeta amaba más a Aishah. Esto no era una simple conjetura, pues de tiempo en tiempo, uno u otro de los compañeros le hacía la pregunta: “Enviado de Dios, ¿a quién amáis más en todo el mundo?”, y aunque no siempre daba la misma respuesta a esta cuestión, ya que sentía gran amor en más de una dirección  —por sus hijas y sus niños, por Ali, por Abu Bakr, por Zayd y Usamah—, a veces la contestación era Aishah, pero nunca cualquiera de las otras esposas. Por esta razón, se estaba convirtiendo en una costumbre en Medina el que si un hombre quería pedir un favor al Profeta, y le ofrecía un regalo con miras a su petición como el Corán recomendaba, retrasaba su entrega hasta que el Profeta estuviera en la estancia de Aishah, pues se suponía que se hallaría entonces más feliz y, en consecuencia, más dispuesto a conceder el favor. Esto provocó malestar en la casa del Profeta y Umm Salamah fue a verlo en nombre de las otras y en el suyo propio para pedirle que hiciese el anuncio de que cualquiera que deseara darle un presente debía hacerlo sin esperar a que le correspondiese pasar el día en una casa en concreto. El Profeta no le contestó. Ella volvió a pedírselo por segunda vez, y de nuevo él permaneció en silencio. Entonces se lo dijo por tercera vez, y él le respondió: “No me molestes con respecto a Aishah, porque en verdad la Revelación no me viene cuando estoy bajo las sábanas de ninguna esposa, salvo si esa esposa es Aishah”. (B. LI, 8). Umm Salamah dijo: “Me arrepiento ante Dios por haberte molestado”. Sin embargo, a diferencia de Umm Salamah, otras de las esposas no se contentaron con detenerse ahí, y enviaron por Fatimah y le pidieron que interviniese en nombre de ellas y pidiese a Muhámmad: “Tus esposas te suplican solemnemente por Dios que les hagas justicia respecto a la hija de Abu Bakr”. Fatimah aceptó de mala gana, pero fue aplazando el asunto durante algunos días hasta que finalmente su prima Zaynab, la hija de Yahsh, fue a verla y a insistirle. Acudió, pues, ante su padre y le comunicó lo que le habían pedido que dijera. “Hijita mía”, dijo el Profeta, “¿no amas tú lo que yo amo?”, y cuando ella asintió, prosiguió él: “Entonces, ámala”, refiriéndose a Aishah. Luego añadió: “Fue Zaynab quien te envió, ¿verdad?” “Zaynab y las otras”, respondió Fatimah. “Juro”, dijo el Profeta, “que fue ella la que puso esto en movimiento”. Y cuando Fatimah lo admitió, se sonrió el Profeta.

Volvió con las esposas y les contó lo que había sucedido. “¡Hija del Enviado de Dios”, dijeron, “no nos has servido de nada!”. La presionaron para que fuese una segunda vez, pero se negó; entonces le dijeron a Zaynab “Ve tú”, y ella se fue a ver al Profeta, quien finalmente le dijo a Aishah que hablase con ella, y Aishah le presentó argumentos contra los que Zaynab no pudo decir nada. El Profeta estaba obligado a ser justo y equitativo hacia sus esposas y a animar a otros a seguir su ejemplo. Pero él no era responsable de la equidad de otros hacia sus propias esposas, ni su sensibilidad le hubiera permitido interferir en ello. A él le correspondía recibir un presente con agradecimiento y dejar lo demás para el donante. Cuando Zaynab se hubo marchado, el Profeta le dijo a Aishah: “Verdaderamente tú eres la hija de Abu Bakr”. (B. LI, 8; I.S. VIII, 123).

Los celos eran inevitables en la casa del Profeta; por su parte, él hacía todo cuanto podía para restarles importancia. Una vez entró en una habitación en la que se encontraban reunidas sus esposas y otros miembros de su familia. En su mano llevaba un collar de ónice que le acababan de dar. Mostrándoselo, dijo: “Se lo daré a la que yo más quiero”. Algunas de las esposas comenzaron a susurrar irónicamente entre sí: “Se lo dará a la hija de Abu Bakr”. Pero después de mantenerlas bastante tiempo en suspenso llamó a su nietecita Umamah y le abrochó el collar alrededor del cuello.

No era menor el amor que sentía por sus nietos, los hijos de Ali y Fatimah. “Hasan y Husayn son a quienes más quiero de las gentes de mi casa”, solía decir. Usamah también era considerado como un nieto, y en más de una ocasión el Profeta los tomó a él y a Hasan, cada uno de una mano, y pidió: “Dios, yo los amo, ¡ámalos Tú!” (I.S. IV/1, 43).

 

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