Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 7El año del elefante |
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EN
aquel tiempo el Yemen se encontraba bajo
el gobierno de Abisiy el virrey era un
abisinio llamado Abrahah. En Saná levantó
una catedral magnífica con la esperanza
de que reemplazara a la Meca como el gran
lugar de peregrinación para toda Arabia.
Para su construcción hizo traer mármol
de uno de los palacios abandonados de la
Reina de Saba, colocó cruces de oro y
plata y púlpitos de marfil y ébano, y
escribió a su señor, el Negus:
"He construido una iglesia para ti,
oh Rey, como jamás antes fue erigida otra
para ningún rey, y no descansaré hasta
que haya desviado hacia ella la
peregrinación de los árabes."
Tampoco hizo de su intención un secreto,
lo cual provocó gran ira entre las tribus
de Hiyaz y Nachd. Finalmente, un hombre de
Kinanah, una tribu relacionada con el
Quraysh, fue a Saná con el propósito
deliberado de profanar la iglesia, lo que
hizo una noche, volviéndose luego sin
novedad con su gente. Cuando
Abrahah se enteró, juró que como
venganza arrasaría la Kaabah. Después de
hechos los preparativos, se puso en marcha
hacia la Meca con un gran ejército en
cuya vanguardia colocó a un elefante.
Algunas tribus árabes del norte de Saná
intentaron impedir su avance, pero los
abisinios los pusieron en fuga y se
apoderaron de su jefe, Nufayl, de la tribu
de Jatham. Como rescate por su vida se
ofreció a actuar como guía. Cuando
el ejército alcanzó Taif, los hombres de
Thaqif salieron a recibirlos, temerosos
de que Abrahah pudiera destruir su templo
de al-Lat confundiéndolo con la Kaabah.
Se apresuraron a señalarle que todavía
no había llegado a su meta y le
ofrecieron un guía para lo que restaba de
marcha. Aunque ya contaba con Nufayl,
aceptó su oferta, pero el hombre murió
durante el camino, a unas dos millas de la
Meca, en un lugar llamado Mugammis, y allí
lo enterraron. Más adelante a los árabes
les dio por lapidar su tumba, y todavía
hoy las gentes que allí viven le siguen
arrojando piedras. Abraham
se detuvo en Mugammis y envió un
destacamento de jinetes a las afueras de
la Meca. Durante el camino se apoderaron
de cuanto pudieron y enviaron el botín
a Abrahah, que incluía doscientos
camellos propiedad de Abd al-Muttalib.
El Quraysh y otras tribus vecinas
celebraron un consejo de guerra y
decidieron que era inútil intentar oponer
resistencia al enemigo. Mientras tanto,
Abrahah envió un mensajero a la Meca con
la orden de preguntar por el principal
hombre de allí. Tenía que decirle que no
habían venido a combatir sino sólo a
destruir el templo, y si deseaba evitar
cualquier derramamiento de sangre tendría
que acudir al campamento de los
abisinios. El
Quraysh no había contado con un jefe
oficial desde la época en que se habían
dividido sus privilegios y
responsabilidades entre las casas de Abd
ad-Dar y Abdu Manaf. Pero la mayoría de
la gente tenía su opinión acerca de cuál
de los jefes de los clanes era de hecho,
si no de derecho, el hombre más destacado
de la Meca. En esta ocasión dirigieron al
mensajero a la casa de Abd al-Muttalib
quien, junto con uno de sus hijos, se
volvió con el emisario hacia el
campamento. Cuando Abrahah lo vio quedó
tan impresionado por su aspecto que se
levantó de su asiento real para
saludarlo, luego se sentó junto a él en
la alfombra y le dijo al intérprete que
le preguntase si quería pedir algún
favor. Abd al-Muttalib respondió que el
ejército se había apropiado de
doscientos de sus camellos y pidió que le
fuesen devueltos. Abrahah quedó un
tanto sorprendido por esta petición y
dijo que le había decepcionado que
pensase en sus camellos antes que en su
religión, la cual habían venido a
destruir. Abd al-Muttalib respondió:
"Yo soy el señor de los camellos, y
el templo igualmente tiene un señor que
lo defenderá." "No puede
defenderlo contra mí", dijo Abrahah.
"Veremos", respondió Abd al-Muttalib.
"Pero dadme mis camellos." Y
Abrahah dio órdenes para que se los
devolvieran. Abd
al-Muttalib se volvió al Quraysh y les
aconsejó que se retirasen a las colinas
que dominaban la ciudad. Luego, él se fue
con algunos miembros de la familia y otra
gente al Santuario. Se pusieron a su lado,
pidiendo a Dios para que los ayudase
contra Abrahah y su ejército, y él agarró
el anillo metálico colocado en el centro
de la puerta de la Kaabah y dijo: "¡Oh,
Dios! ¡Vuestro esclavo protegió su casa,
proteged Vos Vuestra Casa!" Después
de haber orado de esta manera se fue con
los otros a unirse al resto de Quraysh en
las colinas, en puntos desde donde podían
ver lo que sucedía abajo en el valle. A
la mañana siguiente, Abrahah se dispuso a
entrar en la ciudad con la intención de
destruir la Kaabah y luego volverse a Saná
por el mismo camino por donde habían
venido. El elefante, ricamente enjaezado,
fue conducido al frente del ejército,
que ya estaba ordenado para el combate;
cuando el poderoso animal llegó a su
posición su guardián Unays lo puso en la
misma dirección hacia donde estaba
dispuesta la tropa, es decir, hacia la
Meca. Pero Nufayl, el guía forzoso, había
marchado durante la mayor parte del camino
en la vanguardia del ejército con Unays y
de éste había aprendido algunas de las
palabras de mando que comprendía el
elefante; y mientras la cabeza de Unays
se volvió para observar la señal de
avance, Nufayl agarró la gran oreja del
elefante y le transmitió con voz apagada
pero enérgica la orden de arrodillarse.
Acto seguido, para sorpresa y consternación
de Abrahah y el ejército, el elefante,
lenta y pausadamente, se arrodilló sobre
el suelo. Unays le ordenó levantarse,
pero la palabra de Nufayl había
coincidido con una orden más imperiosa
que la de cualquier hombre, y el elefante
no quiso moverse. Hicieron cuanto pudieron
para que se incorporara; incluso le
golpearon en la cabeza con barras de
hierro y le pincharon en el vientre con
ganchos de hierro, pero él permaneció
como una roca. Entonces intentaron la
estratagema de hacer que todo el ejército
diese la vuelta y marchase algunos pasos
en dirección al Yemen. El elefante se
levantó
de inmediato, se dio la vuelta y los siguió.
Esperanzados, volvieron a dar la vuelta, y
el elefante también la dio, pero tan
pronto como estuvo mirando hacia la Meca
se arrodilló de nuevo. Era
el más claro de los portentos que no
diese ni un sólo paso más adelante,
pero Abrahah estaba cegado por su ambición
personal hacia el santuario que había
construido y por su determinación de
destruir a su gran rival. Si entonces se
hubiesen dado la vuelta, quizá habrían
escapado todos del desastre. Pero, de
improviso, fue demasiado tarde: por
occidente el cielo se ennegreció y se
escuchó un extraño sonido, su volumen
aumentó a medida que una gran ola de
oscuridad procedente de la dirección del
mar los envolvía, y el cielo sobre sus
cabezas, hasta donde alcanzaba la vista,
se llenó de aves. Los sobrevivientes
dijeron que volaban de forma parecida a
los vencejos, y que cada ave llevaba tres
guijarros del tamaño de guisantes secos,
uno en el pico y otro entre las garras de
cada pata. Se lanzaron de aquí para allá
sobre las filas, arrojando a la vez los
guijarros, y éstos eran tan duros y caían
con tanta velocidad que perforaban incluso
las cotas de malla. Cada piedra dio en su
blanco y mató a su hombre, porque en
cuanto el cuerpo recibía el golpe sus
carnes comenzaban a pudrirse rápidamente,
en algunos casos, y con mayor lentitud en
otros. No hubo ningún herido, y entre los
que vieron su vida perdonada se contaron
Unays y el elefante; pero todos fueron
presa del terror. Unos pocos se quedaron
en el Hiyaz y se ganaron la vida con el
pastoreo o con otros trabajos. Pero la
mayoría del ejército volvió en desorden
a Saná. Muchos murieron por el camino y
muchos otros, incluido Abrahah,
fallecieron poco después de regresar. En
cuanto a Nufayl, había abandonado
subrepticiamente el ejército cuando el
elefante se convirtió en el centro de la
atención de todos, alcanzando sin
contratiempos las colinas que dominan la
Meca. Después
de ese día el Quraysh fue llamado por los
árabes "el pueblo de Dios", y
se les tuvo en un respeto aún mayor que
antes, porque Dios había respondido a sus
plegarias y salvado a la Kaabah de la
destrucción. Todavía hoy se les honra,
pero más bien a causa de un segundo
acontecimiento -sin duda desconectado del
primero que tuvo lugar en el mismo año
del elefante. Abdallah,
el hijo de Abd al-Muttalib, no se
encontraba en la Meca cuando sucedió el
milagro de las aves. Se había ido para
comerciar a Palestina y Siria con una de
las caravanas; de regreso al hogar se había
alojado con la familia de su abuela en
Yathrib, y allí había enfermado. La
caravana prosiguió sin él hacia la Meca;
cuando Abd al-Muttalib se enteró envió a
Harith para que acompañase a su hermano
en su retorno tan pronto estuviese
suficientemente bien para viajar. Sin
embargo, cuando Harith llegó a la casa de
sus primos sus saludos encontraron
respuestas de condolencia, y al instante
comprendió que su hermano había
fallecido. Grande fue la aflicción en la Meca cuando Harith volvió. El único consuelo de Aminah era el hijo que estaba esperando de su marido ahora fallecido, y su alivio fue mayor a medida que se fue acercando el momento del parto. Era consciente de una luz en su interior, y un día brilló desde ella con tan gran resplandor que pudo ver los castillos de Bostra en Siria. Y oyó una voz que le decía: "En tu seno llevas al señor de este pueblo, y cuando nazca di: Lo pongo bajo la protección del Uno, contra el mal de los que envidian. Luego, ponle por nombre Muhammad." (1.1.102). Unas
semanas más tarde nació el niño. Aminah
se encontraba en casa de su tío y envió
un mensaje a Abd al-Muttalib pidiéndole
que fuese a ver a su nieto. Abd al-Muttalib
tomó al pequeño en sus brazos y lo llevó
al Santuario y al interior de la Casa
Sagrada, donde pronunció una plegaria de
agradecimiento a Dios por el don
recibido. Luego lo llevó de nuevo con su
madre, y de camino se lo mostró a los
miembros de su propia casa. Él mismo habría
de tener poco después otro hijo de Halah,
la prima de Aminah. En aquel momento su
hijo más pequeño era Abbas, de tres años,
que lo recibió a la puerta de su casa.
"Éste es tu hermano; bésalo",
dijo, presentándole al recién nacido, y
Abbas lo besó. |
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