Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 69Jaybar |
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Desde
hacía tiempo estaba claro que había que hacer
algo, tarde o temprano, en aquella dirección, y
ahora había llegado el momento, porque el Profeta
estaba seguro de que la victoria cercana
prometida en la reciente Revelación —una
victoria que además sería rica en botín— no
podía ser otra que la conquista de Jaybar. Sin
embargo, no habría de ser compartida por todos
los que profesaban el Islam. La Revelación dejaba
claro que los beduinos que no habían respondido a
sus llamadas para hacer la Peregrinación Menor se
habían movido principalmente por motivos
mercenarios. Puesto que en la Peregrinación no
había esperanzas de botín, no merecía la pena
esforzarse. Por lo tanto, no tenía que dejárseles
tomar parte en la conquista de lo que era, sin
duda, una de las comunidades más ricas de toda
Arabia. Esto
significaba partir con una fuerza menor, aunque
tenía la ventaja de que sus planes podían ser
mantenidos en secreto hasta el último momento.
Pero incluso cuando el proyecto se hizo conocido,
pasó de boca en boca más como una chanza que
como un hecho. La fuerza inexpugnable de Jaybar
era casi proverbial. El Quraysh y otros enemigos
del Islam esperaban que la noticia fuese cierta,
porque así Muhámmad recibiría por fin una
derrota contundente: pero se temían que no fuese
cierta, porque sabían que no era un loco. En
cuanto a los hombres de Jaybar, su confianza era
tal que se negaban a creerlo. Ni siquiera se
molestaron en pedir ayuda a sus aliados hasta que
llegaron noticias fidedignas de Medina que decían
que Muhámmad estaba a punto de ponerse en marcha.
Sólo entonces Kinanah, su jefe virtual, realizó
una rápida visita a Gatafan, ofreciéndole la
mitad de la cosecha de dátiles de aquel año si
les enviaban refuerzos. Aceptaron hacerlo y
prometieron una fuerza de cuatro mil hombres. Los
judíos de Jaybar tenían la costumbre de ponerse
sus armaduras todos los días y poner en fila a la
totalidad de sus combatientes, diez mil en total.
La ayuda de Gatafan aumentaría la cifra hasta
catorce mil, y según las noticias de Medina el ejército
invasor contaba con mil seiscientos hombres
solamente. Antes
de que el Profeta partiese acudió a él un hombre
de Aws, llamado Abu Abs, con un problema. Poseía
un camello para montar, pero sus ropas estaban
hechas andrajos, no tenía medios para procurarse
provisiones que llevar durante la marcha, ni
tampoco nada que dejar para el mantenimiento de su
familia, y mucho menos para comprarse una nueva túnica.
No era él el único que se encontraba en esta
situación, aun siendo un caso extremo. Los gastos
ocasionados por la Peregrinación habían sido
excesivos, y todo lo que hasta entonces se había
ganado mediante botín resultaba escaso frente al
creciente número de conversos desheredados que
llegaban a Medina de todas direcciones. El Profeta
le dio a Abu Abs un fino manto, todo lo que en
aquel momento podía conseguir, pero durante la
marcha, uno o dos días después, advirtió que
llevaba puesto un manto mucho más pobre, y le
preguntó: “¿Dónde
está el manto que te di?” “Lo vendí por ocho
dirhems”, dijo Abu Abs. “Luego
compré dos dirhems de dátiles como provisión
para mí, dejé dos dirhems para que mi familia
viva de ellos, y con los otros cuatro compré un
manto”.
El Profeta se rió y dijo: “¡Padre
de Abs! tú y tus compañeros sois verdaderamente
pobres. ¡Pero por Aquél en cuyas manos está mi
alma!, si os mantenéis incólumes y vivís
siquiera un poco mas, tendréis abundancia de
provisiones y dejaréis abundantemente para
vuestras familias. ¡Tendréis cantidad de dirhems
y de esclavos, y esto no será bueno para
vosotros!” (W. 636). En
un punto de la marcha, entre dos lugares de
acampada, el Profeta detuvo su ejército y llamó
a un hombre de Aslam, conocido como Ibn al-Akwa,
que poseía una hermosa voz. “Desmonta”,
dijo, “y
cántanos uno de tus cantos de camellero”.
Los beduinos cantaban a sus camellos cuando iban
de un sitio para otro. Cantaban poemas con viejas
melodías, monótonas, obsesivas y lastimeras, y
con las cadencias melancólicamente serenas de una
de éstas, Ibn al-Akwa cantó entonces unas
palabras que el Profeta les había enseñado
mientras cavaban el foso: “Dios, si no es por Ti nunca habríamos
sido guiados, jamás habríamos dado limosna, ni hecho Tu plegaria”. Así
comenzaba, y cuando hubo terminado le dijo el
Profeta: “Dios tenga misericordia de ti”, ante lo cual protestó Omar:
“Lo habéis
hecho inevitable, Enviado de Dios. ¡Podías
habernos dejado disfrutar de él más tiempo!”,
queriendo decir, como sabían todos, que el
Profeta acababa de predecir su próximo martirio
porque por experiencia conocían que cuando
invocaba la Misericordia de Dios sobre alguien, a
esa persona, probablemente, le quedaba poco tiempo
de vida. Al
cabo de dos días y medio se encontraban a una
sola tarde de marcha de su meta. Era entonces
importante tomar una posición que les
interpusiera como barrera entre Jaybar y sus
aliados de Gatafan. Con este objetivo a la vista,
el Profeta pidió un guía, y durante la noche
llegaron a un espacio abierto delante de las
murallas. Era muy oscuro, porque la joven luna
creciente ya se había puesto, y su aproximación
fue tan silenciosa que nadie se agitó en la
ciudad y ningún ave o animal doméstico dio la
alerta. Tan sólo al amanecer se rompió el
silencio. La llamada a la plegaria se hizo muy
bajo aquella madrugada en el campamento de los
musulmanes, y efectuada la plegaria contemplaron
en silencio delante de ellos este “jardín
del Hiyaz” que la luz en aumento les fue
revelando gradualmente a medida que las fortalezas
comenzaron a surgir por encima de los ricos
palmares y campos de trigo. El sol salió, y
cuando los trabajadores del campo salieron con sus
palas, con sus azadones y sus espuertas se
quedaron pasmados al encontrarse cara a cara con
un torvo y silencioso ejército. “¡Muhámmad y su hueste!”, gritaron, y se volvieron
despavoridos hacia sus bastiones. “¡Allahu
Akbar!”, dijo el Profeta, y añadió,
haciendo un jubiloso juego de palabras con las
letras del nombre: “¡Jaribat
Jaybar!” (¡Jaybar está aniquilado!).
Entonces selló solemnemente su derrota recitando
la aleya que habla del castigo de Dios: “Cuando
descienda delante de sus moradas, mala será la mañana
para quienes han sido amonestados” (XXXVII,
177). Pero en lugar de decir Descienda
dijo Descendamos. Los
judíos celebraron un apresurado consejo de
guerra, pero a pesar de las advertencias de uno de
sus jefes, decidieron confiar en sus almenas. No
había comparación posible, decían, entre las
fortalezas de Yathrib y sus propias ciudadelas,
que se erguían como montañas. Esta decisión de
luchar en grupos separados estuvo en gran medida
basada en su principal debilidad, que era su falta
de unidad. Lo que la Revelación le había dicho
al Profeta acerca de los judíos de Yathrib era
igualmente cierto de los jaybaríes: “La
disensión está extendida entre ellos. Te parece
que forman una unidad, pero sus corazones están
divididos” (LIX, 14). Para ellos era una
desgracia encontrarse ahora repentinamente
enfrentados con un ejército que, aunque poco
numeroso, estaba penetrado por una disciplina implícita
en la aleya: “Ciertamente
Dios ama a los que luchan por su causa, en filas,
como si fueran un bloque compacto” (LXI,
4), un ejército de hombres cuyas almas se
deleitan en la promesa de las palabras: “¡Cuántas
veces una pequeña, tropa ha vencido a una
multitud con el permiso de Dios! Y Dios está con
los constantes” (II, 249). El
primer día que el Profeta atacó la fortaleza más
próxima, las guarniciones de las otras no
salieron en bloque para combatir a los sitiadores
sino que se quedaron detrás de sus propias
murallas y se ocuparon en reforzar las
fortificaciones. Esta táctica redujo la
disparidad de los números, pero puso a prueba la
paciencia de los musulmanes con una campaña larga
sobre territorio extraño y muchas batallas en
lugar de una. Los hombres de Jaybar se encontraban
entre los más expertos tiradores de Arabia. Nunca
antes los musulmanes habían tenido que
ejercitarse de tal manera en el uso de sus
adargas, y al comienzo de la campaña las mujeres
del campamento estuvieron continuamente ocupadas
tratando heridas de flecha. De las mujeres del
Profeta, la suerte había recaído por segunda vez
seguida sobre Umm Salamah, y entre las otras
mujeres que acompañaban al ejército para cuidar
a los heridos y mantener el suministro de agua
detrás de las líneas, estaban la tía del
Profeta Safiyyah, Umm Ayman, Nusaybah y Umm Sulaym,
la madre de Anas. Durante
varios días no se consiguió nada, pero en la
sexta noche, cuando Omar estaba al mando de la
vigilancia, se capturó a un espía en el
campamento, y a cambio de su vida les facilitó
valiosas informaciones sobre las distintas
fortalezas, diciéndoles cuáles podían tomar con
más facilidad y sugiriéndoles que debían
comenzar por una que no se encontraba bien
defendida y que en sus espaciosos sótanos tenía
cierta cantidad de armas almacenadas que incluían
algunos ingenios de guerra que habían sido
empleados en el pasado contra otras fortalezas,
porque al igual que Yathrib, Jaybar había
padecido a menudo las discordias civiles. Al día
siguiente se conquistó la fortaleza y sacaron los
ingenios para usarlos en otros asaltos: una
balista para arrojar rocas y dos testudos para que
los hombres se arrimaran a las murallas bajo un
techado inexpugnable y pudieran abrir una brecha
de entrada. En parte gracias a estos artefactos,
las fortalezas más fáciles cayeron una tras
otra. La primera resistencia fuerte que
encontraron fue en un baluarte llamado Naim. Aquí
la guarnición salió en gran número, y ese día
todos los ataques hechos por los musulmanes fueron
rechazados. “Mañana”,
dijo el Profeta, “le
daré el estandarte a un hombre a quien Dios y Su
Enviado aman. Dios nos dará la victoria por sus
manos; él no es de los que vuelven la espada para
huir.” En
las campañas anteriores el Profeta había usado
banderas relativamente pequeñas como estandartes.
Pero a Jaybar había traído un gran estandarte
negro hecho de un manto de Aishah. Lo llamaban “el
Águila”, y ahora se lo dio a Ali. Luego
pidió por él y sus otros Compañeros, para que
Dios les diese la victoria. Después de otro día
de feroz lucha, en la que Zubayr y Abu Duyanah, el
de rojo turbante, desempeñaron un papel eminente,
Ali condujo a sus hombres en una embestida final
que forzó a la guarnición a retroceder hasta el
fondo de la fortaleza, dejando a los musulmanes el
control de las puertas. La fortaleza se rindió,
pero no sin que antes muchos de sus hombres
escapasen a otros bastiones a través de una
salida trasera. “¿Dónde están los Bani Gatafan?”,
era una pregunta que todo el mundo se hacía en
Jaybar, pero que no tenía respuesta. De hecho se
habían puesto en camino con un ejército de
cuatro mil hombres, según lo prometido. Pero
después de un día de marcha habían oído
durante la noche una extraña voz —no sabían si
procedía de la tierra o del cielo— y la voz había
exclamado tres veces sucesivas: “¡Vuestro
pueblo! ¡Vuestro pueblo! ¡Vuestro pueblo!”,
ante lo cual los hombres imaginaron que sus
familias estaban en peligro y regresaron rápidamente
por donde habían venido, sólo para encontrar que
todo estaba en orden. Pero después de haber
regresado, se mostraron poco dispuestos a salir
por segunda vez, en parte porque muchos de ellos
estaban convencidos de que llegarían demasiado
tarde para participar en la derrota del enemigo. La
más inexpugnable de las fortalezas de Jaybar era
conocida como la Ciudadela de Zubayr. Coronaba una
elevada masa de roca con un empinado acceso a las
puertas y precipicios cortados a pico por todos
los lados restantes. La mayoría de los
combatientes que habían escapado de las otras
fortalezas se habían unido a la guarnición de la
ciudadela, que se mantenía firme detrás de los
muros. El Profeta los asedió durante tres días,
y entonces acudió a él un judío de otra
fortaleza y le dijo que disponían de un recurso
oculto que les permitiría aguantar casi de forma
indefinida. Se ofreció a contarle el secreto, con
la condición de que su vida, sus propiedades y su
familia estarían a salvo. El Profeta aceptó, y
el hombre le mostró dónde podía cavar para
represar un riachuelo subterráneo que discurría
por debajo de las rocas de la ciudadela. Mediante
una serie de peldaños accedían a él desde el
interior, y como la corriente nunca estaba seca no
tenían agua almacenada. Así pues, cuando les
cortaron el suministro pronto se vieron forzados
por la sed a salir y luchar, y después de una
violenta batalla fueron derrotados. La
última de las fortalezas que ofreció alguna
resistencia fue Qamus. Pertenecía a la famila de
Kinanah, uno de los clanes más ricos y poderosos
de los Bani Nadir. Algunos de ellos llevaban mucho
tiempo viviendo en Jaybar, mientras que otros
miembros de la familia, entre los que se
encontraba el mismo Kinanah, hacía poco que se
habían establecido allí después de haber sido
exiliados de Yathrib. Eran ellos especialmente
quienes habían contado con la ayuda de Gatafan, y
el incumplimiento de su promesa les había
producido una decepción acobardante. Su
desmoralización había aumentado aún más a
causa de las malas noticias traídas por todos los
fugitivos que se estaban congregando en Qamus. Sin
embargo resistieron durante catorce días; luego
Kinanah envió un mensaje diciendo que deseaba
llegar a un acuerdo con el Profeta, el cual estaba
dispuesto a negociar. Descendió, pues, el
caudillo de la fortaleza con otros de su familia,
y se acordó que ninguno de la guarnición sería
ajusticiado o hecho prisionero ni ellos ni sus
familias a
condición de que abandonasen Jaybar y que todas
sus posesiones se convirtieran en propiedad de los
vencedores. El Profeta entonces añadió una cláusula
más, a saber, que su obligación de perdonarles
las vidas y dejarlos ir en libertad no tendría
efecto con respecto a quien intentase ocultar algo
de sus pertenencias. Kinanah y los otros se
mostraron de acuerdo y el Profeta llamó a Abu
Bakr, Omar, Ali y Zubayr y a diez judíos para que
fuesen testigos del acuerdo. Pero
pronto resultó evidente, tanto para los judíos
como para los musulmanes, que estaba siendo
escondida mucha riqueza. ¿Dónde estaba el famoso
tesoro de los Bani Nadir que se habían traído
con ellos de Medina, y que tan ostentosamente habían
lucido en su procesión por sus calles? El Profeta
interrogó a Kinanah acerca de ello, y él
respondió que desde su llegada a Jaybar todo el
tesoro había sido vendido para pagar más armas,
armaduras y fortificaciones. Los judíos sabían
que estaba mintiendo, y sintieron todos una gran
aprensión porque muchos de ellos creían entonces
que se encontraban en presencia de un Profeta.
Sostenían que no tenían ninguna necesidad de
seguirle, porque no les había sido enviado a
ellos, pero sería claramente inútil intentar
engañarlo. Uno de ellos, que tenia presente el
bien de Kinanah, se aproximó a él y le pidió
que no ocultase nada, porque si lo hacía el
Profeta sin duda sería informado de ello. Kinanah
lo reprendió airadamente, pero en menos de un día
el tesoro había sido descubierto, y Kinanah fue
ajusticiado junto con un primo suyo, de quien se
descubrió que estaba enterado secretamente de la
ocultación. Sus familias fueron hechas cautivas. Después
de la caída de Qamus, las dos fortalezas
restantes se entregaron bajo las mismas
condiciones. Luego, los judíos de Jaybar
deliberaron entre si y enviaron una delegación a
Muhámmad sugiriendo que, puesto que eran personas
diestras en la gestión y trabajo de sus granjas y
huertos, debía permitirles permanecer en sus
hogares, y ellos le pagarían una renta anual de
la mitad de lo producido. El Profeta accedió a
esto, pero estipuló que si en el futuro decidía
desterrarlos, tendrían que irse. Se rumoreó
entonces que los musulmanes tenían la intención
de extender su campaña a Fadak, un pequeño pero
rico oasis al noreste; y cuando los judíos de
Fadak se enteraron de los términos que habían
sido impuestos a Jaybar, enviaron un mensaje
ofreciendo su rendición en las mismas
condiciones. Fadak se convirtió así en la
propiedad del Profeta, como sucedía con todas las
posesiones que no habían sido ganadas por la
fuerza de las armas. Cuando
se hubo alcanzado un acuerdo sobre todos los términos,
y cuando el ejército victorioso hubo descansado,
la viuda de Sallam ibn Mishkam asó un cordero y
envenenó todas sus partes con una ponzoña mortal
que concentró de forma especial en las
paletillas, porque investigando se había enterado
de que el Profeta prefería la paletilla de
cordero sobre las otras piezas. Luego se lo llevó
al campamento y lo colocó delante de él. El
Profeta se lo agradeció e invitó a los Compañeros
presentes a cenar con él. Sucedió
en esta ocasión que, sentado junto al Profeta,
estaba un jazrachí llamado Bishr, el hijo de
aquel Bara que había conducido a los musulmanes
de Yathrib al segundo Aqabah y que había sido el
primero en hacer la plegaria en dirección a la
Meca. Cuando el Profeta tomó un bocado de
cordero, Bishr hizo lo mismo y se lo tragó, pero
el Profeta escupió lo que tenía en la boca,
diciendo a los otros: “¡Apartad
vuestras manos!. Esta paletilla me ha revelado que
está envenenada”. Mandó por la mujer y
le preguntó si había emponzoñado la pieza.
“¿Quién os lo dijo?”, preguntó ella “La
paletilla misma”, respondió el Profeta. “¿Qué te ha movido a hacerlo?” “Bien sabéis”, dijo
ella, “lo
que habéis hecho a mi pueblo, y habéis matado a
mi padre, a mi tío y a mi marido. Así que me
dije: Si es un rey, me libraré de él, y si es un
Profeta estará informado del veneno” El
rostro de Bishr tenía ya un color pálido
ceniciento, y poco después murió. Pero el
Profeta, sin embargo, perdonó a la mujer. (B. LI,
28). No
era ella la única mujer que había perdido padre
y marido a manos de los musulmanes. Entre los
cautivos tomados por haber ocultado Kinanah el
tesoro estaba su viuda Safiyyah, la hija de aquel
Huyay que había persuadido a los Bani Qurayzah a
romper su tratado con el Profeta y que con ellos
había sido pasado por las armas después de la
batalla del Foso. Tenía ella diecisiete años y
se había casado con Kinanah tan sólo uno o dos
meses antes de que el Profeta hubiera partido de
Medina. El matrimonio, mientras duró, no había
sido feliz. A diferencia de su padre y su marido,
Safiyyah era de una naturaleza profundamente
piadosa. Desde su más tierna infancia había oído
a la gente hablar del Profeta que pronto iba a
aparecer, y esto había llenado su imaginación.
Luego habían hablado de un árabe de la Meca, un
hombre del Quraysh, que afirmaba ser el Profeta, y
más tarde llegaron noticias de que había ido a
Quba. Aquello había sido siete años antes,
cuando ella era una niña de diez, y recordaba
bien a su padre y a su tío partiendo para Quba a
fin de asegurarse de que el hombre era un
impostor. Pero lo que más se había grabado en su
recuerdo fue el regreso de ambos, ya entrada la
noche, en un estado de sumo abatimiento. Estaba
claro, por lo que dijeron, que creían que el recién
llegado era el Profeta prometido, pero que tenían
la intención de oponérsele, y su joven mente se
quedó confundida. (I.I.354-5). Poco
después de su matrimonio, y no mucho antes de que
el Profeta apareciera delante de Jaybar, había
tenido un sueño. Vio una brillante luna colgando
en el cielo, y supo que bajo ella yacía la ciudad
de Medina. Luego, la luna comenzó a desplazarse
hacia Jaybar, donde cayó en el regazo de ella.
Cuando se despertó le contó a Kinanah lo que había
visto en su sueño, ante lo cual él le dio un
golpe en la cara y dijo: “Esto
solamente puede significar que tú deseas al Rey
de Hiyaz, a Muhámmad”. La señal del
golpe aún era visible cuando fue llevada como
cautiva ante el Profeta. El le preguntó qué lo
había ocasionado, y ella le contó su sueño.
Ahora bien, Dihyah[i]
de los Bani Kalb, que había abrazado el Islam
poco después de Badr, había pedido que le diesen
a Safiyyah como su porción del botín de Jaybar,
o como una parte de su porción, y el Profeta había
aceptado. Pero al escuchar el sueño de Safiyyah
envió por Dihyah y le dijo entonces a Safiyyah
que estaba dispuesto a liberarla, y le ofreció la
elección de permanecer judía y volver con su
gente o abrazar el Islam y convertirse en su
esposa. “Elijo a Dios y a Su Enviado”, dijo ella, y se casaron en la
primera parada que se hizo en el camino de vuelta
a casa. La
campaña aún no estaba concluida, porque en lugar
de volver por el camino directo por donde habían
venido, el Profeta giró un poco hacia el oeste y
asedió a los judíos de Wadi al-Qura en sus
fortalezas. Habían estado coaligados con Jaybar,
y al cabo de tres días se sometieron en los
mismos términos. Ibn
al-Akwa, el aslamí que había cantado para ellos
en su marcha hacia el norte, había sido muerto en
Jaybar durante el ataque contra la ciudadela. Su
propia espada de algún modo se había vuelto
contra él y le había ocasionado una herida
mortal, y uno de los Ansar observó que no podía
contársele entre los mártires. “El
que diga eso miente”, dijo el Profeta. “Verdaderamente
ha atravesado los jardines del Paraíso tan
libremente como un nadador atraviesa el agua”
(W. 662). Otro interrogante sobre el martirio se
planteó en Wadi al-Qura, donde el esclavo negro
del Profeta, Karkarah, resultó muerto por una
flecha cuando desensillaba un camello. Pero el
Profeta respondió: “Ahora está ardiendo en la Gehena bajo un manto que robó en Jaybar y
que se ha convertido en un manto de llamas”
(I.I.765). Le
gustaba advertirles continuamente que el
privilegio de vivir con él en su comunidad
conllevaba una grave responsabilidad, porque Dios
era Justo y los juzgaría más severamente que a
quienes vivieron en épocas peores, en las que era
más difícil resistir el mal. El Profeta dijo: “Ciertamente
estáis en una época en la que quien omita una décima
parte de la ley se condenara. Pero vendrá un
tiempo en que quien cumpla una décima parte de la
ley se salvará” (Tir. XXXI, 79). [i]
Era un hombre de gran belleza, y el Profeta
dijo de él: “De todos los hombres que he
visto, el que más se parece a Gabriel es
Dihyah al-Kalbi” (I.S. IV, 184).
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