Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 68Después de Hudaybiyali |
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Sus
esperanzas se realizaron antes de lo esperado. A
pesar de su juventud, Abu Basir era un hombre
ingenioso y en la primera parada logró apoderarse
de la espada del emisario y darle muerte, en vista
de lo cual el liberto, de nombre Kauthar, huyó
precipitadamente de vuelta a Medina. Penetró en
la Mezquita sin oposición y se arrojó a los pies
del Profeta, que en aquel momento se encontraba
allí y que dijo al verlo aproximarse: “Este
hombre ha visto algo terrible”. Kauthar
relató con voz entrecortada que su compañero había
sido muerto, y que él mismo estaba casi muerto, y
poco después apareció Abu Basir con la espada
desenvainada en la mano. “¡Profeta
de Dios!”, dijo, “vuestra
obligación ha sido cumplida. Me devolvisteis a
ellos y Dios me ha liberado.” “¡Ay de su
madre!”[i],
dijo el Profeta. “Qué
buen agitador para la guerra, si tuviera otros
hombres con él”. Pero si el Quraysh enviaba más emisarios para exigir su regreso
se vería obligado a obedecer, como ya había
hecho en la primera ocasión. Semejante idea, sin
embargo, estaba lejos de pasársele por la mente a
Abu Basir, que sugirió entonces que las armas y
la armadura del hombre muerto debían ser
consideradas como botín junto con los camellos,
divididas en cinco partes y distribuidas según la
ley. “Si
hiciera eso”, dijo el Profeta; “sostendría
que no había cumplido los términos que juré
guardar”. Entonces se volvió hacia el
atemorizado sobreviviente de los dos mequíes. “El botín tomado de tu compañero es cuenta tuya”, dijo. “Y
llévate a este hombre de vuelta con aquellos que
te enviaron”, añadió, señalando a Abu
Basir. Kauthar se puso pálido: “jMuhámmad!”,
dijo, “aprecio
mi vida. Mi fuerza no es bastante para él, y no
tengo las manos de dos hombres”. Los
musulmanes habían cumplido con su obligación,
pero el representante del Quraysh se había negado
a hacerse cargo del prisionero. Por consiguiente,
el Profeta se dirigió a Abu Basir y le dijo: “Ve
adonde quieras”. Se
puso en camino hacia las costas del Mar Rojo, con
las palabras “si tuviera otros hombres con él” aún en sus oídos. No fue
el único en tomar nota de esta velada autorización
e instrucción. Omar había estado atento a lo que
se había dicho y se las ingenió para hacer
llegar las palabras del Profeta a los musulmanes
de la Meca, junto con la información acerca del
paradero de Abu Basir, información que obtuvo de
hombres amigos de las tribus costeras que vinieron
a Medina. Ahora el hijo de Suhayl, Abu Yandal, ya
no se encontraba estrechamente custodiado por sus
protectores como lo había estado por su padre, y
de cualquier manera el tratado había supuesto un
relajamiento general de la vigilancia en la Meca
sobre los jóvenes prisioneros musulmanes, porque
Muhámmad había mostrado que si escapaban a
Medina él mantendría su palabra y los devolvería.
Abu Yandal se fue hacia donde se encontraba Abu
Basir, y otros jóvenes hicieron lo mismo,
incluido Walid, el hermano de Jalid. Abu Basir
estableció con ellos un campamento en un punto
estratégico sobre la ruta caravanera mequí hacia
Siria. Le reconocieron como su guía, y él los
dirigía en la plegaria y les aconsejaba en
asuntos relativos a los ritos y a otros aspectos
de la religión, porque muchos de ellos eran
conversos recientes; lo respetaban sobremanera y
le obedecían con gusto. El Quraysh se había
alegrado mucho por el restablecimiento de la
seguridad en su ruta favorita hacia el norte. Pero
no menos de setenta jóvenes se unieron al
campamento de Abu Basir, y se convirtieron en el
terror de las caravanas. Finalmente, después de
haber sufrido la pérdida de muchas vidas y muchas
mercancías, el Quraysh envió una misiva al
Profeta pidiéndole que acogiera a aquellos
bandoleros en su comunidad y prometiendo que no
exigirían su devolución a la Meca. El Profeta
escribió entonces a Abu Basir para decirle que
podía venir a Medina con sus compañeros. Pero
mientras tanto el joven jefe había caído
gravemente enfermo, y cuando llegó la carta la
muerte se cernía sobre él. La leyó y falleció
asiéndola entre sus manos. Sus compañeros
hicieron la plegaria sobre él, lo enterraron e
hicieron una mezquita en el lugar de su
enterramiento. Luego se fueron a unirse al Profeta
en Medina. (W.
624-9; B. LIV; I.I. 751-3). Cuando
llegaron a la extensión de lava, el camello de
Walid tropezó y lo arrojó al suelo, de forma que
se cortó el dedo con una piedra. Mientras se lo
vendaba, se dirigió a él en verso, diciendo: “Qué
eres sino un dedo del que mana sangre sin ninguna
otra herida en la vía de Dios.” Pero
el corte se ulceró y la herida resultó ser
mortal. Sin embargo, antes de morir pudo escribir
una carta a su hermano Jalid, apremiándole a
convertirse al Islam. Solamente
una mujer musulmana escapó de la Meca en aquel
tiempo y se refugió en Medina, y ella fue la
medio hermana de Uthman, Umm Kulthum, hija de su
misma madre Arwa y de Uqbah, al cual habían
matado en el camino de Badr. Pero se produjo
entonces una Revelación prohibiendo la devolución
de cualquier mujer creyente a los incrédulos, de
modo que cuando dos hermanos uterinos acudieron a
llevársela de vuelta, el Profeta se negó a
permitírselo, y el Quraysh aceptó su negativa
sin protestar. En el tratado no se había
mencionado para nada a las mujeres. Luego Zayd,
Zubayr y Abd al-Rahman ibn Awf pidieron su mano en
matrimonio, y el Profeta le aconsejó que se
casara con Zayd, lo cual hizo. En
el mes que siguió al tratado, Aishah y su padre
sufrieron una gran pérdida, que pronto habría de
ser seguida por un motivo de gran alegría. Umm
Ruman enfermó y murió. Fue enterrada en el Baqi,
y el Profeta hizo la plegaria sobre ella y
descendió a su tumba. Inevitablemente, las
noticias de la muerte llegaron a la Meca y a oídos
de su hijo, Abd al-Kaabah, y es posible que la
aflicción lo impulsase a realizar una acción que
sin duda alguna había estado meditando durante
algún tiempo. Sea como fuere, poco después de la
muerte de su madre se fue a Medina y abrazó el
Islam. Cuando juró fidelidad, el Profeta le cambió
el nombre por Abd al-Rahman. No
fue el único nuevo musulmán en aquella época; a
medida que pasaban las semanas y los meses, se hacía
más y más patente por qué el Corán había
declarado que la tregua era una clara victoria.
Los hombres de la Meca y Medina podían
verse en paz y conversar libremente juntos, y
durante los dos años siguientes la comunidad del
Islam se incrementó en más del doble. Poco
después del regreso de los peregrinos, había
sido revelado un versículo que regocijó a todos:
“Es
posible que Dios establezca amor entre vosotros y
aquéllos
con quienes estáis enemistados” (LX, 7). Estas
palabras parecían referirse en general a las
muchas conversiones que tuvieron lugar entonces.
Pero algunos también las tomaron como refiriéndose
en particular a una inesperada y estrecha relación
que había de establecerse entre el Profeta y uno
de los jefes del Quraysh. Unos
pocos meses antes de Hudaybiyah había llegado de
Abisinia la noticia de la muerte de Ubaydallah ibn
Yahsh, el primo y cuñado del Profeta. Había sido
cristiano antes de convertirse al Islam, y poco
después de su emigración a Abisinia había
vuelto al cristianismo. Esto había apenado mucho
a su esposa Umm Habibah, hija de Abu Sufyan, que
seguía siendo musulmana. Al cabo de cuatro meses
de la muerte de su marido, el Profeta envió un
mensaje al Negus, pidiéndole que actuase como
apoderado suyo y que ratificase un matrimonio
entre él y la viuda, si ella quería. A ella el
Profeta no le envió ningún mensaje directamente,
pero tuvo un sueño en el que alguien se le
acercaba y se dirigía a ella como “madre
de los creyentes”. Umm Habibah lo
interpretó como que se convertiría en esposa del
Profeta. Al día siguiente recibió el mensaje del
Negus confirmándole su sueño, ante lo cual eligió
a su pariente Jalid ibn Said[ii]
para darla en matrimonio, y él y el Negus
solemnizaron el pacto entre ellos en presencia de
Yafar y otros de los hermanos. Luego, el Negus dio
un banquete nupcial en su alcázar, y todos los
musulmanes fueron invitados. El
Profeta también había enviado un mensaje a Yafar,
comunicándole que le agradaría mucho que él y
su comunidad se fuesen a vivir a Medina. Yafar
inmediatamente se puso a hacer los preparativos
para el viaje, y el Negus les dio las
embarcaciones. Se decidió que Umm Habibah debía
viajar con ellos, y en Medina se comenzó a
trabajar para construirle una estancia junto a las
de las otras esposas. El
Negus no era el único príncipe reinante al que
el Profeta envió una carta en aquella época.
Cuando hendió la roca aparentemente
inquebrantable, tuvo la visión de los alcázares
del Yemen por la luz que de ella salió al darle
el primer golpe, mientras que por la luz que brilló
a causa de su tercer y último golpe vio el
palacio de Cosroes, en Madain. En cuanto a la
certeza que entonces recibió sobre la futura
expansión del imperio del Islam, existía una
conexión entre estas dos luces, ya que el Yemen
se encontraba entonces bajo el imperio de Persia,
y el Profeta se sintió impelido a escribir al
monarca persa, informándole de su misión profética
e invitándole al Islam. Posiblemente no abrigaba
muchas esperanzas sobre el éxito de su mensaje,
pero era necesario ofrecerle la posibilidad de
hacer la elección correcta antes de tomar
cualquier otra medida. Por
lo que se refiere a la segunda de las tres luces,
había revelado los castillos de Siria, y de ello
había recibido el Profeta la certeza de la difusión
del Islam en aquellas tierras y también en el
Occidente. Llegado el momento enviaría una carta
parecida a Heraclio, el emperador romano, y dictó
entonces otra carta semejante que envió al
Muqawqis de Alejandría, el gobernante de Egipto. Mientras
tanto, Cosroes se había enterado por otras
fuentes del creciente poder de un monarca árabe
de Yathrib que afirmaba ser un profeta. Envió,
pues, una orden a Badah, su virrey en el Yemen,
pidiéndole una información mayor y más
detallada sobre Muhámnad. Inmediatamente, Badah
mandó dos emisarios a Medina para que viesen por
sí mismos y le trajesen noticias. Siguiendo una
moda que prevalecía en la corte persa, se habían
afeitado la barba y llevaban largos mostachos. Su
aspecto le resultó aborrecible al Profeta. “¿Quién os ordenó hacer eso?”, exclamó. “Nuestro señor”, dijeron refiriéndose a Cosroes. “Mi
Señor”, dijo el Profeta, “me ha
ordenado dejarme crecer la barba y recortarme el
bigote.” Les mandó entonces que se marcharan y
que volviesen a verle al día siguiente. Aquella
noche Gabriel le comunicó que aquel mismo día
había tenido lugar una insurrección en Persia en
la que Cosroes había muerto y su hijo reinaba
ahora en su lugar. Así pues, cuando regresaron
los enviados les habló de esto y les ordenó que
informasen a su señor el virrey. Luego dijo: “Decidle
que mi religión y mi imperio sobrepasarán al
reino de Cosroes, y decidle también de mi parte:
Abraza el Islam, y te confirmaré en lo que
tienes, y te nombraré rey sobre tu pueblo del
Yemen.” Volvieron
a Saná, sin saber muy bien qué pensar, y le
comunicaron el mensaje a Badah, quien dijo: “Veremos
qué sucede. Si lo que ha dicho es verdad,
entonces es un Profeta enviado por Dios”.
Pero incluso antes de que tuviera tiempo de
enviar a un hombre a Persia para averiguar la
verdad del asunto llegó un mensajero de Siroes,
el nuevo Shah, anunciando lo que había sucedido y
exigiendo fidelidad. En lugar de responder, Badah
se convirtió al Islam y lo mismo hicieron sus dos
enviados y otros persas que se encontraban con él.
Envió entonces un mensaje a Medina, y el Profeta
confirmó su autoridad sobre el Yemen. Ese fue el
comienzo del cumplimiento de lo que había sido
revelado en el primer resplandor de luz del foso. La
carta del Profeta llegó a Madain después de la
muerte de Cosroes y, en consecuencia, fue
entregada a su sucesor, cuya única respuesta fue
romperla: “¡Señor,
arráncale su reino del mismo modo!”,
dijo el Profeta al enterarse de su acción. Durante
estas mismas semanas que siguieron al regreso de
los peregrinos se produjo un ataque contra la vida
del Profeta mediante un procedimiento que aún no
se había empleado contra él. En todas las
generaciones de los judíos en Arabia se podía
encontrar a uno o dos adeptos a la ciencia de la
magia, y uno de éstos estaba entre los judíos
que aún vivían en Medina. Se llamaba Labid y era
un experto brujo que también había instruido a
sus hijas en el sutil arte, por temor a que sus
conocimientos muriesen con él. Labid recibió
entonces una fuerte suma de dinero para arrojar
sobre el Profeta un hechizo lo más mortífero
posible. Para este propósito necesitaba algunos
cabellos suyos, lo cual él mismo o una de sus
hijas se lo procuró, posiblemente por medio de
alguien del todo ajeno a lo que tramaban. Hizo
once nudos en el pelo, y sus hijas soplaron
imprecaciones sobre cada uno. Luego lo ató a una
ramita de datilero macho que tenía la vaina
externa del polen, y lo arrojó en un profundo
pozo. El hechizo solamente podía deshacerse
desatando los nudos. El Profeta pronto fue consciente de que algo andaba seriamente mal. Por un lado, su memoria comenzó a fallarle, mientras que por otro comenzó a imaginar que había hecho cosas que en realidad no había hecho. También se sintió abrumado por la debilidad, y cuando le insistían para que comiera era incapaz de hacerlo. Pidió a Dios para que lo curase, y en su sueño fue consciente de dos personas, una sentada a su cabeza y la otra a sus pies. Escuchó cómo una de ellas informaba a la otra de la causa exacta de su enfermedad y del nombre del pozo (B. LIX, 10). Cuando se despertó recibió la visita de Gabriel y, confirmándole su sueño, le dio dos azoras del Corán, una de cinco y otra de seis aleyas. El Profeta envió a Ali al pozo, diciéndole que recitase sobre él las dos azoras. Con cada aleya se fue desatando a sí mismo cada nudo hasta que todos quedaron sueltos, y el Profeta recobró toda su fortaleza física y mental. [iii]. La
primera de las dos azoras es:
Di: “Me refugio en el Señor del alba contra el mal de aquello que Él ha
creado, y contra el mal de la oscuridad intensa
cuando llega la noche, y contra el mal de las mujeres que soplan
en los nudos, y contra el mal del envidioso cuando
envidia”. La
segunda es: Di: “Me refugio en el Señor de los hombres, el Rey de
los hombres, el Dios de los hombres, contra el mal
del murmurador furtivo que susurra en el pecho de
los hombres, de entre los yins, y los hombres”
(CXIV). [iv] Estas
azoras están
colocadas al final del todo en el Corán. Se las
denomina “las
dos tomas de refugio”, y se recitan
continuamente para conseguir protección contra
toda clase de mal. El
Profeta ordenó que se secase el pozo y que fuese
excavado otro cerca para reemplazarlo. Envió por
Labid, que confesó haberle puesto el hechizo a
causa de un soborno, pero no tomó ninguna medida
contra él.
[i]
Elipsis empleada a menudo con el sentido de: “este
hombre es tan extremista que su madre pronto
tendrá que llorar su muerte”. [ii]
Véase principio del capítulo 16, “Adoración”. [iii]
Baydawi, sobre Corán CXIII, 4. [iv]
Según algunas autoridades, estas dos azoras
que fueron recitadas en esta ocasión no
fueron reveladas por primera vez entonces,
sino que ya lo habían sido en la Meca antes
de la Hégira.
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