Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 65La mentira |
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Para
contar lo que sucedió con las propias palabras de
Aishah: “Fui a mi madre sin saber nada de lo que se estaba diciendo, y me
recuperé de mi enfermedad unos veinte días después.
Entonces una tarde salí con la madre de Mistah —su
madre era hermana de la madre de mi padre— y
mientras caminaba a mi lado se tropezó con su túnica
y exclamó: ‘¡Así se tropiece Mistah!’ ‘¡Por
Dios!’, repliqué, ‘¡es malo decir eso de un
hombre de los Emigrados que luchó en Badr!’
‘¡Hija de Abu Bakr!’, dijo ella, ‘¿es posible
que las noticias aún no te hayan llegado?’
‘¿Qué noticias?’, pregunté. Entonces me
contó lo que los calumniadores habían dicho, y cómo
la gente lo andaba repitiendo. ‘¿Es eso
posible?’, exclamé. ‘¡Por Dios, cierto que lo
es!’ fue su respuesta, y me volví a casa llorando,
y lloré sin parar hasta que pensé que mi llanto me
reventaría el hígado. ‘¡Dios te perdone!’, le
dije a mi madre. ‘La gente no para de hablar, y tú
no me dices ni una palabra de ello!’ ‘Hijita’,
me respondió, ‘no te lo tomes tan a pecho, porque
raro es que haya una mujer hermosa casada con un
hombre que la quiere sin que sus otras esposas
murmuren acerca de ella y otros repitan lo que ellas
dicen’. Me quedé, pues, despierta durante toda la
noche, llorando sin parar” (B. LII, 15). Pero
en realidad, a pesar de los celos que pudiera haber
habido entre unas y otras, las esposas del Profeta
eran todas mujeres piadosas, y ninguna de ellas tuvo
nada que ver con la propagación de la calumnia. Al
contrario, defendían a Aishah y hablaban bien de
ella. De aquéllos sobre quienes especialmente
había que echar la culpa, el más próximo a la casa
del Profeta era su prima Hamnah, hermana de Zaynab,
que repetía la calumnia pensando que así fomentaba
los intereses de su hermana, porque generalmente se
pensaba que, de no ser por Aishah,
Zaynab habría sido la esposa favorita del
Profeta, y Zaynab sufría mucho por el celo mal
entendido que su hermana le profesaba. Otro de los
calumniadores, además de Mistah, era el poeta Hassan
ibn Thabit, y en último término estaban Ibn Ubayy y
los otros hipócritas que habían iniciado todo. El
Profeta esperó claramente una Revelación, pero al no
producirse ninguna interrogó no sólo a sus esposas
sino también a otras personas allegadas. Usamah,
que tenía la misma edad que Aishah, habló
enérgicamente en su defensa:
“Todo esto es una mentira”, dijo, “No
sabemos de ella sino cosas buenas”.
Su madre, Umm Ayman, fue igual de enfática en
su elogio de ella. En cuanto a Ali, dijo: “Dios no te ha puesto restricciones, y hay muchas mujeres además de
ella. Pero pregúntale a su criada y ella te dirá la
verdad”. El Profeta envió, pues, por ella y
dijo: “¡Burayrah!
¿Has visto alguna vez algo en Aishah que pudiera
hacerte sospechar de ella?”, respondió: “Por
Aquél que os envió con la verdad, yo sólo sé el
bien de ella, y si fuera de otra manera Dios
informaría a Su Enviado. La única falta que puedo
encontrar en Aishah es que es una muchacha aún con
pocos años, y que cuando yo amaso pasta y le ordeno
que la vigile se queda dormida y viene su corderito y
se la come. Más de una vez la he reprendido por
esto”. La
siguiente vez que el Profeta fue a la Mezquita subió
al almimbar y después de alabar a Dios, dijo: “¡Gentes,
¿qué decís de hombres que agravian a mi familia
diciendo lo que no es cierto? Por Dios, yo no conozco
sino el bien de mi familia y el bien igualmente del
hombre sobre el que hablan, que nunca ha entrado en mi
casa sin estar yo con él!”. Apenas hubo
hablado cuando Usayd se levantó y dijo: “¡Enviado de Dios! Si son de Aws nosotros nos encargaremos de ellos,
y si son de nuestros hermanos del Jazrach danos
entonces tu orden, porque merecen que se les corte la
cabeza”.
Antes de que terminase, Saad ibn Ubadah ya
estaba de pie, porque Hassan era de Jazrach, como lo
eran los hombres que sutilmente habían tramado la
calumnia al principio. “¡Dios
nos asista! ¡Mientes!”, dijo, “No
los vas a matar, ni puedes hacerlo. No habrías
hablado así si hubieran sido de tu gente”. “¡Por
Dios, tú eres el mentiroso!”, replicó Usayd,
“Por cierto
que los mataremos, y tú eres un hipócrita que se
afana por defender a los hipócritas”. A esas
alturas las dos tribus estaban a punto de llegar a las
manos, pero el Profeta les señaló que desistieran, y
bajando del almimbar tranquilizó a unos y a otros y
los hizo marchar en paz. Si
Aishah se hubiera enterado de que el Profeta la había
defendido en público desde el almimbar sin duda se
habría consolado mucho. Pero entonces no supo nada
de ello. Ella sólo sabía que estaba interrogando a
otros sobre su caso, lo cual daba a entender que el
Profeta no sabía qué pensar, y esto la afligía
grandemente. No esperaba que él, por si mismo, mirase
en su alma, porque Aishah sabía que el conocimiento
que el Profeta tenía de las cosas ocultas le venía
del otro mundo. No buscaba leer los pensamientos de
los hombres; aun así, ella esperaba que supiese que
su devoción por él era tal como para hacer imposible
aquello de lo que la acusaban. De
cualquier manera, no era suficiente que él creyera en
la inocencia de Aishah y Safwan. La situación era
grave, y resultaba imperioso contar con la evidencia
que convenciera a toda la comunidad. Para este fin
Aishah misma había resultado ser la menos útil de
todos los implicados. Ya era hora de que rompiese el
silencio. No es que cualquier cosa que dijera fuese a
resultar suficiente para resolver la crisis, pero el
Corán había prometido que las cuestiones planteadas
durante el período de su revelación serían
respondidas. En el presente caso el Profeta no había
parado de hacer preguntas —las mismas preguntas
repetidas a diferentes personas—, aunque para que el
Cielo diese la respuesta prometida quizás era
necesario que la cuestión fuese planteada a la
persona más directamente comprometida. “Estaba con mis padres”, dijo Aishah, “y había
estado llorando durante dos noches y un día, y
mientras estaban sentados conmigo, una mujer de los
Ansar preguntó si se podía unir a nosotros; dije que
entrara, y lloró conmigo. Luego vino el Profeta y
tomó asiento. No se había sentado conmigo desde
que la gente comenzó a decir lo que decía de mí.
Había pasado un mes, y no había recibido noticias
del Cielo acerca de mí. Después de pronunciar la
testificación ‘No hay dios sino Dios’, dijo:
‘Aishah, me han contado tal y tal cosa referente a
ti. Si eres inocente, con toda seguridad Dios
declarará tu inocencia, y si has hecho algo malo,
pide entonces el perdón de Dios y arrepiéntete ante
Él, porque verdaderamente si el siervo confiesa su
pecado y luego se arrepiente Dios se apiada de él’.
Tan pronto como hubo terminado de hablar mis lágrimas
cesaron y le dije a mi padre: ‘Responde al Enviado
de Dios por mí’, y él dijo: ‘No sé qué
decir’. Cuando se lo pedí a mi madre contestó lo
mismo. Yo apenas era una muchacha de corta edad, y no
era mucho lo que podía recitar del Corán. Dije,
pues: ‘Bien sé que te has enterado de lo que los
hombres dicen, y eso se ha asentado en tu alma, y lo
has creído, y si te digo que soy inocente —y Dios
sabe que lo soy— no me creerás, mientras que si
confieso aquello de cuya culpa Dios sabe que estoy
libre, me creerías’. Entonces traté de acordarme
del nombre de Jacob, pero no pude conseguirlo y dije:
‘Pero diré como dijo el padre de José: Tengo que
tener digna paciencia. ¡Dios es Aquél cuya ayuda yo
imploro contra lo que vosotros contáis!’." (XII,
18). Entonces
me volví hacia mi lecho y me eché, esperando que
Dios me declarara inocente. No es que pensase que
enviaría una Revelación por mi causa, porque me
parecía que yo era demasiado insignificante como para
que se hablase de mí caso en el Corán. Pero esperaba
que el Profeta vería en su sueño una visión que me
exculpase. “Permaneció sentado en nuestra compañía y todos nosotros estábamos
aún presentes cuando le vino una Revelación: de él
se apoderaron los dolores que en tales
ocasiones le
sobrevenían, y le gotearon como perlas de sudor,
aunque era un día frío. Luego, cuando se vio
liberado de esta presión, dijo con una voz que
vibraba de alegría: ‘¡Aishah, alaba a Dios, porque te ha declarado inocente!’. Entonces mi
madre dijo: ‘Levántate y ve al Enviado de Dios’,
y yo repliqué: ‘¡No por Dios, no me levantaré ni
iré al Enviado de Dios, y sólo a Dios
alabaré!’.” (H. LII, 15). Las
palabras de exculpación eran: “Ciertamente
quienes han inventado la calumnia son un grupo de
vosotros... Cuando recibisteis en vuestras lenguas y
hablaron vuestras bocas aquéllo que desconocíais, lo
considerasteis como algo trivial, mientras que para
Dios es una enormidad. ¿Por qué no dijisteis al
oírlo: ‘No está bien que hablemos de eso. ¡Gloria
a Ti! Es una monstruosa calumnia?’. Dios os exhorta
a que jamás volváis a hacer algo semejante si sois
creyentes” (XXIV, 11, 15-17). La
nueva Revelación también trataba sobre todo la
cuestión del adulterio, y a la vez que prescribía
la pena, prescribía también, como pena por difamar a
mujeres honorables, el azotamiento de los
calumniadores. Esta sentencia se cumplió en Mistah,
Hassan y Hamnah, que habían sido los más explícitos
en la difusión de la calumnia y que confesaron su
culpa. Los hipócritas habían sido más insidiosos,
aunque de forma implícita, y no confesaron haber
tenido nada que ver, por lo que el Profeta prefirió
no seguir con el asunto, sino dejarlo en manos de
Dios. Abu
Bakr había tenido la costumbre de dar a su pariente
Mistah una asignación en dinero debido a su pobreza,
pero ahora dijo: “Nunca
más, por Dios, le daré a Mistah, y nunca volveré a
mostrarle mi favor, después de lo que ha dicho contra
Aishah y después de la aflicción que nos ha
traído”. Pero se produjo entonces la
Revelación: “Quienes
de vosotros disfruten de gracia y abundancia, que no
juren que no darán a los parientes cercanos, a los
necesitados y a los que han emigrado por Dios. Que
perdonen y sean indulgentes. ¿Acaso no deseáis que
Dios os perdone? Y Dios es Indulgente y
Misericordioso” (XXIV, 22). Entonces
Abu Bakr dijo: “Ciertamente
anhelo el perdón de Dios para mi , y volvió a Mistah
y le dio lo que había venido dándole y dijo:
‘¡Juro que nunca se lo retiraré!’.
También el Profeta, después de pasado algún tiempo,
mostró gran generosidad con Hassan, y casó a Hamnah,
la viuda de Musab, con Talhah, del cual tuvo dos
hijos. [1]
Consultar el final del capítulo 48, “Las gentes
del blanco”. [1] La sentencia de Saad estaba sin duda dirigida principalmente contra su perfidia, pero de hecho coincidía exactamente con la ley judía relativa al trato a una ciudad asediada, incluso si era inocente del cargo de traición: “Y cuando Yavé, tu Dios, la pusiera en tus manos, pasarás a todos los varones al filo de la espada, pero las mujeres, los niños y los ganados y cuanto haya en la ciudad, todo su botín, lo tomarás para ti” Deuteronomio, XX, 12. |
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