Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 63Los hipócritas |
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El ejército
permaneció allí acampado durante unos cuantos días, pero
su estancia fue interrumpida por un incidente fatal. En uno
de los pozos se originó una disputa entre dos miembros de
dos tribus de la costa, las de Gifar y Yuhaynah, sobre cuál
era el cubo de cada uno, y terminaron peleándose. El
gifarí, que había sido contratado por Omar para conducir
su caballo, gritó pidiendo ayuda —“¡Quraysh!”—
mientras que el yuhayní llamó a sus aliados tradicionales
del Jazrach, y los más exaltados de entre los Emigrados y
los Ansar corrieron hacia el lugar de los hechos. Se
desenvainaron espadas y la sangre pudo haber corrido de no
haber intervenido alguno de los Compañeros más íntimos
para calmar a ambos bandos. Normalmente éste habría sido
el final del asunto. Pero dio la casualidad de que en esta
expedición había tomado parte un número de hipócritas
mayor de lo normal. La expedición se realizaba en un
territorio bien regado y que les era familiar, y desde el
principio se había abrigado la esperanza de una victoria
fácil y de un botín digno del esfuerzo. Ellos no estaban,
sin embargo, dispuestos a cambiar su punto de vista sino que
todavía seguían considerando las expediciones que
partían de Yathrib como correrías del Jazrach y Aws
realizadas con el concurso de auxiliares. El campamento
pertenecía por lo tanto a los hijos de Qaylah; los
refugiados qurayshíes estaban allí, como en otras partes,
simplemente por tolerancia. En este estado de ánimo estaba
Ibn Ubayy sentado aparte con un grupo de sus más allegados
cuando llegó a sus oídos el griterío de la pelea, y uno
de ellos acudió a ver qué pasaba. Regresó para informar,
con toda veracidad, que el hombre de Omar tenía toda la
culpa y que era él quien había dado el primer golpe. Esto
sirvió para reavivar los rescoldos del rencor que se
mantenía latente desde la experiencia del foso. Durante los
últimos cinco años la tensión había ido creciendo
gradualmente hasta que la presencia de Muhámmad y los otros
Emigrados había puesto a todo Arabia en contra de ellos.
Además de esto, las ricas y hospitalarias tribus judías
que habían desempeñado un papel tan importante en la
comunidad habían sido eliminadas —dos de ellas
desterradas y la tercera masacrada—. Las guerras civiles
del oasis habían exigido una solución, ciertamente, pero
Ibn Ubayy estaba convencido de que si él hubiese sido
designado rey habría sabido terminar con la discordia sin
implicar a su gente en hostilidades más peligrosas. “¡Y
ahora estos refugiados empobrecidos habían tenido la
desfachatez de obstaculizar el paso de sus benefactores al
pozo! ¿Tan lejos habían llegado?”, dijo Ibn Ubayy.
“Pretenden tener la precedencia sobre nosotros, nos
excluyen de nuestro país, y nada se ajusta mejor a nosotros
y a estos granujas del Quraysh que el viejo dicho:
‘engorda a tu perro y se alimentará de ti’.
¡Por Dios!, cuando volvamos a Medina el más elevado y el
más poderoso de nosotros expulsará al más bajo y al más
débil”. Un muchacho del Jazrach, llamado Zayd, que
estaba sentado al borde del circulo, se fue derecho al
Profeta y le contó lo que Ibn Ubayy había dicho. El
Profeta empalideció, y Omar, que se encontraba con él,
sugirió que debía mandar inmediatamente decapitar al
traidor, pero le respondió Muhámmad: “¿Y
qué pasará, Omar, si los hombres dicen que Muhmmad asesina
a sus compañeros?” Mientras tanto, uno de los
Ansar había ido a ver a Ibn Ubayy para preguntarle si de
hecho había dicho lo que el muchacho les había contado;
Ibn Ubayy acudió rápidamente junto al Profeta y juró no
haber dicho semejante cosa. Algunos jazrachies que se
encontraban presentes hablaron también en su defensa,
ansiosos de evitar problemas. El Profeta aparentó dar por
zanjado el incidente, pero una forma más segura de evitar
problemas era ocupar las mentes de los hombres en otras
cosas, y dio órdenes de levantar el campamento
inmediatamente. Nunca antes se
sabía que se hubiese puesto en marcha a esa hora; era poco
después del mediodía, y, con breves paradas a las horas de
las plegarias, prosiguieron la marcha bajo el calor de la
tarde; luego, durante toda la noche, y desde el alba hasta
que el calor del día siguiente se hizo inaguantable.
Cuando por fin se les dijo que montasen el campamento los
hombres estaban demasiado cansados para hacer nada salvo
dormir. Durante la marcha el Profeta confió a Saad ibn
Ubadah —que para los musulmanes había ido reemplazando
gradualmente a Ibn Ubayy como caudillo del Jazrach— que
creía que el joven Zayd había dicho la verdad. “Enviado
de Dios”, dijo Saad, “vos,
si lo deseáis, lo podéis expulsar, porque él es el más
bajo y el más débil y vos sois el más elevado y el más
poderoso”. Le pidió, sin embargo, que tratase con
gentileza a Ibn Ubayy. El Profeta no tenía intención de
volver a mencionar el incidente, pero poco después de su
conversación con Saad el asunto se le escapó de las manos,
porque sobre él descendió la Revelación y fue revelada sura llamada de “los
Hipócritas”, en la que uno de ellos es citado
—aunque sin ser nombrado— como habiendo dicho las mismas
palabras pronunciadas por Zayd. El Profeta, sin embargo, no
dio a conocer esta sura
hasta que hubieron regresado a Medina. De todas
formas cabalgó hacia donde Zayd estaba, se inclinó hacia
él, y tomándole del oído le dijo: “Muchacho,
tu oído escuchó bien, y Dios ha confirmado lo que
dijiste”. Mientras tanto
Abdallah, el hijo de Ibn Ubayy, se encontraba profundamente afligido porque se había enterado de que su
padre había dicho aquellas palabras. También le habían
contado que Omar había querido que el Profeta ajusticiase a
su padre y temía que pudiera aprobarse la sentencia y darse
la orden en cualquier momento. Fue, pues, al Profeta y le
dijo: “Enviado
de Dios, me dicen que estás dispuesto a ejecutar a Abdallah
ibn Ubayy. Si es necesario que lo hagas, entonces dame a
mi la orden y yo te traeré su cabeza. El Jazrach sabe
perfectamente que no hay entre ellos un hombre de mayor
piedad filial hacia su padre que yo, y temo que si le das la
orden a otro mi alma no soportaría ver al verdugo de mi
padre caminando entre los hombres, y lo mataría, y habiendo
así matado a un creyente por causa de un incrédulo
entraría yo en el fuego del infierno”. Pero el
Profeta dijo: “Por
cierto que no, más bien tratémosle con gentileza y demos
mucha importancia a su compañía mientras esté entre
nosotros” (I.I. 726-8).
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