Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 62Después del asedio |
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Cuando
portaban el féretro al cementerio, los que lo llevaban se
asombraron por lo ligero de la carga, ya que Saad era un
hombre pesado, pero cuando se lo mencionaron al Profeta les
dijo: “Vi a los Ángeles
transportándolo”. Colocaron el féretro al borde de
la fosa y dirigió la plegaria funeraria, con una multitud de
hombres y mujeres haciéndola detrás de él. Luego, cuando
depositaron el cuerpo en la tumba, el rostro del Profeta
empalideció de pronto, y dijo tres veces: Subhan Allah —“Gloria a Dios”— siendo ésta una afirmación
de la Absoluta Trascendencia de Dios, pronunciada a veces como
en esta ocasión, respecto de un limite que necesita ser
trascendido Todos los presentes lo repitieron y el cementerio
resonó con las glorificaciones. Después, al cabo de un
momento, pronunció las palabras de victoria, Allahu Akbar — “Dios es Grande”— y el cementerio volvió
a resonar al unírsele en la magnificación todos los
presentes. Posteriormente, cuando se le preguntó al Profeta
por qué había empalidecido, éste dijo: “La
tumba se cerraba sobre vuestro compañero, y él sintió una
contrición que, de poder eludirla cualquier hombre, Saad la
habría eludido. Luego Dios le concedió un alivio bendito.”
(W. 529). Fue
al alba de uno de los días que siguieron, estando el Profeta
en el aposento de Umm Salamah, cuando le anunció a ella: “Abu
Lubabah está perdonado” “¿Puedo
darle las buenas nuevas?”, preguntó ella. “Si lo deseas”, respondió el Profeta; salió, pues, ella a
la puerta de su aposento, que se abría a la Mezquita, no
lejos del pilar al que se había atado, y gritó:
“¡Oh Abu Lubabah, alégrate, porque Dios se ha apiadado de
ti!”. Los hombres que se encontraban en la Mezquita
se precipitaron sobre él para liberarlo, pero él se detuvo
diciendo: “No hasta
que el Enviado de Dios me libere con sus propias manos”.
Así pues cuando el Profeta pasó junto a él de camino a la
plegaria le desató las ligaduras. Después
de la plegaria Abu Lubabah se aproximó al Profeta y le dijo
que quería hacer una ofrenda en expiación por lo que había
hecho, y el Profeta aceptó de él un tercio de sus bienes,
porque la Revelación que lo había liberado había dicho: “Toma
limosnas de sus riquezas para purifcarlos” (IX, 103),
refiriéndose no sólo a Abu Lubabah sino también a otros
buenos hombres que habiendo incurrido en falta reconocían
su error. Unos
cinco meses después de la campaña del Foso, el Profeta se
enteró de que se aproximaba una rica caravana del Quraysh
procedente de Siria; Zayd fue enviado para interceptarla con
una tropa de ciento setenta hombres a caballo. Se apoderaron
de todas las mercancías, incluida gran cantidad de plata que
era propiedad de Safwan, y la mayoría de los hombres fueron
hechos prisioneros. Entre los pocos que se escaparon se
encontraba Abu al-As, el yerno del Profeta, y cuando se acercó
a Medina, cerca de la cual tenía que pasar para ir a la Meca,
sintió un fuerte deseo de ver a su esposa y a su hijita
Umamah. Aprovechando la oscuridad de la noche entró en la
ciudad con considerable riesgo y de un modo u otro logró
descubrir donde vivía Zaynab. Llamó a la puerta. Ella abrió
y lo dejó entrar. No faltaba mucho para el alba, y cuando
Bilal hizo la llamada para la plegaria Zaynab lo dejó en la
casa con Umamah y se marchó a la Mezquita para colocarse como
de costumbre con sus hermanas y madrastras en la primera fila
de las mujeres, detrás de las filas de los hombres. El
Profeta hizo la magnificación inicial que los hombres
repitieron después de él, y en el breve momento de
silencio que siguió Zaynab gritó con todas sus fuerzas: “Gentes
¡Doy protección a Abu al-As, el hijo de Rabi!”, y
comenzó ella también la plegaria con la magnificación. Cuando
el Profeta hubo pronunciado el saludo final de paz, se levantó,
se volvió hacia los reunidos y dijo: “¿Oísteis
lo que yo oí?” Un murmullo de afirmación recorrió
toda la Mezquita. “Por
Aquél en cuyas manos está mi alma
dijo, ‘yo no sabía nada de esto hasta que oí lo que
he oído’. El musulmán más humilde puede conceder protección,
protección que todos los demás musulmanes tendrán que
respetar”. Entonces fue hacia su hija y le dijo: “Recíbelo
con todos los honores, pero no le permitas acercarse a ti como
marido, porque legalmente ya no le perteneces”.
Zaynab le contó a su padre que Abu al-As estaba preocupado
por la pérdida de las mercancías que él mismo había
adquirido mediante trueque en Siria en nombre de varios
qurayshíes que le habían confiado sus bienes, porque él era
uno de los hombres más dignos de confianza en la Meca. El
Profeta envió, pues, un mensaje a aquéllos de la expedición
que se habían apoderado de las riquezas de Abu al-As: “Como sabéis, este hombre está emparentado con nosotros, y habéis
tomado sus bienes. Sí tuvieseis la bondad de devolvérselas,
me alegraría, pero en caso contrario, es un botín que Dios
os ha dado y tenéis por tanto un mayor derecho a ello”.
Dijeron que se lo restituirían, y tal fue así que
incluso le devolvieron viejos odres de agua, pequeñas
botellas
de cuero y trozos de madera. Le fue devuelto todo sin excepción,
y como había indicios de que tenía pensamientos de abrazar
el Islam, uno de los hombres le dijo: “¿Por
qué no te conviertes al Islam y te quedas con estos bienes,
porque son las riquezas de los idólatras?” Pero él
respondió: “Mal comienzo para mi Islam sería que traicionara la confianza que en
mí han depositado”.
Se llevó las mercancías a la Meca y se las entregó a
sus propietarios. Luego volvió a Medina y abrazó el Islam,
jurando fidelidad. Así pues, una vez más, Zaynab se encontró
reunida con su marido y fue grande la alegría en la familia
del Profeta y en toda la ciudad.
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