Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 6La necesidad de un Profeta |
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ABD
al-Muttalib no oraba a Hubal. Siempre oró
a Allah.
Pero el ídolo moabí había estado
durante generaciones en el interior de la
Casa de Dios y para el Quraysh se había
convertido en una especie de personificación
de la barakah,
es decir, la bendición, la influencia
espiritual, que impregnaba al mayor de
todos los Santuarios. Había por toda
Arabia otros santuarios menores y, de éstos,
Tos más importantes del Hiyaz eran los
templos de las "tres hijas de
Dios", como las llamaban algunos de
sus adoradores: Al-Lat, al-Uzzah y Manat.
Desde muy pequeño, al igual que el resto
de los árabes de Yathrib, Abd al-Muttalib
había sido educado en la adoración de
Manat, cuyo templo se encontraba en Qudayd,
junto al Mar Rojo, casi en línea recta al
oeste del oasis. Más importante para el
Quraysh era el santuario de al-Uzzah en el
valle de Najlah, a una jornada a camello
al sur de la Meca. Otra jornada de viaje
en la misma dirección llevaba al devoto a
Taif, una ciudad amurallada que se
levantaba en una exuberante meseta verde y
que estaba habitada por Thaqif, una rama
de la gran tribu árabe de Hawazin. Al-Lat
era la "dama de Taif", y su ídolo
se albergaba en un rico templo. Como
guardianes de éste, a los Thaqif les
gustaba considerarse el equivalente del
Quarysh, y entre los qurayshíes llegó a
ser normal hablar de "las dos
ciudades" al referirse a la Meca y
Taif. A
pesar del clima maravilloso y de la
fertilidad del "Jardín del Hiyaz",
como Taif era llamada, sus gentes no
estaban exentas de celos del árido valle
ubicado hacia el norte, ya que eran
plenamente conscientes de que, por mucho
que pudieran fomentar su templo, nunca
podría compararse éste con la Casa de
Dios. Tampoco es que desearan que fuese de
otra manera -ellos también descendían
de Ismael y tenían raíces en la Meca-;
pero sus sentimientos hacia ella eran
contradictorios. El Quraysh, por otra
parte,
no tenía envidia de nadie. Sabían
que vivían en el centro del mundo y que
en medio de ellos tenían un imán capaz
de atraer peregrinos desde los cuatro
puntos cardinales. Era asunto suyo el no
hacer nada que pudiera socavar las buenas
relaciones que se habían establecido
entre ellos y las tribus distantes. El
cargo de Abd al-Muttalib como anfitrión
de los peregrinos de la Kaabah le hizo
profundamente consciente de estas cosas.
Su función, intertribal, era compartida
en cierto modo por todo el Quraysh. Había
que hacer sentir a los peregrinos que
estaban en su casa, y el darles la
bienvenida significaba dar la bienvenida a
los dioses que adoraban y no dejar de
honrar
nunca a los ídolos que traían consigo.
La justificación y la autoridad para
aceptar a los ídolos y creer en su
eficacia era la de la tradición: sus
padres y sus abuelos y sus bisabuelos había
obrado así. Sin embargo, para Abd al-Muttalib,
Dios era la gran realidad, por lo cual,
sin duda, se hallaba más cerca de la
religión de Abraham que la mayoría de
sus contemporáneos del Quraysh y
Hawazin, de Juzaah y otras tribus árabes. Había
-y siempre había habido unos pocos que
conservaban la adoración abrahámica en
toda su pureza. Sólo ellos comprendían
que, lejos de ser algo tradicional, la
idolatría era una innovación, -un
peligro del que había que guardarse.
Solamente se necesitaba tener una visión
histórica un poco amplia para ver que
Hubal no era mejor que el becerro de oro
de los hijos de Israel. Estos "hunafa",1
como a sí mismos se llamaban, no
querían tener nada que ver con los ídolos,
cuya presencia en la Meca la consideraban
una profanación y una corrupción. Su
rechazo a comprometerse y su frecuente
forma de hablar sin pelos en la lengua les
relegó al margen de la sociedad mequí,
donde eran respetados, tolerados o
maltratados, en parte según sus
personalidades y, en parte, según sus
clanes estuvieran o no dispuestos a
protegerlos. Abd
al-Muttalib conoció a cuatro hunafa. Uno
de los más respetados de ellos, de nombre
Waraqah, era el hijo de su primo segundo
Nawfal,2 del clan de Asad.
Waraqah se había hecho cristiano, y entre
los cristianos de aquellos lugares existía
la creencia de que era inminente la
llegada de un Profeta. Esta creencia quizá
no estaba muy difundida, pero la mantenían
uno o dos venerables dignatarios de las
iglesias orientales y también los astrólogos
y los adivinos. En cuanto a los judíos,
para quienes semejante creencia era más fácil,
ya que para ellos la línea de profetas
solamente terminaba con el Mesías, se
mostraban casi unánimes en su expectativa
de un profeta. Sus rabinos y otros hombres
sabios les aseguraban que estaba a punto
de aparecer uno; ya se habían cumplido
muchas de las señales vaticinadas de su
advenimiento y sería, sin duda alguna, un
judío, porque ellos eran el pueblo
elegido. Los cristianos, entre ellos
Waraqah, tenían sus dudas sobre esto; no
encontraban la razón de que no pudiera
ser un árabe. Los árabes tenían incluso
mayor necesidad de un profeta que los judíos,
ya que éstos, al menos, seguían la
religión de Abraham -pues adoraban al
Dios Uno y no tenían ídolos- y, por
otra- parte, ¿quién sino un profeta podría
conseguir que los árabes se
desembarazaran de la adoración de los
dioses falsos? En un extenso círculo
alrededor de la Kaabah, a cierta distancia
de ella, había 360 ídolos y, además,
casi todas las casas de la Meca tenían su
dios, un ídolo grande o pequeño que era
el centro del hogar. Cuando un hombre
marchaba de casa, especialmente si salía
de viaje, lo último que hacía antes de
partir era ir ante el ídolo y pasarle la
mano para obtener bendiciones de él, y
eso mismo era lo primero que hacía al
regreso. Y la Meca no era excepción en
cuanto a estas cosas, porque estas prácticas
imperaban en toda Arabia. Ciertamente,
existían algunas comunidades cristianas
árabes bien arraigadas en el Sur, en
Nachran y en el Yemen, así como en el
norte cerca de la frontera con Siria; pero
la última intervención de Dios, que había
transformado el Mediterráneo y extensas
áreas de Europa, en casi seiscientos años
no había producido prácticamente ningún
impacto en la sociedad pagana que se
centraba en el santuario mequí. Los árabes
de Hiyaz y de la gran llanura de Nach al
oeste parecían impermeables al mensaje
del Evangelio. No
es que el Quraysh y las otras tribus
paganas fuesen hostiles al cristianismo.
Los cristianos, a veces, venían a honrar
el Santuario de Abraham y eran recibidos
como los otros creyentes. Además, a un
cristiano le habían permitido e incluso
lo habían animado a pintar una imagen de
la virgen María y del niño Jesús en un
muro interior de la Kaabah, donde
contrastaba marcadamente con las
restantes pinturas. Pero
el Quraysh era, por lo general, insensible
a este contraste: para ellos se trataba
simplemente de aumentar la multitud de ídolos
mediante otros dos; y era en parte su
tolerancia lo que los hacía tan
impenetrables. A
diferencia de la mayoría de los de su
tribu, Waraqah sabía leer y había
estudiado las escrituras y teología. En
consecuencia, era capaz de ver que en una
de las promesas de Cristo, generalmente
interpretada por los cristianos como
referente al milagro de Pentecostés, había
sin embargo ciertos elementos que no
cuadraban con ese milagro y que debían
tomarse como referentes a otra cosa, algo
que todavía no se había cumplido. Aun así,
el lenguaje era críptico: cuál era el
sentido de las palabras: Él
no hablará de sí mismo, sino que hablará
lo que oyera y os comunicará las cosas
venideras. (San Juan, 16:13). Waraqah
tenía una hermana llamada Qutaylah, con
la que guardaba una relación muy íntima.
A menudo le hablaba de estas cosas, y sus
palabras habían causado tanta impresión
en ella que con frecuencia le venían a la
mente pensamientos sobre el Profeta
esperado. ¿Sería posible que él ya
estuviera entre ellos? Una
vez que el sacrificio de los camellos hubo
sido aceptado, Abd al-Muttalib se decidió
a buscar una esposa para su hijo
indultado. Después de algunas
consideraciones, la elección recayó en
Aminah, la hija de Wahb, un nieto de
Zuhrah, el hermano de Qusayy. Wahb
había sido jefe de Zuhrah, pero había
muerto unos años antes y ahora Aminah
estaba bajo la tutela de su hermano Wuhayb,
sucesor de su padre como jefe de clan. El
mismo Wuhayb tenía también una hija
casadera, Halah. Abd al-Muttalib, después
de arreglar el matrimonio de su hijo con
Aminah, pidió que Haíah le fuese
concedida a él en matrimonio. Wuhayb
aceptó, y se hicieron todos los
preparativos para que la doble boda
tuviese lugar al mismo tiempo. El día señalado,
Abd al-Muttalib tomó a su hijo de la mano
y salieron juntos en dirección a las
casas de los Bani Zuhrah.3 Por
el camino tenían que pasar por las de los
Bani Asad, y sucedió entonces que
Qutaylah, la hermana de Waraqah, se
encontraba en la entrada de su casa, quizás
con la intención de observar lo que
pudiera verse, ya que todos en la Meca
estaban enterados de la gran boda que
estaba a punto de celebrarse. Abd al-Muttalib
tenía por aquel entonces más de setenta
años, pero para su edad se conservaba
todavía notablemente joven en todos los
aspectos: y era sin duda una visión
impresionante ver a los dos novios
aproximarse
lentamente con su gracia natural realzada
por la solemnidad de la ocasión. Cuando
se acercaron, los ojos de Qutaylah sólo
fueron para el hombre más joven.
Abdallah era, por belleza, el José de su
tiempo. Ni tan siquiera los más
ancianos Quraysh recordaban haber visto un
hombre semejante. Se encontraba ahora,
con sus veinticinco años, en la flor de
la juventud. Qutaylah quedó
impresionada sobre todo -como lo había
estado en otras ocasiones, pero nunca
tanto como ahora- por el resplandor que
iluminaba su rostro y que a ella le
parecía que brillaba desde más allá de
este mundo. ¿Sería que Abdallah era el
Profeta esperado? ¿O estaba destinado a
ser el padre del Profeta? Acababan
de pasar junto a ella y, vencida por un
impulso repentino, dijo: "¡Oh,
Abdallah!". Su padre lo soltó de la
mano, como indicándole que hablase a su
prima. Abdallah se volvió hacia ella, y
ella le preguntó a dónde iba. "Con
mi padre", dijo él escuetamente, no
sin reticencia, ya que estaba seguro de
que ella tenía que saber que se dirigía
a su boda. "Tómame aquí y ahora
como tu esposa", dijo ella, "y
tendrás tantos camellos como cuantos se
sacrificaron en tu lugar."
"Estoy con mi padre", respondió
él. "No puedo actuar contra sus
deseos, y no puedo dejarlo."
(1.1.100). Los
matrimonios tuvieron lugar según lo
establecido, y durante unos días las dos
parejas permanecieron en la casa de Wuhayb.
Durante ese tiempo, Abdallah fue a traer
alguna cosa de su casa y de nuevo se
encontró con Qutaylah, la hermana de
Waraqah. Los ojos de la joven escudriñaron
su cara con tal afán que él se detuvo
junto a ella, esperando que hablase. Como
permaneciera callada, le preguntó por qué
no le decía lo que le había dicho el día
anterior. Ella le respondió, diciendo:
"La luz que ayer estaba contigo te ha
abandonado. Hoy no podrías satisfacer la
necesidad que tenía de ti." (1.1.
101). El
año del matrimonio fue el 569 de la era
cristiana. El siguiente a éste, conocido
como el Año del Elefante, fue
trascendental por más de un motivo. |
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