Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 58Paz y guerra |
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Durante
los
meses que siguieron, poco después del
Año de 626, Fatimah dio a luz otro
hijo. Al Profeta le gustaba tanto el
nombre “al-Hasan” que entonces puso
al hermano menor el nombre de “al-Husayn”,
que significa “el pequeño Hasan”
o, lo que es lo mismo, “el
hermosito”. Por la misma época
más o menos su nueva esposa, Zaynab, “la
madre de los pobres” enfermó y
murió, menos de ocho meses después de
haberla desposado Muhámmad. El Profeta
dirigió la oración funeraria y la
enterró en el Baqi, no lejos de la
tumba de su hija Ruqayyah. Al mes
siguiente su primo Abu Salamah moría a
causa de una herida recibida en Uhud que
se había cerrado demasiado pronto y
luego se había vuelto a abrir. El
Profeta estuvo con él en sus momentos
finales y pidió por él mientras
exhalaba su último aliento, y fue el
Profeta quien le cerró los ojos cuando
hubo fallecido. Abu
Salamah y su esposa habían sido una
pareja sumamente fiel, y ella había
querido que ambos hicieran un pacto: si
uno de los dos moría, el otro no
volvería a casarse; pero él dijo que
si él moría primero, ella debía
casarse de nuevo, e hizo la siguiente
plegaria: “Dios conceda a Umm
Salamah después de mí un hombre que
sea mejor que yo, uno que no le cause
tristeza ni daño.” Cuatro meses
después de su fallecimiento, el Profeta
fue a verla y le pidió su mano en
matrimonio. Ella le respondió que
temía no ser buen partido para él, “yo
soy una mujer cuyos mejores años ya han
pasado”, dijo, “y soy la
madre de unos huérfanos. Además, soy
de naturaleza muy celosa, y vos, oh
Enviado de Dios, ya tenéis más de una
esposa.” El le respondió: “En
cuanto a la edad, la mía es mayor que
la vuestra. Por lo que se refiere a
vuestros celos, pedid a Dios para que os
los quite. Con respecto a vuestros hijos
huérfanos, Dios y Su Enviado cuidarán
de ellos”. Se celebró, pues, el
matrimonio, y Muhámmad la alojó en la
casa que había pertenecido a Zaynab. A
pesar de lo que había dicho sobre su
edad, Umm Salamah aún se encontraba en
su juventud: no tenía más de
veintinueve años. Solamente contaba con
dieciocho cuando había emigrado a
Abisinia con Abu Salamah. En cuanto a
sus celos, temía con razón que este
matrimonio la pondría a prueba, y no
era ella la única que albergaba temores
de esa naturaleza. Aishah había
aceptado a Hafsah sin dificultad, y
también a Zaynab; pero con esta nueva
esposa era diferente, en parte sin duda
porque ella misma era ya algo mayor, con
casi catorce años de edad. Había visto
a menudo a Umm Salamah, y ambas habían
hecho los preparativos para la boda de
Fatimah. Pero nunca la había
considerado como una posible rival. Sin
embargo, cuando todo el mundo en Medina
hablaba del nuevo matrimonio del Profeta
y de la gran belleza de la novia, Aishah
se encontraba preocupada e inquieta. “Me
encontraba en un estado de profunda
tristeza”, dijo más tarde, “por
lo que me habían contado de su belleza;
me hice, pues, simpática a ella para
poder observarla atentamente, y vi que
era mucho más hermosa de lo que habían
dicho. Se lo conté a Hafsah, y ella
observó: ‘No, no son sino tus celos;
ella no es como dicen’.”
Entonces ella también se hizo agradable
a Umm Salamah para poder juzgar por sus
propios ojos, y dijo después: “La
he observado, pero no es como tú
dijiste, ni mucho menos, aunque
ciertamente es bella”. “Entonces
fui de nuevo a verla, y era, por mi
vida, como Hafsah había dicho. Sin
embargo tenía celos” (I.S. VIII,
660). Se
acercaba el momento del segundo
encuentro en Badr, de acuerdo con el
desafío de despedida de Abu Sufyan
después de Uhud —un desafío que el
Profeta había aceptado—. Pero era un
año de sequía, y Abu Sufyan veía que
no iba a haber ni una brizna de hierba
para dar de comer a sus camellos y
caballos durante el camino. Todo el
forraje para la expedición habría que
llevarlo desde la Meca, y sus reservas
ya estaban mermadas. Pero le repugnaba
el deshonor de romper la cita que él
mismo había propuesto. Era de desear
que fuese Muhámmad el que la rompiese,
pero habían llegado informes de Yathrib
de que ya estaba haciendo preparativos
para partir. ¿Podría ser inducido a
cambiar de idea? Abu Sufyan fue a
consultar con Suhayl y uno o dos jefes
más del Quraysh, y elaboraron un plan.
Sucedió que en aquella época se
encontraba en la Meca un amigo de Suhayl,
llamado Nuaym, uno de los hombres
principales de los Bani Asya, un clan de
Gatafan. Les pareció que podían
confiar en él y, puesto que no era del
Quraysh, podía hacerse pasar por un
observador neutral y objetivo. Le
ofrecieron veinte camellos si lograba
convencer a los musulmanes para que
renunciasen a su proyecto de ir a Badr.
Nuaym se mostró conforme, y al punto se
encaminó hacia el oasis, donde pintó
un cuadro alarmante de las fuerzas que
Abu Sufyan estaba preparando para llevar
a Badr. Habló con los diferentes
sectores de la comunidad: Ansar,
Emigrados, judíos e hipócritas, y
quiso terminar su valoración del
peligro con un consejo apremiante: “Por
lo
tanto, quedaos aquí y no salgáis a
luchar contra ellos. ¡Por Dios, no creo
que ni uno solo de vosotros escaparía
con vida!”
Los judíos y los hipócritas se
alegraron por las noticias de los
preparativos mequíes para la guerra, y
ayudaron a difundir las nuevas por toda
la ciudad. Tampoco dejó Nuaym de
impresionar a los musulmanes, muchos de
los cuales se inclinaban a pensar que,
sin duda, sería imprudente salir hacia
Badr. Le llegaron al Profeta noticias de
esta actitud, y comenzó a temer que
nadie quisiese partir con él. Pero Abu
Bakr y Omar le insistieron para que de
ningún modo rompiese su pacto con el
Quraysh; “Dios prestará apoyo a Su
Religión”, dijeron, “y dará
fuerza a Su Enviado.” “Marcharé,”
dijo el Profeta, “aunque vaya
solo.” Estas
pocas palabras le costaron a Nuaym sus
camellos, haciendo vanos todos sus
esfuerzos justo cuando empezaba a pensar
que había tenido éxito. Pero a pesar
suyo quedó impresionado por el fracaso
completo de su misión: en Medina estaba
funcionando algún poder que estaba por
completo más allá de su influencia y
de su experiencia, y las semillas del
Islam quedaron sembradas en su corazón.
El Profeta se puso en marcha, como en un
principio había planeado, con mil
quinientos hombres a camello y diez a
caballo. Muchos de ellos llevaban
consigo mercancías, con el fin de
comerciar en la feria de Badr. Mientras
tanto, Abu Sufyan se había dirigido al
Quraysh en estos términos: “Salgamos
y pasemos una o dos noches en el camino
para luego regresar. Si Muhámmad no
acude tendrá noticias de que nosotros
partimos y luego volvimos porque él no
se presentó a la cita. Esto irá en su
contra y a nuestro favor.” Pero lo
que sucedió fue que el Profeta y sus
compañeros pasaron ocho días en la
feria de Badr, y los que allí acudieron
difundieron por todos lados la noticia
de que el Quraysh había roto su palabra
pero que Muhámmad y sus seguidores
habían mantenido la suya y habían
hecho acto de presencia para luchar
contra el Quraysh, como habían
prometido. Cuando llegaron a la Meca las
nuevas de la gran victoria moral de su
enemigo y de su propia derrota moral a
los ojos de toda Arabia, Safwan y otros
censuraron acremente a Abu Sufyan por
haber propuesto el segundo encuentro en
Badr. Pero esta humillación, sin
embargo, sirvió para que intensificaran
sus preparativos para la definitiva e
imperecedera venganza que planeaban
infligir al fundador y a los seguidores
de la nueva religión. Después
del regreso de Badr el Profeta disfrutó
de un mes pacífico en Medina, y luego,
a comienzos del quinto año islámico,
en junio de 626, llegaron noticias de
que algunos clanes de Gatafan preparaban
de nuevo una incursión contra el oasis.
El Profeta marchó inmediatamente hacia
la llanura de Nachd con cuatrocientos
hombres, pero el enemigo desapareció,
como había sucedido anteriormente
cuando estaban casi sobre ellos. Fue en
esta expedición cuando, en el momento
en que parecía más inminente el
encuentro, el Profeta recibió la
Revelación que le instruía acerca de
cómo realizar la “Plegaria del
Temor”, es decir, cómo un
ejército debe abreviar la plegaria
ritual y modificar sus movimientos en
los momentos de peligro, y cómo
algunos deben mantener la vigilancia
mientras otros hacen la plegaria
(Corán, IV, 101-2). Uno
de los Ansar presentes en aquella fuerza
era Yabir, el hijo de Abdallah. Años
después contaría un incidente que tuvo
lugar en uno de sus campamentos: “Estábamos
con el Profeta cuando un Compañero
trajo un pajarito que había cogido, y
uno de los padres del pájaro vino y se
arrojó a las manos de quien había
tomado a su pequeñuelo. Vi cómo las
caras de los hombres se llenaban de
asombro, y el Profeta dijo: ‘¿Os
asombráis de este pájaro? Habéis
cogido a su pequeño y se ha lanzado con
una ternura misericordiosa hacia él.
Sin embargo, juro por Dios que vuestro
Señor es más misericordioso con
vosotros que este pájaro con su
cría’ (W. 487). Y le dijo al hombre
que devolviese la cría al lugar donde
la había encontrado.” El
Profeta también dijo: “Dios tiene
cien misericordias, y ha enviado una de
ellas entre los yins y los hombres, el
ganado y las bestias de presa. Por ello
son amables y misericordiosos los unos
con los otros, y por ello la criatura
salvaje se inclina con ternura hacia su
descendencia. Y Dios se ha reservado
para Si noventa y nueve misericordias,
para con ellas mostrar misericordia a
Sus siervos el Día de la
Resurrección.” (M. XLIX, 4). Yabir
también relató cómo en el camino de
vuelta a Medina la mayoría de las
tropas iban por delante, mientras que el
Profeta y unos pocos más cabalgaban en
la retaguardia. Pero el camello de Yabir
estaba viejo y débil y no podía seguir
el paso de la fuerza principal, por lo
que pronto el Profeta le dio alcance y
le preguntó por qué iba tan retrasado:
“ ‘¡Oh Enviado de Dios!’ —
contesté— ‘este camello mío no
puede ir más rápido’. ‘Ponle de
rodillas’ —dijo el Profeta, que a su
vez arrodilló también a su propio
camello—. Entonces dijo: ‘Dame ese
palo’, lo cual hice. Lo cogió y le
dio uno o dos pinchazos con él. A
continuación me dijo que montase, y
proseguimos nuestro camino, y por Aquél
que envió al Profeta con la verdad, mi
camello dejó atrás al suyo”. “Por
el camino hablé con el Enviado de Dios,
y me dijo: ‘¿Quieres venderme tu
camello?’. Yo respondí: ‘Os lo
daré’. ‘No’, dijo él, ‘sino
véndemelo’. Yabir sabía, por el tono
de voz del Profeta, que tenía que
regatear. ‘Le pedí’, comenzó Yabir,
‘que me dijese un precio’, y él
respondió: ‘Lo tomaré por un dirhem’
‘No’,
fue mi respuesta, ‘porque
entonces me estarías dando demasiado
poco’ ‘Por dos dirhem’, dijo él.
‘No’, volví a negarme, y siguió
subiendo el precio hasta que llegó a
los cuarenta dirhem, es decir, una onza
de oro, cantidad que acepté. Entonces
dijo él: ‘¿Estás ya casado, Yabir?’,
y cuando le respondí que sí,
inquirió: ‘¿Con una mujer que ya
estuvo casada antes o con una virgen?’
‘Con una mujer que ya estuvo
casada’, respondí. ‘¿Y por qué no
con una doncella’, dijo él, ‘con la
que tú podrías jugar, y ella
contigo?’ ‘¡Oh Enviado de Dios’,
le contesté, ‘mi padre fue abatido en
la jornada de Uhud, y me dejó con siete
hermanas, por lo que me casé con una
mujer maternal que las agrupase en torno
suyo, les peinase el cabello y cuidase
de sus necesidades’. Estuvo de acuerdo
en que había
hecho una buena elección, y a
continuación dijo que cuando
llegásemos a Sirar, que estaba sólo a
unas tres millas de Medina,
sacrificaría camellos y pasaríamos el
día allí, y ella tendría noticias de
nuestro regreso a casa, de modo que
podría ponerse a sacudir el polvo de
los cojines. ‘No tenemos cojines’,
le dije al Profeta. ‘Vendrán’,
respondió él, ‘cuando regreses,
pues, haz lo que haya que hacer’. “La
mañana después de nuestra vuelta cogí
mi camello y lo arrodillé delante de la
puerta del Profeta. El Profeta salió y
me dijo que dejase el camello y me fuese
a hacer dos ‘raka’ en la Mezquita,
lo cual hice. Luego ordenó a Bilal que
me pesara una onza de oro, y me dio un
poco más de lo que marcaba la balanza.
La tomé y me volví para irme, pero el
Profeta me llamó nuevamente. ‘Coge tu
camello’, dijo, ‘es tuyo, y
guárdate el precio que se te ha pagado
por él’.”
(I.I. 664). Fue
en estos meses, entre una campaña y
otra, cuando Salman el Persa acudió al
Profeta para buscar su consejo y su
ayuda. Su amo, un judío de los Bani
Qurayzah, lo mantenía trabajando tan
duramente en su propiedad al sur de
Medina que nunca había podido tener un
contacto estrecho con la comunidad
musulmana. Ni siquiera se había
planteado el estar en Badr o Uhud o
tomar parte en cualquiera de las
incursiones menores que el Profeta
había conducido o enviado durante los
últimos cuatro años. ¿No existía
ninguna forma de escapar de su
situación presente? Le había
preguntado a su amo cuánto le costaría
comprar su libertad, pero el precio
excedía de sus posibilidades. Tendría
que pagar cuarenta onzas de oro y
plantar trescientas palmeras datileras.
El Profeta le dijo que escribiera un
contrato a su amo para pagar el oro y
plantar las palmeras; luego llamó a los
Compañeros para que ayudaran a Salman
con las palmeras, cosa que hicieron,
aportando un'o treinta retoños de
palmera, otro veinte, y así
sucesivamente, hasta que se reunió la
cantidad completa. “Ve y cava los
hoyos, Salman”, dijo el Profeta, “y
cuando lo hayas hecho, dímelo; mía
será la mano que introduzca en ellos
las palmeras.” Los Compañeros
ayudaron a Salman a preparar el suelo, y
el Profeta plantó cada uno de los
trescientos renuevos, lOS cuales
arraigaron y crecieron. En
cuanto al precio del rescate, al Profeta
le habían dado una pieza de oro del
tamaño de un huevo de gallina extraída
de una mina. Él se la dio a su vez a
Salman, diciéndole que con ello
comprase su libertad. “¿Hasta
dónde alcanzará esto de lo que tengo
que pagar?”, dijo Salman, pensando
que se había subestimado bastante el
precio. El Profeta le cogió el oro e
introduciéndolo en su boca le dio unas
vueltas con la lengua, luego se lo
devolvió a Salman y le dijo: “Tómalo
y paga con ello todo el precio.”
Salman pesó la pieza y arrojó un peso
de cuarenta onzas, convirtiéndose así
en un hombre libre. (I.I.141-2). Transcurrió
otro mes de paz en Medina, y luego, a la
cabeza de un millar de hombres, el
Profeta realizó una rápida marcha de
unas quinientas millas hacia el norte
hasta el límite de bumat al-Yandal, un
oasis en las márgenes de
Siria que se hallaba infestado de
merodeadores, la mayoría de ellos de
los Bani Kalb. Más de una vez habían
saqueado provisiones de aceite, harina y
otras mercancías que iban de camino a
Medina. Existían también razones para
suponer que habían establecido un
acuerdo con el Quraysh, lo que
significaba que rodearían a los
musulmanes por el norte cuando llegase
el día en que se desencadenara una
ofensiva general contra el Islam. El
Profeta y sus Compañeros tenían
continuamente presente ese día, y
aunque el resultado inmediato de la
expedición no fuese más que la
dispersión de los merodeadores y la
captura de sus rebaños que pacían en
los pastos meridionales del oasis,
tendría también el efecto deseado de
dejar impresa en las tribus del norte en
general la sensación de la presencia de
un poder nuevo y en rápido aumento en
Arabia. Los años de discordia habían
sido reemplazados por una fuerza
expansiva estrechamente unida que podía
golpear por todas partes con asombrosa
rapidez y que era tanto más de temer
cuanto que se sabía que el ataque era
su más seguro medio de defensa. Ésa
era la impresión exterior; pero para
quienes eran capaces de acercarse más
la fuerza era vista como aún mayor de
lo que parecía, porque estaba basada en
una unidad que en sí misma era un
milagro. La Revelación había dicho al
Profeta: “Aunque hubieras gastado
todo Cuanto hay en la tierra, no
habrías podido unir sus Corazones. Sin
embargo, Dios ha podido unirlos”
(VIII,
63). La presencia del Profeta era, con
todo, uno de los principales medios de
realizar esta unidad. Providencialmente,
la atracción de esa presencia había
sido hecha tan poderosa que ningún
hombre de buena voluntad podía
resistirla. “Ninguno de vosotros
tendrá fe hasta que yo le sea más
querido que su hijo y su padre y que
todos los hombres juntos.” (M. I,
16). Pero estas palabras del Profeta no
eran tanto una exigencia como una
confirmación de la exactitud de un amor
que ya había sido dado, un amor que tan
a menudo hallaba su expresión en las
palabras: “Que mi padre y mi madre
sean tu rescate.” Un
tiempo de paz no era un tiempo de
descanso para el Profeta. Proponía como
un ideal que un tercio de cada ciclo de
veinticuatro horas debía ser para el
servicio divino, otro tercio para el
trabajo y otro para la familia. Este
último incluía el empleado en dormir y
comer. En cuanto al servicio divino,
buena parte de él se hacía durante la
noche. Además de las plegarias de la
noche y del alba hacían plegarias
supererogatorias según el mismo modelo.
El Corán también imponía largas
recitaciones de sus propios versículos,
y el Profeta recomendaba diversas
letanías de arrepentimiento y alabanza.
El servicio divino nocturno de larga
duración se había establecido como
norma en las primeras Revelaciones, pero
la comunidad que había recibido éstas
había sido una comunidad de elegidos
espirituales. Medina también había
contado con su élite inicial de
creyentes. Pero la rápida difusión del
Islam, en pocos años había convertido
a los elegidos en una minoría. A ellos
se refería una Revelación, que tuvo
lugar en aquel tiempo, al mencionar a “un
grupo de los que están Contigo”. Dicho
versículo fue revelado con
el fin de disminuir el sentido de
obligación ligado a las largas
vigilias: “Ciertamente tu Señor
sabe que te mantienes en vigilia casi
dos tercios de la noche y algunas veces
la mitad o un tercio de ella, tú y un
grupo de los que están contigo. Dios
mide la noche y el día. Él sabe que no
podréis cumplir plenamente con ello, y
por eso os perdonará. ¡Recitad, pues,
lo que podáis del Corán!” (LXXIII,
20). Los
elegidos de los Compañeros continuaron
sin embargo haciendo plegarias durante
la noche, cuyo último tercio decía el
Profeta que era especialmente bendito: “Cada
noche, cuando todavía queda un tercio
por transcurrir, nuestro Señor
—bendito y exaltado sea— desciende
al cielo más bajo y dice: ‘¿Quién
me llama, para que Yo pueda responderle?
¿Quién me pide, para que Yo pueda
darle? ¿Quién pide perdón, para que
Yo pueda perdonarlo?’.” (B. XIX,
12). También fue revelado por esta
época, definiendo a los creyentes: “Abandonan
sus lechos para invocar a su Señor con
temor y dan de lo que les hemos
concedido. Ningún alma conoce la
bendición oculta que les está
reservada por lo que acostumbran a
hacer” (XXXII, 16-17). La
igual distribución de las horas del
ciclo diario entre las tres exigencias
de servicio divino, trabajo y familia
sólo podía ser aproximada. En cuanto a
la familia, el Profeta no disponía de
una habitación propia. Cada noche se
trasladaba a la estancia de la esposa a
la que le correspondía el turno de
brindarle un hogar durante las
veinticuatro horas siguientes. Durante
el día recibía frecuentes visitas de
sus hijas y de su tía Safiyyah o él
las visitaba. Fatimah traía a menudo a
sus dos hijos para que le vieran; Hasan
tenía ya casi un año y medio de edad,
y Husayn, de ocho meses, ya estaba
comenzando a andar. El Profeta también
amaba a su nietecilla Umamah, que casi
siempre acompañaba a su madre Zaynab.
En una o dos ocasiones la llevó consigo
a la Mezquita, subida sobre sus hombros,
y en esa posición la mantuvo mientras
recitaba los versículos del Corán,
bajándola antes de las inclinaciones y
prosternaciones, y devolviéndola a sus
hombros al recuperar la posición
erecta. (I.S. VIII, 26). Otro amado era
Usamah, el hijo de quince años de Zayd
y Umm Ayman, muy querido del Profeta
tanto por sus padres como por él mismo.
Como un nieto de la casa, a menudo se le
encontraba dentro o alrededor de ella. La
mayoría de las tardes el Profeta
visitaba a Abu Bakr, como había hecho
en la Meca. Hasta cierto punto las
exigencias del trabajo y la familia
coincidían, porque con frecuencia
deseaba hablar con Abu Bakr sobre
asuntos de estado, al igual que lo
hacía con Zayd y con sus dos yernos Ali
y Uthman. Pero el trabajo amenazaba
invadir la totalidad de la vida del
Profeta, ya que en toda Medina ninguna
voz podía compararse con la suya a la
hora de resolver un problema, contestar
una pregunta o zanjar una disputa.
Incluso aquéllos que no creían que era
un Profeta buscaban su ayuda si era
necesario, a no ser que fuesen demasiado
orgullosos. Las disputas entre los
musulmanes y los judíos no eran
infrecuentes, y a menudo la culpa la
tenía un fervor mal entendido, como
cuando, por ejemplo, uno de
los Ansar golpeó a un judío
simplemente por un juramento que le
había oído pronunciar. “¿Juras
tú —dijo el musulmán— por
Aquél que eligió a Moisés sobre todos
los hombres, cuando el Profeta está
presente entre nosotros?” El
judío se quejó al Profeta, cuyo rostro
estaba lleno de cólera cuando
reprendió al agresor. En el Corán
mismo se menciona a Dios diciendo: “¡Moisés!
Te he escogido sobre todos los hombres
con Mis mensajes y con Mis palabras. (VII,
144). El Corán también había dicho: “Dios
ha escogido a Adán, a Noé, a la
familia de Abraham y a la de Imran por
encima de todos” (III, 33). Pero
adivinando lo que pensaba el hombre, el
Profeta añadió: “No digas que soy
mejor que Moisés” (B. LXV, azora
VII). También dijo, quizás
refiriéndose a otro caso de celo
equivocado: “Que ninguno de
vosotros diga que soy mejor que
Jonás” (B. LXV, azora XXXVII). La
Revelación ya les había dado las
palabras, como parte del credo
musulmán: “No hacemos distinción
entre ninguno de Sus Enviados”[i]. Además
de lo que concernía al bienestar de la
comunidad en su conjunto, tanto en su
armonía interna como en sus relaciones
con el resto de Arabia y los países
allende sus fronteras, apenas pasaba un
día sin que uno o varios creyentes
buscasen su consejo o su ayuda en
relación con algún problema puramente
personal, ya material, como en el
reciente caso de Salman, o espiritual,
como cuando en una ocasión Abu Bakr le
trajo a un hombre de los Bani Tamim,
llamado Hanzalah, que se había
establecido en Medina. Hanzalah había
abordado primero a Abu Bakr con su
problema, pero éste consideró que la
respuesta en este caso debía venir de
la autoridad suprema. La cara del hombre
estaba llena de aflicción, y cuando el
Profeta le preguntó, dijo: “¡Enviado
de Dios! Hanzalah es un hipócrita.” El
Profeta le pidió que le explicase qué
quería decir con esas palabras, y él
respondió: “Enviado de Dios!
Estamos con vos, y nos habláis del
Fuego y del Paraíso hasta que es como
si estuviesen ante nuestros mismos ojos.
Luego abandonamos vuestra presencia y
nuestras mentes se absorben con nuestras
esposas y nuestros hijos, y con nuestras
riquezas, y ciertamente nos olvidamos
mucho.” La respuesta del Profeta
puso de manifiesto que el ideal era
buscar la perpetuación de la conciencia
que tenían de las realidades
espirituales sin alterar el tenor de sus
vidas cotidianas: “Por Aquél en
cuyas manos está mi alma,” dijo, “si
fueseis a permanecer siempre como cuando
estáis en mi presencia, o como lo
estáis en vuestros momentos de recuerdo
de Dios, entonces los Ángeles bajarían
para tomaros de la mano cuando estáis
tumbados en vuestros lechos o cuando
seguís vuestro camino. Pero sin
embargo, Hanzalah, cada cosa tiene su
momento.” (M. XLIX, 2). Exigencias
tales como éstas sobre el tiempo del
Profeta no podían evitarse, pero había
una necesidad creciente de que estuviese
protegido de otros asuntos, y la
protección que ahora vino no estuvo
desconectada del siguiente
acontecimiento, completamente
inesperado, que sirvió para subrayar su
posición especialmente privilegiada.
Sucedió que un día quiso hablar con
Zayd sobre algo y fue a su casa. Zayd se
hallaba fuera de la casa, y cuando le
dijeron a Zaynab, que en ese momento no
esperaba visitas, que el Profeta había
llegado, sintió un deseo tan grande de
saludarlo que, incorporándose, corrió
hacia la puerta para invitarle a
quedarse. “No está aquí, ¡oh
Enviado de Dios!”, dijo ella, “pero
entrad, que mi padre y mi madre sean
vuestro rescate.”[ii]
Mientras ella permanecía en el
umbral, como radiante figura de gozosa
bienvenida, el Profeta quedó
sorprendido por su belleza.
Profundamente impresionado, se volvió y
murmuró algo que ella no acertó a
escuchar. Lo único que oyó claramente
fueron sus palabras de admiración
mientras se marchaba: “¡Glorificado
sea Dios, el Infinito! ¡Glorificado sea
Aquél que dispone de los corazones de
los hombres!” Cuando Zayd regresó
ella le contó la visita del Profeta y
las palabras que le había escuchado
pronunciar. Zayd se fue inmediatamente a
verlo y dijo: “Me han dicho que
viniste a mi casa. ¿Por qué no
entraste, tú que eres para mí más que
mi padre y mi madre? ¿Acaso fue que
Zaynab te cayó en gracia? Si es así,
la dejaré.”[iii]
“Consérvala como tu esposa y
teme a Dios”, replicó el Profeta
con alguna insistencia. En otra ocasión
había dicho: “De todas las cosas
lícitas la más odiosa para Dios es el
divorcio” (A.D.
XIII, 3). Cuando
al día siguiente Zayd volvió a verle
con la misma proposición, el Profeta de
nuevo le insistió en que debía seguir
con ella como esposa. Pero el matrimonio
entre Zayd y Zaynab no había sido
feliz, y Zayd no podía seguir así por
mas tiempo; de modo que, por mutuo
acuerdo con Zaynab, se divorciaron.
Esto, sin embargo, no convertía a
Zaynab en partido como esposa para el
Profeta porque, aunque el Corán sólo
había especificado que a los hombres
les estaba prohibido casarse con las
esposas de los hijos “salidos de
sus riñones”, era un firme
principio social el no hacer ninguna
distinción entre los hijos de
nacimiento y los hijos de adopción. El
Profeta tampoco podía ser partido para
ella, porque ya tenía cuatro esposas,
el máximo permitido por la ley
islámica. Pasaron
algunos meses, y un día, cuando el
Profeta estaba conversando con una de
sus esposas se sintió abrumado por el
poder de la Revelación. Cuando volvió
en sí sus primeras palabras fueron: “¿Quién
irá a ver a Zaynab y le dará las
buenas nuevas de que Dios me la ha
concedido en matrimonio desde el
Cielo?” Salma —la criada de
Safiyyah, que desde hacía mucho tiempo
se consideraba como un miembro más de
la familia del Profeta— se encontraba
cerca y se fue corriendo a la casa de
Zaynab. Cuando se enteró de la
maravillosa noticia, Zaynab magnificó a
Dios y se arrojó al suelo en
postración hacia la Meca. Luego se
quitó sus ajorcas y brazaletes de plata
y se los dio a Salma. Zaynab
ya no era joven —tenía casi cuarenta
años— pero conservaba la juventud en
su apariencia. Era ella, además, una
mujer de gran piedad, que ayunaba mucho,
hacía largas vigilias y daba con
generosidad a los pobres. En tanto que
experta trabajadora del cuero, podía
hacer zapatos y otros objetos, y todo lo
que ganaba de esta manera era un medio
para hacer caridad. En su caso no se
realizaría una boda formal, ya que el
matrimonio había
sido anunciado en los versículos
revelados como un vínculo ya
contraído: “Te la hemos dado por
esposa” (XXXIII, 37). Quedaba que
la novia fuese llevada a la casa del
esposo, y esto se hizo sin demora. Los
versículos también decían que en lo
sucesivo los hijos debían ser llamados
por el nombre del padre que los había
engendrado, y desde aquel día Zayd fue
conocido como Zayd ibn Harithah en lugar
de Zayd ibn Muhámmad, como había sido
llamado desde su adopción unos treinta
y cinco años antes. Pero este cambio no
anuló su adopción como tal, ni afectó
de ninguna manera al amor y la intimidad
entre el adoptante y el adoptado, que
tenían ahora unos sesenta y cincuenta
años respectivamente. Era un simple
recordatorio de que no había una
relación de sangre, y en este sentido
la Revelación proseguía: “Muhámmad
no es el padre de ninguno de vuestros
hombres, sino que es el Enviado de Dios
y el Sello de los profetas” (XXXIII,
40). Al
mismo tiempo otras Revelaciones
insistían en la gran diferencia entre
el Profeta y sus seguidores. Jamás
tenían que dirigirse a él por su
nombre, como era la costumbre de
llamarse entre ellos. El permiso que
Dios le había otorgado, en virtud de su
nuevo matrimonio, de tener más de
cuatro esposas, era sólo para él y no
para el resto de la comunidad. Además,
a sus mujeres se les daba el título de “madres
de los creyentes”, y su rango era
tal que sería una enormidad a los ojos
de Dios si, después de haberse casado
con el Profeta, fuesen alguna vez dadas
en matrimonio a otro hombre. Si los
creyentes querían pedir un favor a una
de ellas —ya que a menudo se buscaba
su intercesión ante el Profeta—
tenían que hacerlo desde detrás de una
cortina. También se les decía: “¡oh
vosotros
que creéis, no entréis en las moradas
del Profeta para una comida, antes de
que sea la hora, salvo si se os da
permiso. Pero si se os invita, entonces
entrad, y cuando hayáis comido,
dispersaos, sin demoraros en la
conversación. Ciertamente eso sería
molesto para el Profeta, y le
avergonzaría decíroslo. Sin embargo,
Dios no se avergüenza de la verdad” (XXXIII,
53). Tales
preceptos eran necesarios debido al gran
amor que le profesaban, y su deseo de
estar en su compañía el mayor tiempo y
lo más a menudo posible. Los que
estaban con él siempre se encontraban
poco dispuestos a abandonar su
presencia. No se les podría haber
censurado si se quedaban, porque cuando
el Profeta hablaba a alguien se volvía
hacia él tan completamente y hacía de
él de una forma tal el objeto de su
atención que el hombre bien podía
imaginarse que tenía el suficiente
privilegio para libertades que otros no
osaban tomarse, y cuando tomaba la mano
de un hombre él nunca era el primero en
soltarla. Pero mientras que protegía al
Profeta, la Revelación introdujo por
esta época un nuevo elemento en la
liturgia, que posibilitó a su pueblo
dar expresión a su amor y beneficiarse
de su resplandor espiritual sin
imponerle de forma excesiva su
presencia: “Ciertamente Dios y Sus
Ángeles bendicen al Profeta. ¡oh
vosotros que creéis, invocad
bendiciones sobre él y dadle saludos de
Paz!” (XXXIII, 56). Poco después,
el Profeta le dijo a uno de sus
Compañeros: “Un
Ángel ha venido a mí y me ha dicho:
‘Si uno invoca bendiciones sobre ti
una vez, Dios invoca bendiciones sobre
él diez veces’. [i]
Ver capítulo 32. [ii]
Ibn Saad, VIII, 71. [iii]
Ibid. 72. Vease también Tab., Tafsir,
Baydawi, Yalalayn, etc. sobre
Corán, XXXIII, 37.
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