Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 52La batalla de Uhud |
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EL
sol ya estaba alto y el Quraysh se
encontraba formado, con cien jinetes
en cada ala, la derecha al mando de
Jalid, hijo de Walid, y
la
izquierda
conducida por Ikrimah, hijo de Abu
Yahl. Desde el centro Abu Sufyan dio
la orden de avanzar. Delante de él
Talhah de Abd al-Dar portaba el
estandarte del Quraysh, y dos hermanos
y cuatro hijos de Talhah iban cerca de
él, cada uno preparado para tomar su
turno si fuese necesario.
Talhah y sus hermanos estaban
dispuestos a ganar la gloria para su
clan aquel día. En Badr sus dos
portaestandartes se habían dejado
hacer prisioneros ignominiosamente, y
Abu Sufyan no había dejado de
recordárselo
de camino hacia Uhud. Musab reconoció
a sus compañeros de clan desde donde
se encontraba, delante del Profeta con
el estandarte de los Emigrados. En
cuanto las dos huestes estuvieron
entre sí al alcance de la voz, Abu
Sufyan detuvo su avance y dio unos
pocos pasos más allá del estandarte.
“¡Hombres
de Aws y Jazrach!” dijo,
“abandonad ahora el campo y dejadme
a mi primo. Entonces nos marcharemos,
porque no tenemos motivos para
combatiros.” Pero los Ansar
respondieron con un ensordecedor
retumbar de insultos. Entonces avanzó
otro hombre de entre las filas mequies,
y Hanzalah se afligió al ver a su
padre proclamando su presencia: “¡Hombres
de Aws, yo soy Abu Amir!” No podía
creer que su influencia, antaño tan
considerable, hubiese quedado en
nada, y había prometido al Quraysh
que tan pronto como se diese a conocer
muchos de los hombres de su clan
volverían a su lado. En lugar de eso,
no sólo recibió maldiciones sino
también una lluvia de piedras que lo
hizo retroceder apesadumbrado. Los
mequies recibieron de nuevo la orden
de avanzar, y no lejos de las primeras
líneas las mujeres, conducidas por
Hind, también se pusieron en movimiento,
batiendo sus panderos y tambores, y
cantando: ¡Adelante,
hijos de Abd al-Dar; adelante,
vosotros que defendéis
la retaguardia, golpead,
con cortantes espadas golpead! Luego,
cuando las mujeres sintieron que habían
llegado al límite de aproximación
al enemigo, marcaron el compás al son
de sus tambores, dejando que los
hombres continuasen delante de ellas,
y Hind comenzó a entonar una canción
que otra Hind había cantado en una de
las guerras del pasado: Si
avanzáis, os abrazaremos y
extenderemos suaves alfombras. Pero
si volvéis la espalda os
abandonaremos, os abandonaremos y
ya no os amaremos. Cuando
los dos ejércitos estuvieron casi
juntos los arqueros del Profeta
lanzaron una lluvia de flechas sobre
la caballería de Jalid y el relincho
de los caballos ahogó los gritos de
las mujeres y sus tambores. Del centro
de la formación mequí Talhah dio
unos pasos hacia adelante y gritó
pidiendo un hombre con el que
enfrentarse en combate individual. Ali
salió para ello, y finalmente lo
derribó de un golpe que atravesó el
yelmo y le hendió el cráneo. El
Profeta supo al instante que ése era
“el jefe del escuadrón”
—carnero que le había estado sujeto
en el sueño— y en alta voz exaltó
a Dios. Allahu
Akbar, y
su
exaltación fue repetida como un eco
por toda la hueste. Pero el carnero
había significado más de una víctima,
porque el hermano de Talhah tomó
entonces el estandarte y fue derribado
por Hamzah, Entonces Saad de Zuhrah
atravesó de un flechazo el cuello del
segundo hermano de Talhah, y sus
cuatro hijos cayeron uno tras otro a
manos de Ali, Zubayr y Asim ibn Thabit
de Aws. Dos de ellos fueron llevados
moribundos ante su madre Sulafah,
que estaba en la retaguardia, y cuando
le dijeron quién les había
inflingido las mortales heridas, juró
que un día bebería
vino en el cráneo de Asim. No
se había permitido a ninguna mujer
salir con los musulmanes el día anterior.
Pero Nusaybah, una mujer de Jazrach,
sentía sin embargo que su Sitio
estaba con el ejército. Su marido
Gaziyyah y dos de sus hijos se
encontraban
allí, pero ésa no era la razón.
Otras mujeres tenían también maridos
e hijos en el ejército y estaban
contentas de quedarse en casa. Pero
Nusaybah había sido una de las dos
mujeres que habían ido con los
setenta hombres de Medina al Segundo
Aqabah, y su naturaleza no le permitía
quedarse
atrás en esta ocasión. Se había
levantado, pues, temprano por la mañana,
y después de llenar un pellejo de
agua se puso en camino hacia el campo
de batalla
donde por lo menos podría atender a
los heridos y dar de beber a los
sedientos. Se llevó consigo sin
embargo una espada y también un arco y
una aljaba con flechas. Haciendo
preguntas siguió el camino que el
ejército
había llevado y alcanzó sin
dificultad, poco después de comenzada
la batalla, el lugar donde al pie de
la montaña y sobre una pequeña
elevación del terreno el Profeta había
establecido su posición y allí
estaba con Abu Bakr, Umar y otros de
los Compañeros más íntimos. La
madre de Anas, Umm Sulaym, había
tenido la misma idea y llegó con su
pellejo con agua poco después que Núsaybah.
Al grupo de detrás de las líneas se
le unieron también
dos hombres de Muzaynah, una de las
tribus beduinas del oeste del oasis.
Ambos se habían convertido hacía
poco al Islam, y sin saber nada del
ataque mequí habían llegado al alba
a Medina para encontrar que la ciudad
estaba más que medio vacía. Al
enterarse del motivo partieron
inmediatamente para Uhud, y después
de saludar al Profeta desenvainaron
sus espadas y se precipitaron al
combate. Abu
Duyanah estaba siendo fiel a la
promesa de su turbante rojo. Zubayr
admitiría más tarde: “Me hirió en
el alma cuando le pedía la espada al
Enviado de Dios y no me la dio a mí y
se la dio a Abu Duyanah. Me dije a mí
mismo: Soy el hijo de Safiyyah, la
hermana de su padre, y soy del Quraysh;
me dirigí a él y yo se la pedía
antes que ningún hombre, y sin
embargo se la dio a él y a mí me
apartó. ¡Por Dios, iré a ver qué
es lo que hace Abu Duyanah! Y entonces
lo seguí.” Contó después cómo
Abu Duyanah iba dando muerte a todos
cuantos se interponían en su camino
con la misma facilidad que si hubiese
sido un segador y su espada una guadaña,
y cómo él, Zubayr, aceptó entonces
la decisión del Profeta y se dijo a
si mismo: “Dios y su Enviado son los
más sabios.” Hind,
una mujer grande de aspecto imponente,
todavía se encontraba entre los
hombres, incitándolos a combatir, y
por los pelos escapó de la espada de
Abu Duyanah, que la confundió con un
hombre. Levantó su espada por
encima de su cabeza cuando ella lanzó
un chillido, lo cual le hizo
comprender que se trataba de una
mujer, volviéndose entonces hacia los
hombres que estaban junto a ella. Hind
se reunió con las esposas y madres en
la retaguardia, donde habían sido
dispuestos los esclavos para que
defendieran
el campamento. Mientras ella retrocedía
Wahshi el Abisinio estaba avanzando.
A diferencia de los restantes
combatientes, él solamente se tenía
que ocupar de un hombre, y a
diferencia de ellos, su sangre era fría,
Hamzah era inconfundible por su gran
estatura, por su forma de luchar y por
el penacho de avestruz. Wahshi lo vio
a lo lejos y manteniéndose en los
bordes de la batalla consiguió llegar
a un punto de relativa seguridad que,
sin embargo, era lo bastante cercano
para lanzar la jabalina. Hamzah estaba
en ese momento enfrentándose con el
último de los portaestandartes de Abd
al-Dar, y cuando levantó su espada
para golpear dejó abierto
momentáneamente
un resquicio en la armadura. Wahshi
vio rápidamente su oportunidad, y,
equilibrada la jabalina, la arrojó
con perfecta puntería. Hamzah se
movió tambaleándose hacia adelante
unos cuantos pasos, habiendo ya dado
muerte a su hombre, y se desplomó al
suelo en la agonía de la muerte.
Wahshi esperó hasta que su cuerpo dejó
de moverse, y entonces se acerco rápidamente
al campamento. Como él mismo dijo:
“Había hecho todo lo que había
venido a hacer, sólo lo maté para
conseguir mi libertad.” La
muerte de Hamzah afectó poco a la
sensación de derrota que comenzaba
a extenderse por el ejército mequí.
Otro abisinio, un esclavo de la
familia de los siete portaestandartes
muertos, se hizo entonces con la
enseña,
pero no tardó en perder la vida y
durante un rato el estandarte quedó
en el suelo desatendido. Aunque el
penacho de avestruz de Hamzah había
dejado de verse, Abu Duyanah, Zubayr y
otros Emigrados y Ansar luchaban como
personificaciones del grito de guerra
musulmán de aquel día, Amit, Amit,
que significa “Mata, Mata”.
Parecía que nadie se les podía
resistir: el penacho blanco de Ali, el
turbante rojo de Abu Duyanah, el
turbante amarillo brillante de
Zubayr y el turbante verde de Hubab
eran como banderas de victoria que
daban fuerza a las filas que iban tras
ellas. Abu Sufyan escapó por poco de
la espada de Hanzalah, que estaba
combatiendo esforzadamente cerca del
centro y que a punto estuvo de
abatirlo cuando un hombre de Layth
irrumpió por el flanco y atravesó a
Hanzalah de parte a parte con su
espada, siendo rematado en el suelo de
un segundo golpe. La
batalla se había ido desplazando
gradualmente ladera abajo lejos del
Profeta a medida que los mequies eran
forzados a retroceder hacia su
campamento.
El Profeta ya no podía discernir con
detalle lo que sucedía, aunque veía
que por el momento sus hombres iban
venciendo aquel día. Pero entonces su
atención se dirigió hacia arriba,
por encima de la batalla, y sus ojos
se alzaron como uno que observa el
vuelo de las aves. Después de un
momento dijo a quienes estaban junto a
él: “A vuestro Compañero —se
refería a Hanzalah— lo están
lavando los Ángeles.” (I.I.568). Más
tarde le dijo a Yamilah, como buscando
una explicación: “Vi a los Ángeles
entre el cielo y la tierra lavando a
Hanzalah con agua de las nubes que tenían
en recipientes de plata.” (W. 274).
Entonces ella le contó su sueño, y cómo
por temor a llegar tarde a la batalla
no se había purificado con la ablución
de rigor. Los
musulmanes continuaron avanzando hasta
que llegados a un punto las líneas
del enemigo quedaron rotas por
completo. El camino hacia su
campamento quedó así abierto y se
produjo un avance en tropel de hombres
ansiosos de botín. En estos momentos
los cincuenta arqueros selectos se
hallaban a alguna distancia a la
izquierda del Profeta. Entre él y
ellos el terreno bajaba hacia el llano
y luego se elevaba hasta el lugar
estratégico donde los había
emplazado. Podían ver las primeras líneas,
y la visión de sus compañeros a
punto de enriquecerse —según
pensaban ellos— con el botín del
enemigo fue demasiado para la mayoría
de ellos. En vano su jefe Abdallah ibn
Yubayr, les recordó la orden del
Profeta de no abandonar su puesto bajo
ninguna circunstancia. Respondieron
que el Profeta no había querido
decir que se quedasen allí para
siempre. La batalla ya había
terminado,
decían y los incrédulos estaban
derrotados. Unos cuarenta de ellos
corrieron veloces ladera abajo en
dirección al campamento, dejando a Abdallah
a la cabeza de un núcleo leal de
arqueros fatalmente mermado. Hasta
ahora la caballería no les había
servido de nada a los mequies. En el
centro los dos ejércitos estaban tan
enredados que una carga de los jinetes
habría sido tan peligrosa para sus
propios hombres como para los
enemigos.
No podían tampoco alcanzar la
retaguardia del ejército musulmán
sin primero exponerse a los dardos de
los arqueros que cubrían una
extensión
de terreno bastante amplia. Pero Jalid
vio entonces lo que estaba sucediendo
y comprendiendo que había llegado el
momento, dirigió a sus hombres a todo
galope hacia la posición donde
estaban estacionados los arqueros. En
vano Abdallah y sus hombres intentaron
interceptarlos con sus flechas. Al
final, arrojaron al suelo sus arcos y
lucharon hasta la muerte con espada y
lanza. Ninguno de los diez creyentes
quedó con vida. Dando media vuelta,
Jalid condujo a sus hombres hacia la
retaguardia de la principal fuerza
del enemigo. Ikrimah siguió su
ejemplo, y los caballeros mequies
hicieron grandes estragos en las
desguarnecidas filas de los creyentes.
Ali y sus compañeros se volvieron
entonces para hacer frente al nuevo
peligro, y algunos de los idólatras
que habían sido puestos en fuga se
reagruparon y volvieron de nuevo al
combate. La suerte de la batalla había
cambiado de improviso, y el grito de
guerra del Quraysh. “¡Oh Uzzah! ¡Oh
Hubal!” se volvió a escuchar por
todo el campo. Muchos de los
musulmanes de la retaguardia que habían
salido indemnes de la acometida de la
caballería se desmoralizaron y
huyeron hacia la montaña, donde sabían
que podían encontrar refugio. El
Profeta los llamó para que volvieran,
pero sus oídos estaban sordos a su
voz, y sus mentes no estaban abiertas
a otro pensamiento que el de la
huida. La mayoría de los musulmanes
siguieron luchando, pero el ímpetu
inicial se había perdido, y el peso
de los números trabajaba en contra
suya. Obligados a retroceder paso a
paso, la batalla se trasladó hacia
Uhud, en la dirección del Profeta. Él
y sus Compañeros, incluidas las dos
mujeres, lanzaban descarga tras
descarga de flechas contra el enemigo,
y su grupo se engrosó con otros
procedentes de la fuerza principal,
cuyo único pensamiento, cuando la
jornada
se volvió contra ellos, había sido
la seguridad del Profeta. Entre los
primeros en unírseles estuvieron los
dos hombres de Muzaynah, Wahb y Harith.
Un pequeño cuerpo de jinetes enemigos
se aproximaba ahora por la izquierda.
“¿Quién se encarga de este
destacamento?” dijo el Profeta.
“Yo, Enviado de Dios”, fue la
respuesta instantánea de Wahb, y
disparó sobre ellos con tal velocidad
y destreza que las flechas caían
sobre el enemigo como si procediesen
de un grupo de arqueros y tuvieron que
retirarse. “¿Quién hace frente a
este escuadrón?” dijo el Profeta
cuando otro cuerpo de hombres de a
caballo se les aproximaba. “Yo,
Enviado de Dios” dijo Wahb, y
nuevamente luchó como si fuese no un
solo hombre sino muchos, y
de
nuevo se retiraron. Entonces todavía
surgió de las filas enemigas un
tercer pelotón. “¿Quién resistirá
a éstos?” preguntó el Profeta.
“Yo lo haré” dijo Wahb. “Arriba
entonces,” dijo el Profeta, “y alégrate,
porque el Paraíso es tuyo.” Wahb se
incorporó gozoso diciendo, mientras
desenvainaba la espada: “¡Por Dios,
yo no doy cuartel y no busco
cuartel!” Entonces se arrojó en
medio de ellos y luchando atravesó
sus filas hasta el lado contrario mientras
que el Profeta y sus Compañeros
dejaban de disparar para observar su
destreza y su valor. “¡Oh Dios, ten
misericordia de él!” dijo el
Profeta cuando Wahb volvió a
precipitarse en medio de la tropa y
siguió luchando hasta que lo rodearon
por todos los lados y lo mataron. Fue
hallado después con veinte heridas de
lanza, todas ellas mortales, aparte de
las que le habían causado las
espadas. Ninguno de los que lo vieron
luchando 'pudo olvidarlo jamás. Omar
diría años después: “De todas las
muertes, la única que hubiera
aceptado con placer es la del muzayní.”
(W. 275). Y Saad de Zuhra afirmó diez
años más tarde que en sus oídos aún
resonaba el sonido de la voz del
Profeta dando a Wahb las buenas nuevas
del Paraíso. El
cuerpo principal del combate se había
acercado gradualmente a medida que
los musulmanes se veían forzados a
retroceder lentamente ladera arriba.
Entre los gritos de batalla de ambos
bandos podían también oírse las
exclamaciones individuales de los
guerreros —desafíos a combate
individual
o afirmaciones que reforzaban los
disparos de flecha y los golpes—.
“Toma eso: y yo soy el hijo de
fulano y zutano.” Abu Duyanah se
intitulaba el hijo de Jarashah, que
era su abuelo. No era raro que la
identidad de quienes reclamaban un título
quedase incierta. A uno de los Ansar,
es decir de los Ayudantes, se le oyó
gritar: “Toma eso: y yo soy el
muchacho ansarí”. El Profeta mismo
dijo aquel día, por lo menos en una
ocasión: “Yo soy Ibn al-Awatik”,
(W. 280), que quería decir “soy el
hijo de las Atikah”, refiriéndose
a sus muchas antepasadas que habían
llevado ese nombre[i].
Pero ahora se produjo un desafío de
identidad inconfundible cuando un
jinete se destacó en solitario de
entre las líneas y dijo: “¿Quién
avanzará para luchar contra mi? Soy
el hijo de Atiq.” Se trataba de Abd
al-Kaabah, el hijo mayor de Abu Bakr,
el único hermano uterino de Aishah y
el único miembro de la familia que no
había abrazado el Islam. Abu Bakr
arrojó su arco al suelo y
desenfundando su espada habría ido al
ataque, pero el Profeta se anticipó a
él. “Envaina tu espada,” dijo,
“y vuelve a tu sitio y concédenos
el bien de tu compañía.” (W. 257). Otro
cuerpo de hombres de a caballo se abrió
camino por la retaguardia de los
musulmanes, y avanzaron delante de Abd
al-Kaabah, que entonces retrocedió.
“¿Quién de vosotros se venderá
por nosotros?” (I.I.572), dijo el Profeta,
y cinco de los Ansar desenvainaron sus
espadas, se lanzaron contra el enemigo
y lucharon hasta que todos excepto
uno, que quedó mortalmente herido,
fueron muertos. Pero tenían ayuda a
mano para reemplazarlos porque
Ali, Zubayr, Talhah y Abu Duyanah y
otros que habían estado en la
vanguardia de la batalla habían ido
retrocediendo luchando a través de la
hueste.
Llegaron ahora junto al Profeta, pero
no antes de que una piedra afilada
lanzada por el enemigo le hiriese en
la boca, hendiéndole el labio inferior
y rompiéndole un diente. La sangre
brotaba de su rostro, pero haciendo
cuanto pudo para restañaría convenció
a Ali y a los otros de que no estaba
seriamente herido, y volvieron a la
lucha, salvo Talhah, que muy
debilitado por la pérdida de sangre
se desvaneció entonces. “Mira a tu
primo”, le dijo el Profeta a Abu
Bakr, pero Talhah casi al instante
recobró la conciencia,
mientras que Saad de Zuhrah y Harith
ibn Simmah de Jazrach salían en lugar
de él, y junto con los nuevos
refuerzos lanzaron sobre el enemigo
una embestida tan fuerte que por un
momento sus líneas retrocedieron
frente a los cuerpos de los cinco
Ansar que habían vendido sus vidas.
El Profeta los miró e invocó
bendiciones sobre ellos, y el que
todavía no había muerto comenzó a
arrastrarse con esfuerzo hacia él. El
Profeta envió a dos hombres para que
lo transportasen, y colocó su pie
para que sirviese de almohada a la
cabeza del moribundo, manteniéndolo
inmóvil hasta que el hombre murió
con la mejilla descansando sobre el
pie. “Sabed
que el Paraíso está a la sombra de
las espadas” (B. LII, 22), dijo el
Profeta, y en años posteriores solía
recordar este particular momento y
lugar como tan maravillosamente
bendito que en una ocasión exclamó:
“¡Ojalá me hubiesen dejado
abandonado con mis Compañeros al pie
de la montaña!” (W. 256). El
enemigo comenzó a recuperar
gradualmente el terreno que había
perdido. Al pequeño grupo que estaba
junto al Profeta pronto se le acabarían
las flechas, y de cualquier modo parecía
que se estaba terminando el tiempo de
utilizar la arquería con provecho. Si
el enemigo proseguía su avance en
seguida tendrían que estar
desenvainadas todas las espadas para
un choque final cuerpo a cuerpo en el
que la proporción seria de cuatro
paganos por cada creyente. Entonces,
de repente, un único jinete surgió
de un lado y se dirigió derecho hacia
donde estaba el Profeta. “¿Dónde
está Muhámmad?”, grito. “¡Que
yo no sobreviva si él sobrevive!”
Era Ibn Qamiah, un hombre de uno de
los clanes qurayshíes de las afueras,
que ya había causado gran mortandad
entre los musulmanes. Con un rápido
vistazo al grupo su perspicaz mirada
reconoció a su deseada víctima y
espoleando al caballo descargó con
su espada un golpe que estaba seguro
que no habría casco capaz de
resistirlo. Pero Talhah, que se
encontraba al lado del Profeta, se
arrojó en la dirección de la espada
y de un modo u otro pudo desviar el
golpe un poco, a costa de perder el
uso de los dedos de una de sus manos
para el resto de su vida. La hoja falló
por poco la corona del yelmo del
Profeta, chocó con su lado, rozando
la sien, impulsando contra su mejilla
dos de los anillos del casco y, por último,
con una fuerza algo mermada, golpeó
su hombro recubierto con una doble
malla. La descarga contra el lado de
su cabeza lo dejó momentáneamente
aturdido y cayó al suelo, después de
lo cual su agresor se alejó tan rápidamente
como había llegado. Pero otros se
acercaron para atacar, y Shammas[ii]
de
Majzum se situó
delante del Profeta y se batió como
un hombre inspirado —el Profeta lo
describió como un escudo viviente—
hasta que fue derribado y otro hombre
ocupó su lugar, apoyado por Nusaybah,
que había desenfundado su espada. Se
oyó que una voz —quizás la de Ibn
Qamiah— gritaba: “¡Muhámmad ha
sido muerto!” El grito se extendió
por todo el campamento entremezclado
con glorificaciones a al-Uzzah y Hubal.
Los riscos de Uhud resonaron y los
musulmanes que habían huido se
sintieron abrumados por los reproches
que a si mismos se hacían y por la
pena, mientras que muchos de los que
estaban todavía luchando en el llano
se desmoralizaron y se retiraron como
mejor pudieron. Pero hubo muchas
excepciones, y una de ellas fue Anas,
el servidor del Profeta. A su hermana,
la hija de Nadr, el Profeta le había
dicho que su hijo, muerto de un
flechazo en Badr, estaba en el Firdaws,
en el Paraíso superior. Anas se
aproximó a dos de sus compañeros
para los que la vida parecía haber
perdido todo sentido y que no tenían
ánimos ni para seguir peleando ni
para subir la cuesta y ponerse a
salvo. “¿Por qué os sentáis aquí?”
exclamó. “El Enviado de Dios ha
muerto”, replicaron. “¿Entonces
qué os importa la vida después de él?”,
dijo Anas. “Levantaos y morid del
mismo modo que él murió.” (W.
280). Se dirigió luego hacia donde el
combate era más enconado. Allí
encontró a Saad ibn Muadh, que después
le contó al Profeta que Anas le había
gritado: “¡El Paraíso! Huelo su
fragancia que sopla desde el otro lado
de Uhud.” “¡Enviado de
Dios!”, dijo Saad, “no pude luchar
como él luchó.” Más tarde
encontraron
a Anas muerto en el suelo con más de
ochenta heridas, tan desfigurado que
era irreconocible para cualquiera
salvo para su hermana, que lo conoció
por los dedos. (B. LVI, 12). En
cuanto a los creyentes que ahora
buscaban refugio en el terreno mas
elevado por encima de la llanura,
vieron la retirada facilitada porque
la mayoría de los enemigos,
considerando que la batalla ya había
terminado, aflojaron también sus ímpetus.
Los muertos aún no había sido
contados, pero resultaba evidente que
habían vengado con creces a los caídos
en Badr, y ahora, al matar al hombre
que había sido la única causa de
todas las disensiones, con toda
seguridad habían terminado con la
nueva religión y virtualmente habían
restablecido el antiguo orden de las
cosas. “¡Ya lal-Uzzah, ya la-Hubal!” La
súbita relajación del esfuerzo por
parte del Quraysh en ningún sitio fue
más aparente que entre los que habían
medio rodeado al pequeño grupo de
unos veinte hombres que actuaban como
guardia personal del Profeta. Los
mequies se habían dado cuenta
claramente de que éstos eran hombres
que nunca serían hechos prisioneros y
que en la lucha a muerte sin duda
alguna causarían la muerte a otros.
Así pues consideraron que, una vez
que habían logrado su propósito
principal, lo mejor era vivir y dejar
vivir, y celebrar su victoria. El
Profeta había recuperado la
conciencia casi inmediatamente, y
cuando el
enemigo se hubo retirado, se levantó
y haciendo señas a sus compañeros
para que lo siguiesen los condujo
hacia la entrada de una cañada que
parecía ofrecer la subida más fácil
a un lugar seguro desde el cual podían
vigilar los movimientos del enemigo.
Pero su mejilla le ocasionaba mucho
dolor:
los anillos metálicos estaban
profundamente incrustados en la carne.
Se detuvieron pues un momento y Abu
Ubaydah cogió primero uno y luego el
otro entre sus dientes y los extrajo.
La herida comenzó a sangrar de nuevo
y Malik del Jazrach aplicó su boca
sobre ella y sorbió y tragó la
sangre. El era quien había dicho en
Medina: “Tenemos ante nosotros dos
cosas buenas”, y salvo Shammas, que
parecía estar muerto, él era de los
presentes el herido de más gravedad.
El Profeta dijo: “Quien desee ver a
un hombre cuya sangre está mezclada
con la mía, que mire a Malik, el hijo
de Sinan.” Abu Ubaydah también fue
incluido, porque en su esfuerzo para
sacar los anillos había perdido dos
de sus dientes y su boca sangraba. El
Profeta dijo: “El fuego no alcanzará
a aquél cuya sangre ha tocado mi
sangre.”
(W. 247). Mientras
el pequeño grupo subía por la cañada
fueron vistos por algunos de los que
ya se habían refugiado en el Uhud, y
descendieron para saludarlos. Kaab
ibn Malik iba por delante de los
otros, y se sorprendió de ver a un
hombre cuya estatura y porte eran
exactamente como los del Profeta,
aunque su modo de andar era más
lento. Entonces, cuando estuvo más
cerca, Kaab vio el brillo incomparable
e inconfundible de sus ojos a través
de los orificios de la visera, y se
volvió y gritó hacia los que estaban
detrás de él: “¡Oh musulmanes, ánimo!
¡Este es el Enviado de Dios!” El
Profeta le indicó con la mano que se
callase, y no volvió a vocear las
buenas nuevas, pero se difundieron de
boca en boca, y los hombres acudieron
rápidamente para asegurarse a sí
mismos de que era cierto. El regocijo
fue tan grande que parecía como si la
derrota de pronto se hubiese tornado
en victoria. Pero
el jubiloso grito de Kaab fue
escuchado por un jinete solitario del
Quraysh que se había detenido en el
mismo sitio que acababan de dejar. Era
Ubayy, el hermano de Umayyah, que había
jurado que desde el lomo de su caballo
Awd, sobre el cual se encontraba
entonces montado, mataría al Profeta.
Habiéndose enterado de que su deseada
víctima había muerto, se había
acercado, sin duda para buscar el cadáver
y ver si aún abrigaba algún soplo de
vida, y cuando oyó el grito de Kaab
cabalgó cañada arriba hasta que se
encontró casi pisando los talones de
los musulmanes. Estos se dieron la
vuelta para enfrentarse a él. “¡Oh
Muhámmad!” gritó, ¡si tu escapas,
que yo no escape!” Algunos de los
Compañeros cerraron filas en torno al
Profeta, y otros estaban a punto de
atacar a Ubayy cuando el Profeta les
ordenó esperar. Los que estaban
alrededor suyo dirían más tarde que
Muhámmad se desembarazó de ellos
como si hubiesen sido moscas en el
lomo de un camello. Entonces tomó una
espada de Harith ibn al-Simmah y se
adelantó a todos ellos. Sin atreverse
a moverse, observaron con temor
reverencial su seriedad severa y
mortal. Como uno de ellos dijo:
“Cuando el
Enviado de Dios hacía un esfuerzo
deliberado hacia un fin, no había
seriedad que pudiera compararse con la
suya.” (W. 251). Ubayy se acercó
con la espada desenvainada, pero antes
de que pudiera asestar ningún golpe
el Profeta le había dado una estocada
en el cuello. Bramó como un toro,
luego se bamboleó, estando casi a
punto de caerse del caballo pero, tras
recobrar el equilibrio, se dio la
vuelta y galopó ladera abajo sin
detenerse hasta que llegó al
campamento mequí, donde su sobrino
Safwan y otros de su clan se
encontraban reunidos “Muhámmad me
ha matado”, dijo con una voz que no
podía controlar. Le miraron la herida
y le restaron importancia, pero él
estaba convencido de que era mortal,
como ciertamente pronto demostró
serlo. “Dijo que me mataría”,
contó Ubayy, “y por Dios que si me
hubiera escupido me habría matado.”
¿No estaba Muhámmad muerto después
de todo?, comenzaron a preguntarse.
Pero Ubayy se encontraba claramente
fuera de sí, y en cualquier caso un
hombre con casco era fácil de
confundir con otro. Cuando
el Profeta y sus Compañeros
alcanzaron la parte más elevada de la
cañada, Ali fue a llenar su escudo de
agua de una cavidad que había en las
rocas. Se la ofreció al Profeta, pero
su olor de agua estancada le repugnó
y no pudo animarse a beber de ella a
pesar de la sed; aun así, empleó un
poco para lavarse la sangre del
rostro. Luego, ya que todavía se
encontraban en una posición
demasiado fácilmente accesible desde
el llano, ordenó que prosiguieran
hacia terreno más elevado, e intentó
subirse a un saliente de la roca desde
el que se podía seguir ascendiendo.
Pero se encontraba demasiado débil
para el esfuerzo. A la vista de ello,
Talhah se agachó bajo el saliente
violentando mucho sus heridas, y poniéndose
al Profeta en la espalda lo alzó
hasta la altura necesaria. El Profeta
dijo de él aquel día: “Quien
quiera ver a un mártir caminando
sobre la faz de la tierra, que mire a
Talhah el hijo de Ubaydallah.” (I.H.
571). Para
cuando hubieron encontrado un lugar
que podía servirles como campamento
provisional, el sol había alcanzado
su cenit e hicieron la plegaria de
mediodía. El Profeta, que la iba
dirigiendo, permaneció sentado
durante
toda ella, y todos siguieron su
ejemplo. Luego se echaron para
descansar
y muchos de ellos durmieron un sueño
profundo y reparador, mientras que
una tanda de vigías hacía la guardia
desde un lugar estratégico que
dominaba la llanura. |
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