Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 50Preparativos para la batalla |
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LOS
mequies
sentían intensamente la pérdida de
la ruta del Mar Rojo. Una de las
desventajas de la única alternativa
que les quedaba era que en la llanura
de Nachd los pozos estaban
relativamente
alejados entre sí. Pero ahora que los
meses de estío estaban a punto de
terminar, el viaje podía realizarse fácilmente
añadiendo más camellos aguadores. Así
pues, decidieron enviar una rica
caravana al Iraq, bajo la dirección
de Safwan, consistente principalmente
en lingotes de plata y vasos del
mismo metal, todo ello valorado en
unos cien mil dirhemes. Algunos judíos
de Medina tenían información secreta
sobre la caravana y uno de los Ansar
les oyó por casualidad hablando de
ello. El Profeta sabía que Zayd tenía
dotes de mando y lo puso a la cabeza
de cien jinetes para interceptar el
paso a la caravana cerca de Qaradah,
que era una de las principales aguadas
de la ruta. La fuerza relativamente
pequeña y, por tanto, más manejable
de que disponía Zayd le permitió
poner en práctica todos los elementos
esenciales de una emboscada efectiva.
Su ataque repentino, feroz e
inesperado puso en fuga a Safwan y sus
compañeros, mientras que Zayd y sus
hombres regresaron triunfantes a
Medina, convertidos en la escolta de
todos los camellos de carga mequies
con su preciosa mercancía de plata y
otros productos y con algunos
cautivos. En
la Meca el desastre de Qaradah
intensificó y aceleró los
preparativos que se habían venido
realizando desde Badr para un ataque
irresistible sobre Medina. Pasó el
mes sagrado de Rayab y, con él, el
solsticio de invierno y el año 625
de la era cristiana. Fue en el mes
siguiente cuando tuvo lugar el
matrimonio de Hafsah. Luego vino Ramadán,
y en este mes de ayuno, para alegría
de todos los creyentes, Fatimah dio a
luz un hijo. El Profeta pronunció las
palabras de la llamada a la plegaria
en el oído del recién nacido y le
dio el nombre de al-Hasan, que
significa “el hermoso”. Vino la
luna llena, y uno o dos días después
fue el aniversario de Badr, y en los
últimos días del mes un jinete que
había cabalgado de la Meca a Medina
durante tres días le trajo al Profeta
una carta sellada. Era de su tío
Abbas, advirtiéndole que un ejército
de tres mil hombres estaba a punto de
ponerse en marcha hacia Medina.
Setecientos de los combatientes
llevaban malla, y había una tropa de
doscientos hombres de a caballo. Los
camellos eran tan numerosos como los
hombres, sin contar los camellos de
carga y los que portaban las literas
para las mujeres. Para
cuando la carta llegó el Quraysh ya
se había puesto en marcha. Abu Sufyan,
el comandante en jefe, llevaba consigo
a Hind y también a una segunda
esposa. Salwan llevaba también a dos
esposas, otros jefes solamente una.
Yubayr, el hijo de Mutim se quedó en
la Meca, pero envió con el ejército
a un esclavo suyo abisinio llamado
Wahshi que era, al igual que muchos de
sus paisanos, un experto en el
lanzamiento de la jabalina. Se sabía
que Wahshi raras veces había errado
el blanco, y Yubayr le dijo: “Si
matas a Hamzah, el tío de Muhámmad,
como venganza mía, eres un hombre
libre.” Hind se enteró de esto, y
durante las paradas, siempre que
pasaba
junto a Wahshi en el campamento o lo
veía pasar por su lado, le decía: “¡A
ello!, ¡oh padre de la oscuridad,
apaga y luego relámete!” Hind ya le
había dejado claro que —al igual
que su amo— ella también tenía una
sed que apagar y una recompensa para
quien la apagase. Los
Emigrados y los Ansar disponían todavía
de una semana antes de que el enemigo
estuviese sobre ellos; pero durante
ese tiempo había que hacer sitio
dentro de los muros de Medina para
todos los que vivían en las partes
distantes del oasis junto con sus
animales. Se hizo esto y ni un solo
caballo, camello, vaca, oveja o cabra
se quedó fuera de las murallas.
Quedaba
por ver cuál seria el plan de acción
de los mequies. Llegaron noticias de
que estaban tomando la ruta occidental
cerca de la costa. A su debido tiempo
se desviaron hacia el interior e
hicieron una breve parada a unas cinco
millas al oeste de Medina. Luego
marcharon en dirección noreste
durante unas pocas millas y acamparon
en una franja de tierra cultivada en
el llano situado bajo el Monte Uhud,
que domina Medina desde el norte. El
Profeta envió exploradores, que
regresaron a la mañana siguiente con
la información de que el número de
los enemigos era ciertamente el que se
decía en la carta. El Quraysh llevaba
consigo un centenar de hombres de
Thaqif y también contingentes de
Kinanah y otros aliados. Los más de
tres mil camellos y los doscientos
caballos se estaban comiendo todo el
pasto y todas las cosechas aún sin
recoger al norte de la ciudad, y
pronto no quedaría ni una brizna de
hierba. El ejército no mostraba señales
de estar preparado para una acción
inmediata. Sin embargo, la ciudad
estuvo rigurosamente vigilada
aquella noche, y los dos Saad de Aws y
Jazrach, es decir, Ibn Muadh e Ibn
Ubadah, insistieron en mantenerse
vigilando fuera de la puerta del
Profeta, y con ellos estuvo Usayd y
una aguerrida guardia personal. El
Profeta
estaba todavía desarmado. Pero soñó
que llevaba una cota de malla
impenetrable y que montaba sobre un
carnero. Llevaba la espada en la mano
y advertía en ella una mella, y veía
algunas vacas que sabia que eran suyas
y que eran sacrificadas ante sus ojos. A
la mañana siguiente contó a sus
Compañeros lo que había visto, y lo
interpretó diciendo: “La cota de
malla impenetrable es Medina y la
mella de mi espada es un golpe que se
lanzará contra mí; las vacas
sacrificadas son algunos de mis Compañeros
que serán muertos, y en cuanto al
carnero sobre el que monta es el jefe
de su escuadrón a quien, si Dios
quiere, daremos muerte.” (W. 209). Su
primer pensamiento fue no salir de la
ciudad, sino aguantar un asedio dentro
de sus murallas. Deseaba, sin embargo,
que otros le confirmasen en su idea,
porque de ninguna manera se trataba de
una convicción. Dispuso, pues, una
consulta sobre si debían salir de la
ciudad o no. Ibn Ubayy fue el primero
en hablar: “Nuestra ciudad”, dijo,
“es una virgen que nunca ha sido
violada contra nosotros. Nunca hemos
salido de ella para atacar al enemigo
sin que no hayamos sufrido numerosas pérdidas,
y nadie ha penetrado en ella frente
a nosotros sin que hayan sido ellos
los que han padecido las pérdidas.
Por lo tanto, déjalos donde están,
oh Enviado de Dios. Desdichada será
su situación mientras se queden, y
cuando regresen retornarán abatidos y
con su objetivo frustrado, sin haber
ganado nada bueno”. Un
elevado número de los Compañeros más
antiguos, tanto de los Emigrados
como de los Ansar, se inclinaban por
la opinión de Ibn Ubayy. En
consecuencia, dijo el Profeta:
“Permaneced en Medina, y guardad a
las mujeres y a los niños en las
fortalezas.” Solamente cuando hubo
pronunciado estas palabras se hizo
aparente que la mayoría de los
hombres más jóvenes ardían de
impaciencia por salir a combatir
contra el enemigo. “Oh Enviado de
Dios,” dijo uno de ellos, guía
nuestro avance contra el enemigo. Que
no piensen que les tememos o que somos
demasiado débiles para ellos.”
Estas palabras fueron recibidas con un
murmullo de aprobación procedente de
diferentes partes de la asamblea, y
otros vinieron a decir lo mismo,
añadiendo
el argumento de que su inactividad y
el no tomar represalias por los
cultivos devastados solamente serviría
para envalentonar al Quraysh contra
ellos en el futuro, por no hablar de
las tribus del Nachd. Hamzah, Saad ibn
Ubadah y otros de los más
experimentados comenzaron entonces a
inclinarse hacia este parecer. “En
Badr”, dijo uno de ellos, “no
contabas sino con trescientos hombres,
y Dios te dio la superioridad sobre
ellos. Y
ahora
somos muchos y hemos estado poniendo
nuestra esperanza en esta ocasión y
pidiendo a Dios por ello, y Él nos la
ha traído a nuestra misma puerta.”
(W. 210-11). Entonces se levantó para
hablar uno de los más ancianos allí
presentes, un hombre de Aws llamado
Jaythamah. Repitió muchos de los
argumentos que ya se habían escuchado
contra permanecer a la defensiva.
Luego habló sobre un asunto más
personal. Su hijo Saad era uno de los
pocos musulmanes que había perdido la
vida en Badr. “Anoche, en
sueños,” dijo, vi a mi hijo. Su
aspecto era de lo más hermoso, y yo
presencié cómo le eran satisfechos
todos sus deseos entre los frutos y ríos
del Jardín. Y él decía: “Ven con
nosotros y sé nuestro compañero en
el Paraíso. He visto que era cierto
todo lo que mi Señor me prometió”.
Y yo soy anciano y anhelo encontrarme
con mi Señor; pide, pues, Enviado de
Dios, para que Él me conceda el
martirio y la compañía de Saad en el
Paraíso.” (W. 212-13). El Profeta
hizo una plegaria por Jaythamah, sin
duda en voz baja, porque no se han
conservado las palabras. Luego se
levantó para hablar otro de los Ansar,
esta vez un hombre del Jazrach, Malik
ibn Sinan. “¡Oh
Enviado
de Dios!”, dijo, “tenemos ante
nosotros dos cosas buenas por igual:
o bien Dios nos concede la
superioridad sobre ellos y eso es lo
que obtendríamos
o por el contrario nos da el martirio.
No me importa cuál de las dos cosas
pueda ser, porque por cierto que en
ambas hay bien.” (Ibíd.). Ahora
estaba claro, no sólo por las palabras
pronunciadas sino también por la
aprobación general con que habían
sido acogidas, que la mayoría estaba
contra quedarse detrás de las
murallas, y el Profeta decidió
atacar. A mediodía se reunieron para
la plegaria del viernes y el tema de
su “jutbah” (sermón) fue la
Guerra Santa y todo lo que requería
de seriedad y esfuerzo, y dijo que la
victoria sería de ellos si se mantenían
resueltos. Luego les ordenó que se
prepararan para enfrentarse al
enemigo. Después
de la plegaria dos hombres esperaron
atrás para hablar con el Profeta,
cada uno con una decisión urgente que
tomar. Uno de ellos era Hanzalah, hijo
de Abu Amir —el supuesto abrahámico—,
que se encontraba entonces sin que su
hijo lo supiera en el campamento
enemigo bajo Uhud. Era el día de las
bodas de Hanzalah —un día que había
sido elegido con varias semanas de
anticipación—. Estaba prometido a
su prima Yamilah, la hija de Ibn Ubayy,
y se hallaba poco dispuesto a retrasar
el matrimonio, aunque estaba
determinado a luchar. El Profeta le
dijo que celebrase la boda y que
pasase la noche en Medina. No podría
haber ninguna lucha antes de la salida
del sol, y Hanzalah tendría tiempo
suficiente para reunirse con él a
la mañana siguiente en el campo de
batalla. Preguntando podría averiguar
qué camino había tomado el ejército. El
otro hombre era Abdallah ibn Amr, de
los Bani Salimah, uno de los clanes
del Jazrach. Era él quien apenas tres
años antes había salido hacia la
peregrinación como pagano y había
abrazado el Islam en el valle de Mina,
donde había prestado obediencia al
Profeta en el segundo Aqabah. Y ahora,
dos o tres noches antes, Abdallah había
tenido un sueño semejante al que
Jaythamah había relatado en la
asamblea. Un hombre al que había
reconocido como un Ansar llamado
Mubashshir se le había aparecido en
el sueño y le había dicho: “Unos
pocos días, y estarás con
nosotros.” “¿Y
dónde
estás tú?” dijo Abdallah. “En el
Paraíso”, contestó Mubashshir.
“Allí hacemos todo lo que nos
agrada hacer.” “¿No fuiste tú
muerto en Badr?” “Eso es”, dijo
Mubashshir, “pero luego fui devuelto
a la vida.” “Padre de Yabir”, le
dijo el Profeta a Abdallah cuando le
contó el sueño, “eso es el
martirio.” (W. 266). Abdallah
en el fondo lo sabía, pero deseó sin
embargo que el Profeta se lo
confirmase. Luego se fue a casa para
prepararse para la guerra y despedirse
de sus hijos. Su mujer había muerto
hacía poco, dejándole un hijo, Yabir,
apenas en la edad viril, y siete hijas
mucho más jóvenes que el hermano.
Yabir ya había regresado de la
Mezquita y estaba ocupado con sus
armas y armadura. No habiendo estado
presente en Badr, estaba enormemente
ilusionado por salir con el Profeta en
esta ocasión. Pero su padre tenía
otros pensamientos. “Hijo mío,”
dijo Abdallah, “no conviene que las
dejemos” —se refería a sus
hijas— “sin ningún hombre. Son jóvenes
e indefensas, temo por ellas. Pero
yo me iré con el Enviado de Dios,
quizás para conseguir el martirio si
Dios me lo da, y las dejo a tu
cuidado.” Todos
se reunieron de nuevo para la plegaria
de la tarde y para ese momento los
hombres de Medina alta se habían
juntado y estaban presentes en la
Mezquita. Después de la plegaria el
Profeta se llevó consigo a Abu Bakr y
a Omar a su casa y le ayudaron a
vestirse para la batalla. Los hombres
se alinearon afuera, y Saad ibn Muadh
y sus compañeros de clan les
reprendieron diciendo: “Habéis
obligado al Enviado de Dios a salir
contra su voluntad, a pesar de la
orden que le vino del Cielo. Poned la
decisión de nuevo en sus manos y
dejadle decidir otra vez.” Cuando el
Profeta salió había enrollado su
turbante alrededor del casco y se había
puesto el peto, bajo el cual llevaba
una cota de malla sujeta con un cinto
de cuero. Además se había ceñido la
espada y colgado el escudo a la
espalda. En aquellos momentos eran
muchos los hombres que lamentaban el
rumbo que habían tomado, y tan pronto
como apareció le dijeron: “¡Oh
Enviado de Dios! No tenemos que
oponernos a ti en nada, haz pues lo
que te parezca mejor.” Pero él les
respondió diciendo: “No es propio
de un Profeta, cuando se ha puesto su
armadura, quitársela hasta que Dios
haya juzgado entré él y sus
enemigos. En consecuencia, prestad
atención a lo que os ordene y
hacedlo, y avanzad en el Nombre de
Dios. La victoria será vuestra, si
sois constantes.” (W. 214). Luego
pidió tres lanzas y les ató tres
estandartes. El estandarte de Aws se
lo dio a Usayd, el de Jazrach a Hubab,
que le había aconsejado sobre los
pozos en Badr, y el de los Emigrados a
Musab. De nuevo volvió a designar al
ciego Abdallah ibn Umm Maktum para que
dirigiese las plegarias en su
ausencia. Luego montó en su caballo
Sakb[i]
y pidió su arco, que colgó del
hombro, llevando en la mano una lanza.
Ningún otro hombre iba montado. Los
dos Saad marchaban delante de él, y
había hombres a cada lado. En total
eran alrededor de un millar.
[i]
“Agua corriente”, llamado así
porque sabía amblar. |
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