Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 48Las Gentes del Banco |
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Parte
de una de las largas columnatas de la
Mezquita estaba reservada para los recién
llegados que no tenían dónde vivir y carecían
de medios de subsistencia. Eran conocidos
como “las gentes del banco”, Ahl as-Suffah,
a causa de un banco de piedra que había
sido colocado allí para su provecho. Ya que
la Mezquita era una prolongación de la
propia morada del Profeta, él y los
miembros de su casa se sentían
especialmente responsables de este número
creciente de refugiados empobrecido que vivían
a su misma puerta, de cuya condición eran a
diario testigos y que venían de uno en uno
y de dos en dos desde todas las direcciones,
arrastrados por el mensaje del Islam y las
noticias sobre él y su comunidad, que por
entonces habían alcanzado a las tribus de
toda Arabia. La noticia de Badr dejó sentir
sus efectos en este sentido. Así pues, los
que vivían en las casas adyacentes a la
Mezquita raramente podían comer su porción
completa en cualquier comida. El Profeta decía:
“ La comida de uno vale para dos, la
comida de dos vale para cuatro, y la de
cuatro vale para ocho”. (M.
XXXVI, 176). Del
mismo modo que amaba los perfumes y la
fragancia en general, era también sumamente
sensible al más insignificante olor
desagradable, especialmente en el aliento,
en él y en los demás. Aishah decía que la
primera cosa que hacía el Profeta al entrar
en casa era coger su cepillo de dientes, que
estaba hecho de madera de palmera verde.
Cuando estaba de viaje podía confiar en que
Abdallah ibn Masud siempre tenía uno a mano
para él. Los Compañeros seguían su
ejemplo en el uso del cepillo de dientes y
también en enjuagarse la boca después de
cada comida. El
hambre no afecta mucho a su extremada
sensibilidad, la cual no siempre esperaba
que fuese compartida por otros. Había
ciertas clases de alimentos que la ley
permitía y que él a sus compañeros a
comer, pero
que él mismo no tomaba; por ejemplo, los
grandes lagartos, que eran muy comunes en
Medina. A veces rechazaba un plato más por
consideración a otros que a sí mismo. En
una ocasión se le trajo un guiso como
presente de uno de los Ansar, pero justo
cuando estaba a punto de tomar un poco
advirtió que tenía un fuerte olor a ajo y
retiró la mano. Los que estaban con él
hicieron lo mismo. “¿Qué sucede?” les
dijo. “Retiraste tu mano,” contestaron,
“por eso las retiramos nosotros también.”
“Comed, en el nombre de Dios”, dijo el
Profeta. “Converso íntimamente con
alguien con quien vosotros no conversáis.”
(I.S. 1/2, 110). Sabían que se refería al
Arcángel. En aquella ocasión el plato había
sido preparado y no tenía que ser
desperdiciado. Sin embargo, el Profeta los
disuadía en general de tomar alimentos que
estuviesen sobrecargados de ajo o cebolla,
especialmente antes de ir a la Mezquita.
(B. XCVI, 24) Fatimah,
antes de su matrimonio, había sido una
especie de sirvienta de las gentes del
banco. A pesar de los sacrificios que
formaban parte de la vida diaria en la casa
del Profeta, su vida después del matrimonio
le pareció aún más rigurosa debido a
una carencia que hasta entonces no había
experimentado. Nunca había habido para ella
escasez de manos dispuestas a ayudar. Además
de su hermana, Umm Kulthum, Umm Ayman
siempre había estado allí, dispuesta a
hacer cuanto podía. Umm Sulaym había dado
a su hijo de diez años, Anas, como criado
al Profeta y Anas era mucho más diligente y
atento de lo normal para su edad, mientras
que su madre y Abu Talhah, su segundo
marido, siempre estaban en un segundo plano,
listos para ayudar. Ibn Masud se había
vinculado al Profeta tan estrechamente que
era casi uno más de la casa, y,
recientemente, después de su regreso a la
Meca, Abbas había enviado a su esclavo Abu
Rafi al Profeta como obsequio. El Profeta
lo había liberado, pero la libertad no había
disminuido su disposición para servir.
También estaba Jawlah, la viuda de Uthman
ibn Mazun, que desde hacía mucho se
consideraba como su criada. Pero ahora
Fatimah no tenía a nadie que la ayudara en
la casa. Para paliar su extremada pobreza
Ali ganaba algún dinero extrayendo agua y
haciendo de aguador, mientras que ella molía
grano. “He molido hasta salirme ampollas
en las manos”, le dijo a Ali un día. “Y
a mí me duele el pecho de tanto sacar
agua”, fue la respuesta de Ali, “Dios le
ha dado a tu padre algunos cautivos, ve pues
y pídele que te dé un criado.” No de muy
buena gana fue ella a ver al Profeta, el
cual dijo: “¿Qué te trae por aquí,
hijita?” “He venido para darte saludos
de paz”, contestó, y que, debido a su
temor reverencial por él, no cobró ánimos
para pedirle lo que quería. “¿Qué
hiciste?” preguntó Ali cuando su mujer
regresó con las manos vacías. “Tuve vergüenza
de pedírselo”, dijo ella. Así pues, los
dos juntos fueron a ver al Profeta, a quien,
sin embargo, le pareció que estaban menos
necesitados que otros. “No voy a daros a
vosotros,” dijo, “y a dejar que las
gentes del banco estén atormentadas por
el hambre; No tengo suficiente para
mantenerlos, pero gastaré en ellos lo que
pueda venir de la venta de los cautivos.” Volvieron
a casa algo decepcionados; pero aquella
noche, ya acostados, oyeron la voz del
Profeta pidiendo permiso para entrar. Ambos
se incorporaron dándole la bienvenida,
pero él les dijo: “Seguid donde estáis”,
y se sentó a su lado. “¿Queréis que os
hable de algo que es mejor que lo que me
pedisteis?” dijo, y, cuando le
respondieron que sí, prosiguió:
“Palabras que Gabriel me enseño. Que debéis
decir Gloria
a Dios diez
veces después de cada plegaria, y diez
veces Alabado
sea Dios, y
diez veces Dios
es el más grande. Y
cuando os vayáis a la cama debéis
repetirlas treinta y tres veces cada una.”
Ali solía decir años después: “Ni una
sola vez dejé de recitarlos desde que el
Enviado de Dios nos las enseñó.” (I.S.
VIII, 16). Su
casa no estaba muy lejos de la Mezquita,
pero al Profeta le habría gustado que su
hija estuviera todavía más cerca de él, y
algunos meses después del matrimonio,
Harithah de Jazrach, un pariente lejano del
Profeta, fue a verle y le dijo: “¡Oh
Enviado de Dios! He oído que de buen grado
querríais tener a Fatimah más cerca. Mi
casa es la más próxima de todas las
moradas de los hijos de Nayyar, y tuya es.
Mis bienes y mi persona son para Dios y para
Su Enviado, y me es más querido lo que
tomes de mi que lo que me dejes.” El
Profeta lo bendijo y aceptó su donación, y
llevó, pues, a su hija y a su yerno a vivir
como sus vecinos. El Profeta se alegró hondamente con la generosidad de Harithah, tanto como con los muchos actos de generosidad que se llevaron a cabo en Medina. Uno de éstos, sin embargo, estuvo lleno de una cierta decepción. El Profeta tenía una opinión elevada de Abu Lubabah de Aws, y, de camino hacia Badr, lo había enviado de vuelta desde Rawha para que estuviese al frente de Medina durante su ausencia. Más tarde, aquel mismo año, un huérfano bajo la tutela de Abu Lubabah acudió ante el Profeta y reclamó la propiedad de una feraz palmera que, según decía, se había apropiado indebidamente su tutor. Enviaron por Abu Lubabah, quien dijo que la palmera le pertenecía a él, como era en efecto. Muhámmad escuchó el caso y falló en favor del tutor y contra el huérfano, que quedó profundamente afligido por la pérdida del árbol que siempre había considerado suyo. Al ver esto, el Profeta pidió que le regalasen a él la palmera, con la intención de dársela él a su vez al huérfano, pero Abu Lubabah rehusó. “¡Oh Abu Lubabah!” dijo el Profeta, “dásela entonces tú al huérfano, y tendrás una igual en el Paraíso.” Pero el sentido de justicia legal de Abu Lubabah había sido excitado demasiado por todo el asunto como para asentir ahora, y de nuevo se negó, en vista de lo cual otro de los Ansar, Thabit ibn al-Dahdahah, le dijo al Profeta: “¡Oh Enviado de Dios! Si compro la palmera y se la doy al huérfano, ¿tendré una como ella en el Paraíso?” “Por cierto que sí”, fue la respuesta. Se dirigió, pues, a Abu Lubabah y le ofreció un palmar por un solo árbol. La oferta fue aceptada, e Ibn al-Dahdahah regaló la palmera al huérfano. (W. 505). El Profeta se alegró mucho por él, pero quedó hondamente entristecido a causa de Abu Lubabah. |
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[i]
“El frescor de los ojos” es un término
favorito de los árabes para
expresar alegría, deleite, etc. |
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