Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 42La marcha hacia Badr |
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SE
acercaba ya el momento en que Abu Sufyan
emprendería el regreso con todas las
mercancías que él y sus compañeros
habían adquirido en Siria. El Profeta
envió a Talhah y al primo de Omar,
Said, hijo de Zayd el Hanif- a Hawra,
justo al oeste de Medina, en la costa,
para que lo informasen tan pronto
llegase la caravana. Esto le permitiría,
mediante una rápida marcha hacia el
suroeste, alcanzarla un poco más abajo
en la costa. Sus dos exploradores fueron
recibidos de modo hospitalario por un
jefe de Yahaynah que los ocultó en su
casa hasta que la caravana hubo pasado.
Pero tanto él como ellos se podían
haber ahorrado el esfuerzo, porque
alguien de Medina, sin duda algún hipócrita
o un judío, ya había puesto a Abu
Sufyan al corriente de los planes del
Profeta, y aquél había contratado a un
hombre de la tribu de los Gifar, llamado
Damdam, para que fuera rápidamente a la
Meca e insistiera al Quraysh para que
saliesen inmediatamente con un ejército
en su socorro mientras que él apretaba
el paso a través de la ruta de la costa
viajando día y noche. Pero no era él
el único que tenía una sensación de
urgencia. El Profeta tenía sus razones
para desear permanecer en Medina el
mayor tiempo posible, porque su
bienamada hija Ruqayyah había enfermado
seriamente. Aun así, las
consideraciones personales no podían
tomarse en cuenta, y antes de
arriesgarse a que fuera demasiado tarde
decidió no esperar siquiera al regreso
de los exploradores. Para cuando
llegaron a Medina él ya había partido
con un ejército de Emigrantes y de
Ansar, trescientos cinco hombres en
total. En aquel tiempo había en Medina
setenta y siete Emigrantes aptos para la
guerra y todos ellos estuvieron
presentes en esta ocasión salvo tres:
el Profeta había dicho a su yerno
Uthman que se quedase en casa y cuidase
de su esposa enferma. Los otros dos
fueron Talhah y Said, que volvieron de
la costa demasiado tarde para ponerse de
nuevo en camino. En
el primer alto que hicieron, todavía en
el oasis, Saad de Zuhrah, primo del
Profeta, advirtió que su hermano de
quince años, Umayr, parecía preocupado
y esquivo, y le preguntó qué sucedía.
"Temo", dijo Umayr, "que
el Enviado de Dios me vea y diga que soy
demasiado joven y me envíe de vuelta a
casa. Yo anhelo proseguir. Podría ser
que Dios me conceda el martirio."
Como temía, el Profeta se dio cuenta de
su presencia al formar las tropas; dijo
que era demasiado joven y le mandó
volverse. Pero Umayr comenzó a llorar y
el Profeta le dejó quedarse y que
participara en la expedición. "Era
tan joven", dijo Saad, "que
tuve que ajustarlé la correa del tahalí." Había
setenta camellos que los hombres
montaban por turnos, tres o cuatro
hombres por camello, y tres caballos,
uno de los cuales pertenecía a Zubayr.
El estandarte blanco fue dado a Musab,
sin duda porque era del clan de Abd
al-Dar, cuyo derecho ancestral era
portar el estandarte del Quraysh en la
guerra. Después de la vanguardia iba el
Profeta precedido de dos gallardetes
negros, uno por los Emigrantes y otro
por los Ansar. Los llevaban Ah y Saad
ibn Muadh respectivamente. Durante la
ausencia del Profeta de Medina las
plegarias debían ser dirigidas por Ibn
Umm Maktum, el ciego al que se refiere
la Revelación El frunció
el ceño y se alejó porque el ciego se
le acercó. 1 En
la Meca, poco antes de la llegada de
Damdam, Atikah, la tía del Profeta,
tuvo un sueño que la dejó horrorizada
y con la convicción de un inminente
desastre para el Quraysh. Envió a
buscar a su hermano Abbas y le contó lo
que había visto: "Vi a un hombre
montando un camello. Se detenía en el
valle y gritaba con todas sus fuerzas:
«¡Apresuraos, oh hombres de perfidia,
hacia un desastre que en tres días os
dejará postrados!» Vi cómo la gente
se congregaba a su alrededor. Luego
entraba en la Mezquita con la multitud
siguiéndole y, abriéndose paso entre
ella, su camello lo subía al tejado de
la Kaabah, y de nuevo gritaba las mismas
palabras. Entonces su camello lo llevaba
a la cumbre del Monte Abu Qubays y otra
vez empezaba a gritar como antes.
Soltaba luego una roca y la arrojaba
violentamente ladera abajo, fragmentándose
al alcanzar el pie del monte, y no había
c,,asa o morada en la Meca que no fuese
alcanzada por alguno de sus trozos. Abbas
contó el sueño de su hermana a Walid,
el hijo de Utbah, que era su amigo, y
Walid se lo refirió a su padre y la
noticia se difundió por toda la ciudad.
Al día siguiente Abu Yahl exclamó en
presencia de Abbas, burlándose
alegremente: "Oh hijos de Abd al-Mutalib,
¿desde cuándo tenéis esta profetisa
que os hace sus profecías? ¿No es
bastante que vuestros hombres se las den
de profetas? ¿Vuestras mujeres tienen
que hacerlo también?" Abbas no
pudo encontrar una réplica. Abu Yahl,
sin embargo, tuvo su respuesta al día
siguiente, cuando los peñascos de Abu
Qubays resonaron con la poderosa voz de
Damdam. La gente salió en tropel de ~
casas y de la Mezquita hacia el punto
donde él se había detenido en el
valle. Abu Sufyan le había pagado
generosamente y estaba dispuesto a
cumplir bien su papel. Había dado la
vuelta a su silla, estaba sentado dando
la espalda a la cabeza del camello y,
como otro signo de calamidad, había
rajado el hocico del camello y la sangre
brotaba de él, y él mismo se había
hecho jirones su camisa. "¡Hombres
del Quraysh!" exclamó, "¡Los
camellos de carga, los camellos de
carga! ¡Vuestras mercancías que Abu
Sufyan trae! ¡Muhammad y sus compañeros
están sobre ellas! ¡Ayuda! ¡Ayuda!" La
ciudad inmediatamente se alborotó. La
caravana que en esos momentos estaba
amenazada era una de las más ricas del
año, y eran muchos los que tenían razón
para lemer su pérdida. Se reunió rápidamente
un ejército de aproximadamente un
millar de hombres. "¿Piensan
Muhammad y sus compañeros que será
como la caravana de Ibn Hadramí?"
dijeron refiriéndose a Amr, el
confederado de Abdu Shams que había
sido muerto por una flecha en el mes
sagrado en Najlah. El clan de Adi fue el
único en nó tomar parte en la expedición.
Todos los demás jefes de clan dirigían
un contingente, salvo Abu Lahab, que
envió en su lugar a un hombre de Majzum
que le debía dinero. Pero los Baní
Hisham y los Bani al-Muttalib tenían
sin embargo sus intereses en la caravana
y se sentían moralmente obligados a
defenderla, por lo que Talib se puso al
frente de un grupo de hombres de ambos
clanes y Abbas fue con ellos, quizás
con la intención de actuar como
pacificador. Hakim de Asad, el sobrino dé
Jadíyah, salió con el mismo propósito.
Al igual que Abu Lahab, Umayyah de Yumah
también había decidido quedarse en
casa, porque era un hombre mayor y
sumamente obeso. Pero estando sentado en
la Mezquita se le acercó Uqbah con un
incensario que puso ante él, y dijo
"Perfúmate con esto, Abu Ah,
porque tú eres de las mujeres."
"Dios te maldiga" dijo Umayyah,
y se dispuso a partir con los demás. El
Profeta había abandonado la ruta
directa de Medina hacia el sur y se
dirigía a Badr, que se encontraba en la
ruta costera de Siria a la Meca, al
oeste. En Badr esperaba salirle al paso
a Abu Sufyan, y envió por delante a dos
de sus aliados de Yuhaynah que conocían
bien el distrito para que recogieran
noticias de la caravana. En Badr se
detuvieron en una colina que dominaba el
pozo, y cuando fueron a sacar agua
acertaron a escuchar una conversación
entre dos muchachas del pueblo acerca de
una deuda. "La caravana llegará mañana
o pasado mañana," decía una a la
otra, "trabajaré para ellos y te
pagaré lo que te debo." Cuando
oyeron estas palabras volvieron rápidamente
al Profeta con las noticias. Pero si
hubieran permanecido allí un poco más
habrían visto a un jinete solitario
aproximarse al pozo por el oeste. Era
Abu Sufyan en persona, que se había
adelantado al resto de la caravana para
ver si era seguro encaminarse hacia la
Meca por la ruta más cercana, esto es,
a través de Badr. Al llegar al pozo se
encontró con un aldeano y le preguntó
si había visto algún desconocido. Le
respondió que había visto dos jinetes
que habían hecho un alto arriba en la
colina, luego habían sacado agua y se
la habían llevado. Abu Sufyan fue a
donde se habían detenido y tomó
algunos excrementos de camello, que acto
seguido desmenuzó. Había en ellos
algunos huesos de dátil. "Por
Dios," dijo, "este es el
forraje que emplean en Yathrib." Se
volvió rápidamente hacia sus
seguidores, y, alejando la caravana del
camino, avanzaron a toda velocidad por
la orilla, junto al mar, dejando Badr a
su izquierda. Mientras
tanto los dos exploradores habían
regresado con el Profeta con la noticia
de que se esperaba que la caravana
llegaría a Badr al día siguiente o al
otro. Ciertamente se defendían en Badr,
que durante mucho tiempo había sido una
de las principales paradas en el camino
de la Meca a Siria. Los musulmanes,
pues, tendrían tiempo suficiente para
sorprenderlos y vencerlos. Llegó
entonces la noticia de que el Quraysh se
había puesto en camino con un ejército
para socorrer la caravana. Siempre se
había considerado esta posibilidad,
pero ahora que era un hecho consumado el
Profeta se sintió obligado a consultar
a sus hombres y a dejar que fuesen ellos
quienes eligiesen entre avanzar o dar
marcha atrás. Abu Bakr y Omar hablaron
por los Emigrantes en favor de avanzar.
Después, como confirmación de todo lo
que habían dicho, un aliado de los Bani
Zuhrah, Miqdad, que llevaba poco tiempo
en Medina se levantó y añadió: "¡Oh
Enviado de Dios! Haz lo que Dios te ha
mostrado que debes hacer. No te diremos
como los hijos de Israel dijeron a Moisés:
Ve,
pues, tú y tu Señor y combatid.
Nosotros nos quedamos aquí sentados. (C.
V, 24), sino que diremos: «Ve, pues, tú
con tu Señor y combatid, y nosotros
también combatiremos, a la derecha y a
la izquierda, delante y detrás de ti.»"
Abdallah ibn Masud solía hablar en años
posteriores de la gran luz que había
brillado en el rostro del Profeta cuando
escuchó aquellas palabras y bendijo al
que las decía. No es que estuviera
sorprendido, porque él ya sabia que los
Emigrantes estaban con él sin ningún
tipo de reservas. Pero, ¿podía decirse
lo mismo de los Ansar que se encontraban
presentes? El ejército había partido
de Medina con la esperanza de capturar
la caravana. Pero ahora parecía que
podrían tener que vérselas con algo
mucho más formidable. Además, cuando
los Ansar le prestaron fidelidad en
Aqabah dijeron que no eran responsables
de su seguridad hasta que no estuvieran
en su territorio, pero que cuando se
encontrase con ellos lo protegerían
como lo hacían con sus mujeres y niños.
¿Estarían dispuestos a ayudarlo?
"Hombres, dadme vuestro
consejo", dijo, expresándose en
general pero refiriéndose a los Ansar,
algunos de los cuales ya habían
adivinado sus pensamientos, aunque
ninguno había hablado todavía.
Entonces Saad ibn Muadh se incorporó.
"Diríase" observó, "que
te referías a nosotros, oh Enviado de
Dios." Y cuando el Profeta asintió,
continuó: "Tenemos fe en ti y
creemos en lo que tú nos has contado;
damos testimonio de que nos has traído
la Verdad, y te hemos prestado nuestros
juramentos vinculantes de oír y
obedecer. Haz pues lo que desees y
nosotros estaremos contigo. Por Aquél
que te ha enviado con la Verdad; si nos
ordenases cruzar aquel mar de allí y tú
te sumergieras en él, nosotros nos
sumergiríamos contigo; ni un solo
hombre se quedaría atrás. Del mismo
modo, no nos repugna encontrarnos con
el' enemigo mañana. Somos de toda
garantía en la guerra, leales en el
combate. Quiera Dios mostrarte nuestro
valor de tal manera que te traiga
frescor a los ojos.2 Guíanos
con la bendición de Dios." El
Profeta se alegró de estas palabras y
tuvo la certeza de que realmente tendrían
que enfrentarse con el ejército o con
la caravana pero no con los dos. "¡Adelante!"
dijo, y animo, porque Dios el Sublime me
ha prometido que nos enfrentaremos con
uno de los destacamentos. Y ya casi
estoy viendo al enemigo yaciendo
postrado." (I~I. 435). Aunque
estaban preparados para lo peor, aún
tenían la esperanza de que podrían
atacar la caravana y estar de regreso en
Medina, enriquecidos con el botín y los
prisioneros, antes de la llegada del ejército
del Quraysh. Alcanzaron una parada que
estaba a menos de un día de marcha de
Badr. El Profeta siguió cabalgando con
Abu Bakr y consiguió información de un
anciano, de la cual dedujo que el ejército
mequi se encontraba ya cerca. De regreso
al campamento esperó la caída de la
noche y envió a sus tres primos Ah,
Zubayr y Saad con algunos otros de los
compañeros al pozo de Badr para ver si
el ejército o la caravana, o ambos, habían
extraído agua de allí, o si alguien
había sabido algo de cualquiera de los
dos grupos. En el pozo tropezaron con
dos hombres que estaban cargando sus
camellos con agua para el ejército del
Quraysh, y después de reducirlos sc los
llevaron al Profeta, quien en ese
momento estaba haciendo una plegaria.
Sin esperar a que hubiese terminado
comenzaron a interrogar a los dos
hombres, que dijeron que eran los
aguadores del ejército. Pero algunos de
los que preguntaban prefirieron pensar
que estaban mintiendo. Deseaban en el
fondo fervientemente que fuera Abu
Sufyan quien los había mandado por agua
para la caravana, y comenzaron a
golpearlos hasta que dijeron "Somos
hombres de Abu Sufyan" y los
dejaron en paz. El Profeta hizo las
prosternaciones finales de su plegaria,
dio los saludos de paz y dijo:
"Cuando os dijeron la verdad los golpeasteis
y cuando os mintieron los dejásteis en
paz~ Ciertamente son del ejército del
Quraysh." Entonces se volvió hacia
los dos prisioneros~ "Vosotros dos,
decid dónde se encuentra el Quraysh."
"Están detrás de aquella
colina," dijeron señalando hacia
Aqanqal, "en la vertiente más
lejana del valle que hay más allá~"
"¿Cuántos hombres son?"
"Muchos", respondieron, sin
precisar el número, por lo que les
preguntó cuántas bestias sacrificaban.
"Algunos días nueve, otros días
diez", fue la respuesta.
"Entonces son entre novecientos y
mil", dijo el Profeta~ "¿Y qué
jefes del Quraysh están con
ellos?". Nombraron a quince, que
incluían, de Abdu Shams, a los hermanos
Utbah y Shaybah. De Nawfal, a Harith y
Tuaymah; de Abd al-Dar, a Nadr, que había
opuesto sus historias de Persia al Corán;
de Asad, a Nawfal, el medio hermano de
Jadiyah; de Majzum, a Abu Yahl; de Yumah,
a Umayyah; y de Amr, a Suhayl.
Escuchando estos nombres eminentes el
Profeta hizo la siguiente observación
cuando se reunió con sus hombres:
"Esta Meca os ha arrojado los
mejores pedazos de su hígado." No
transcurrió mucho tiempo hasta que Abu
Sufyan tuvo noticias del poderoso ejército
de mil hombres: en aquel momento había
alcanzado un punto desde el cual sus
salvadores estaban entre él y el
enemigo. Al comprender que la caravana
estaba a salvo envió un mensaje al
Quraysh diciendo: "Salisteis para
defender vuestros camellos, vuestros
hombres y vuestras mercancías; Dios los
ha puesto a salvo, regresad por lo
tanto." Este mensaje les llegó
cuando ya habían acampado en Yuhfa, a
poca distancia al sur de Badr. Había,
por otra parte, otra razón por la que
no debían avanzar más~ El pesimismo se
había abatido sobre todo el campamento
a causa de un sueño -casi una visión-
que había tenido Yuhaym, un hombre de
Muttalib. "Entre el sueño y la
vigilia", dijo, "vi un hombre
que se aproximaba a caballo guiando un
camello. Entonces se detenía y decía: «Muertos
están Utbah y Shaybah, Abu-l-Hakam y
Umayyah»" Y siguió encionando a
otros jefes del Quraysh que el jinete
había nombrado. "Entonces",
continuó Yuhaym, "lo vi apuñalar
al camello en el pecho y dejarlo correr
suelto por el campamento, y no quedó ni
una tienda que no fuese salpicada con su
sangre." Cuando le contaron esto a
Abu Yahl, dijo éste en un tono
triunfante y de mofa: "Aquí
tenemos otro profeta más de los hijos
de Muttalib." "Otro más",
ya que los dos clanes de Muttalib y
Hashim eran a menudo considerados como
uno solo. Entonces, para disipar el
pesimismo, se dirigió a todos ellos:
"Por Dios, no regresaremos hasta
que hayamos estado en Badr.
Permaneceremos tres días allí.
Sacrificaremos camellos, nos regalaremos
con banquetes, haremos correr el vino, y
las cantantes y las actrices tocarán y
cantarán para nosotros. Los árabes se
enterarán de cómo proseguimos nuestra
marcha y de nuestra poderosa hueste, y
por siempre nos temerán. ¡Adelante
hacia Badr!" Ajnas
ibn Shariq, que había salido con Zuhrah,
de quien era confederado, les recomendó
entonces encarecidamente que no
prestaran atención a Abu Yahl, y todos
ellos se volvieron, pues, desde Yuhfah a
la Meca. Talib también regresó con
algunos de sus compañeros de clan, ya
que había cruzado ciertas palabras con
algunos qurayshíes que habían dicho:
"¡Oh hijos de Hashim, sabemos que
aunque hayáis salido con nosotros
vuestros corazones están con
Muhammad." Abbas, sin embargo,
decidió continuar a Badr con el resto
del ejército y se llevó consigo a sus
tres sobrinos Abu Sufyan y Nawfal, los
hijos de Harith, y Aqil, el hijo de Abu
Talib. Más
allá de la colina, un poco hacia el
noreste, los musulmanes estaban
levantando el campamento. El Profeta sabía
que les era imperioso llegar a las aguas
de Badr antes que el enemigo, así que
ordenó un avance inmediato. Apenas se
habían puesto en marcha cuando empenzó
a llover, y el Profeta se alegró de
ello, considerándolo como una señal
del favor Divino, una bendición y una
garantía. Refrescó a los hombres, hizo
desaparecer el polvo y endureció la
arena suave del valle de Yalyal por
donde ahora marchaban. Pero estorbaría
al enemigo, que todavía tenía que
subir las laderas de Aqanqal, que se
hallaban a la izquierda de los
musulmanes, en el lado opuesto del valle
de Badr. Los pozos se encontraban todos
en las laderas más suaves de la zona más
próxima, y el Profeta ordenó un alto
en el primer pozo que alcanzaron. Pero
un hombre del Jazrach, Hubab ibn al-Mundhir
se le acercó y dijo: "¡Oh Enviado
de Dios! ¿Te ha revelado El que debemos
avanzar o retroceder desde este lugar
donde ahora estamos, o es una cuestión
de opinión y estrategia militar?".
El Profeta le contestó que se trataba
simplemente de un asunto de opinión, y
Hubab dijo: "No es éste el lugar
para detenerse, sino que es mejor que
nos conduzcas, ¡oh Enviado de Dios!
hasta llegar a uno de los pozos grandes
que está más cerca del enemigo.
Paremos allí, ceguemos los pozos que
están detrás de aquél y hagamos una
cisterna. Luego lucharemos con el
enemigo y nosotros tendremos todo el
agua para beber y ellos no tendrán
nada." El Profeta asintió al
punto, y el plan de Hubab se puso en práctica
en todos sus detalles. Los restantes
pozos fueron cegados, se hizo una
cisterna y todos los hombres llenaron
sus recipientes. Después,
Saad ibn Muadh se aproximó al Profeta y
dijo: "¡Oh Profeta de Dios!, deja
que construyamos un refugio para ti y
que junto a él preparemos tus camellos
de montar. Luego nos encontraremos con
el enemigo, y, sí Dios nos fortalece y
nos da la victoria sobre ellos, eso es
lo que deseamos fervorosamente. Pero, si
no, entonces tú podrás montar y
cabalgar para ir al encuentro de los que
atrás dejamos. Porque, por lo que se
refiere a algunos de los que no vinieron
contigo, oh Profeta de Dios, nuestro
amor por ti no es mayor que el que ellos
te tienen, y no se habrían quedado en
casa si hubieran sabido que tropezarías
con una guerra. Dios te protegerá a
través de ellos, y ellos te darán buen
consejo y lucharán a tu lado."
Muhammad lo elogió e invocó
bendiciones sobre él, y se levantó el
refugio con ramas de palmera. Aquella
noche Dios envió un sueño
reconfortante a los creyentes y se
despertaron como nuevos.3 Era
el viernes 17 de Marzo del año 623 d.c.
que fue el día 17 de Ramadán del año
2 de la hégira.4 En cuanto
se hizo el alba el Quraysh prosiguió su
marcha y subieron a la colina de Aqanqal.
El sol ya estaba alto cuando alcanzaron
la cima, y cuando el Profeta los vio en
sus caballos y camellos ricamente
enjaezados descendiendo la ladera hacia
el valle de Yalyal en dirección a Badr,
hizo la siguiente invocación: "¡Oh
Dios! Aquí está el Quraysh, han venido
arrogantes y vanos, oponiéndose a Ti y
desmintiendo a Tu Enviado. ¡Oh Señor,
concédenos la ayuda que nos prometiste!
¡Oh Señor, destrúyelos en esta
alborada!" Hicieron
su campamento al pie de la ladera y,
como les pareciera que los musulmanes
eran menos de los que habían previsto,
enviaron a Umayr de Yumah a caballo para
estimar su número y ver si tendrían
refuerzos en la retaguardia. Umayr les
informó de que no había señal de más
tropas que las que tenían delante de
ellos en el otro lado del valle.
"Pero, oh hombres del Quraysh,"
añadió, "por cierto que no creo
que ninguno de ellos vaya a morir sin
antes haber dado muerte a uno de los
vuestros, y si ellos terminan con la
vida de un número de vosotros
equivalente al suyo, ¿qué bien quedará
en la vida después?" Umayr. gozaba
de una cierta reputación de adivino en
toda la Meca, lo que añadía peso a sus
palabras. Apenas había terminado de
hablar cuando Hakim de Asad, el sobrino
de Jadiyah, aprovechó su oportunidad
sin dudarlo un instante y atravesó a
pie el campamento hasta que llegó junto
a los hombres de Abdu Shams. "Padre
de Walid,", le dijo a Utbah,
"tú eres el hombre más notable
del Quraysh, eres su Señor y el único
a quien obedecen. ¿Te gustaría que te
recordasen con alabanzas hasta el final
de los tiempos?" "¿Cómo podría
ser eso?" preguntó Utbah.
"Haz que tus hombres se
vuelvan", dijo Hakim, "y toma
sobre ti mismo la causa de Amr, tu
confederado asesinado." Quería
decir que Utbah debía eliminar una
poderosa razón para la lucha y pagar el
rescate de sangre a los parientes del
hombre que había muerto en Najlah, cuyo
hermano, Amir, había venido de hecho
para tomarse la venganza en el campo dc
batalla. Utbah estuvo de acuerdo en
hacer todo lo que decía, pero le
recomendó que fuese a hablar con Abu
Yahl, el hombre que probablemente más
insistía en la guerra. Mientras tanto,
se dirigió a sus tropas, diciendo:
"¡Hombres del Quraysh, nada ganaréis
luchando con Muhammad y sus Compañeros!
Si los vencéis, cada uno de vosotros
mirará siempre con aversión a la cara
de otro que haya dado muerte a su tío,
a su primo o a algún pariente todavía
más próximo. Así pues, dad media
vuelta, y dejad que el resto de los árabes
se encarguen de Muhammad. Si terminan
con él, eso es lo que deseáis; y si
no, él verá que habéis mostrado
autodominio hacia él." Sin
duda alguna tuvo la intención de
aproximarse en seguida a Amir al-Hadrami
con la idea de pagar el rescate de
sangre por su hermano, pero Abu Yahl se
le adelantó en rapidez. Reprochó a
Utbah en tono de mofa ser cobarde, tener
miedo a morir él mismo y también su
hijo Abu Hudayfah, que estaba en las
filas del enemigo. Luego se volvió a
Amir y le insistió para que no dejase
escapar la oportunidad de vengar la
muerte de su hermano. "Levántate,"
dijo, "y recuérdales tu pacto y el
asesinato de tu hermano." Amir se
incorporó y, despojándose frenéticamente
de sus ropas, comenzó a emitir
lamentaciones a voz en grito. "¡Ay
de Amr! ¡Ay de Amr!" De esta
manera se avivó el fuego de la guerra,
los ánimos de los hombres se llenaron
de violencia y fue tarea vana para Utbah
o cualquier otro el pretender hacerlos
volverse atrás. La
absorción general en los preparativos
finales para la batalla proporcionó a
un hombre la oportunidad que hasta
entonces había estado esperando. Por
temor a que pudiera escaparse durante su
ausencia, Suhayl había llevado consigo
a su hijo Abdallah a Badr. Umayyah, jefe
de Yumah, había hecho lo mismo con su
hijo Ah, al cual había forzado a
rechazar el Islam. Pero a diferencia de
Ah, que era irresoluto, Abdallah era
inquebrantable en su fe, y, después de
salir del campo de visión del
campamento, ocultándose detrás de un
montículo cercano, se encaminó rápidamente
a través de las onduladas arenas del
campamento musulmán, donde fue
inmediatamente a ver al Profeta. La
alegría brilló en el semblante de
ambos. Luego, lleno de dicha, saludó a
sus cuñados Abu Sabrah y Abu Hudhayfah.
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