Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 4La recuperación de una pérdida |
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LINDANTE
con el lado noroccidental de la Kaabah hay
un pequeño recinto rodeado por un muro
bajo semicircular. Los dos extremos del
muro quedan cerca de las esquinas norte y
Oeste de la casa, dejando un pasillo para
los peregrinos. Pero muchos de los
peregrinos ensanchan su círculo en este
punto e incluyen el recinto dentro de su
órbita, pasando alrededor del exterior
del muro bajo. El espacio que comprende se
llama "Hichr Ismail", ya que
bajo las losas que lo recubren se hallan
las tumbas de Ismael y Agar. Abd
al-Muttalib sentía tal gusto por estar
cerca de la Kaabah que, a veces, hacía
que le extendieran un lecho en el Hichr.
Una noche, mientras allí dormía, se le
apareció en una visión una figura de
formas imprecisas que le dijo:
"Excava la agradable claridad."
"¿Qué es la agradable claridad?",
preguntó, pero quien hablaba se desvaneció.
Al despertarse, Abd al-Muttalib sintió
tal felicidad y paz de espíritu que
decidió pasar la siguiente noche en el
mismo sitio. El visitante volvió y dijo:
"Excava la beneficencia." Mas
de nuevo quedó su pregunta sin respuesta.
La tercera noche le dijo: "Excava el
tesoro escondido", y una vez más se
desvaneció quien hablaba al ser
interrogado. Pero la cuarta noche la orden
fue: "Excava la Zamzam"; en esta
ocasión, al preguntar "¿Qué es la
Zamzam?", su interlocutor dijo: "Excávala,
no lo lamentarás, porque ella es tu
herencia, la de tu más grande antepasado.
Nunca se secará, ni dejará de proveer de
agua a toda la muchedumbre de
peregrinos." Luego,
el ser que hablaba le dijo que buscase un
lugar donde hubiera sangre y excremento,
un hormiguero y cuervos picoteando. Por último,
le dijo que suplicase "Agua abundante
y cristalina que abastecerá a los
peregrinos
durante toda su peregrinación."
(1.1.93) Despuntaba
el alba cuando Abd al-Muttalib se levantó
y abandonó el Hichr en la esquina
septentrional de la Casa Sagrada, llamada
la esquina iraquí. Luego caminó junto al
muro del noreste, en cuyo otro extremo está
la puerta de la Kaabah; pasando junto a ésta
se detuvo, unos metros más lejos, en la
esquina oriental, donde besó con
reverencia la Piedra Negra. Desde allí
comenzó el ritual de las
circunvalaciones, volviendo a pasar por
delante de la puerta hasta la esquina
iraquí, por el Hichr hasta la esquina
occidental -la esquina siria- y desde allí
hasta la esquina Yemení, que da hacia el
sur. Los hijos de Abraham, los linajes de
Ismael e Isáac por igual, circunvalan sus
santuarios con un movimiento contrario al
del sol. Mientras caminaba desde la
esquina Yemení hacia la Piedra Negra podía
ver la oscura ladera de Abu Qubays y, más
allá, las más lejanas colinas
orientales, que se recortaban de forma nítida
contra la luz amarilla. Dio siete veces la
vuelta; la luz se iba apreciando cada vez
más brillante, ya que los amaneceres y
los crepúsculos son breves en Arabia.
Habiéndose cumplido el rito, se dirigió
desde la Piedra Negra hacia la puerta y,
asiendo el anillo metálico que colgaba de
la cerradura, pronunció la plegaria que
se le había ordenado recitar. Hubo
un sonido de alas y un ave se posó en la
arena detrás de él. Luego se posó otra,
y cuando terminó su súplica se dio la
vuelta y las vio, contoneándose con sus
andares de cuervo, yendo hacia dos rocas
esculturales que estaban a unas cien
yardas, casi en frente de la puerta. Habían
sido adoptadas como ídolos, y en el
espacio entre ellos el Quraysh sacrificaba
a sus víctimas. Al igual que los cuervos,
Abd al-Muttalib sabía bien que en ese
lugar había siempre sangre en la tierra.
También había excrementos; y, al
acercarse, vio que también había un
hormiguero. Se
fue a su casa y cogió dos picos, uno de
ellos para su hijo Harith, a quien se llevó
consigo al lugar donde sabía que tenía
que cavar. Los sordos golpes de las
herramientas en la tierra y el espectáculo
poco habitual -el patio podía verse desde
todas partes- pronto atrajeron a multitud
de personas. A pesar del respeto que
sentían por Abd al-Muttalib, no pasó
mucho tiempo sin que algunos protestaran,
ya que era un sacrilegio excavar en el
lugar de los sacrificios entre los dos ídolos;
así pues, le dijeron que se detuviera.
Él les contestó que no lo haría, y a
Harith le dijo que permaneciera a su lado
y que procurara que nadie se interfiriese
en su tarea. Fue un momento de tensión y
el desenlace pudo haber sido desagradable.
Pero los dos hashimíes estaban decididos
y unidos, mientras que los espectadores
habían sido cogidos por sorpresa. Tampoco
estos ídolos, Isaf y Nailah, disfrutaban
de un rango elevado entre los ídolos de
la Meca, y algunos incluso decían que se
trataba de un hombre y una mujer
yurhumi'es que habían sido convertidos en
piedra por profanar la Kaabah. Así pues,
Abd al-Muttalib prosiguió cavando sin que
realmente nadie hiciese nada por
detenerlo; y, ya se estaban marchando
algunas personas del santuario, cuando, de
repente, golpeó la piedra que cubría
la fuente y profirió un grito de gracias
a Dios. La multitud se reagrupó y aumentó,
y cuando comenzó a sacar a la luz el
tesoro que Yurhum había enterrado allí
todos exigieron una parte de él. Abd al-Muttalib
se mostró de acuerdo en que cada objeto
se echase a suertes para saber si se dejaría
en el santuario, si sería para él
personalmente o si se dividiría entre
la tribu. Éste se había convertido en el
modo reconocido de decidir un asunto
dudoso, y se hacía mediante flechas
adivinatorias
en el interior de la Kaabah, delante de
Hubal, el ídolo moabí. En este caso,
parte del tesoro fue a parar a la Kaabah y
parte a Abd al-Muttalib, pero al Quraysh
no le tocó nada. Se acordó también que
el clan de Hashim se encargaría del
Zamzam pues, en cualquier caso, suya era
la función de suministrar agua a los
peregrinos. |