Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 39Armonía y discordia |
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El
Profeta dio instrucciones para que su
recién adquirido patio fuese convertido
en una mezquita y, al igual que en Quba,
comenzaron a trabajar inmediatamente en
ello. La mayor parte del edificio fue
hecho de ladrillos, pero en medio del
muro septentrional, es decir, el muro de
Jerusalén, pusieron piedras a ambos
lados del nicho de la plegaria. Las
palmeras del patio fueron cortadas y sus
troncos se utilizaron como pilares para
sostener el tejado de ramas de palmera,
aunque la mayor parte del patio se dejó
abierta. El
Profeta había dado el título de Ansar, que significa Ayudantes, a los
musulmanes de Medina, mientras que a los
musulmanes del Quraysh y otras tribus
que habían abandonado sus hogares y
emigrado al oasis les llamaba Muhayira,
es decir, Emigrantes. Todos
participaron en el trabajo, incluido el
Profeta, y mientras trabajaban cantaban
dos versos que alguien había compuesto
para la ocasion: “Oh
Dios, no hay más bien que el bien
futuro, ayuda
pues a los Ansar y a los Emigrantes.” Y
algunas veces cantaban: “No
hay más vida que la del Más Allá. Misericordia,
oh Dios, para los Emigrantes y los Ansar.” Se
esperaba que estos dos grupos serían
reforzados por un tercero. El Profeta
hizo entonces un pacto de obligación
mutua entre sus seguidores y los judíos
del oasis, constituyéndolos en una sola
comunidad de creyentes, pero aceptando
las diferencias entre las dos
religiones. Musulmanes y judíos tenían
que tener una condición semejante. Si
un judío era agraviado tenía que ser
auxiliado, para defender sus derechos,
por un musulmán y por un judío, y lo
mismo ocurría si la víctima del
agravio era un musulmán. En caso de
guerra contra los politeístas tenían
que luchar como un solo pueblo, y ni
los judíos ni los musulmanes podían
hacer una paz por separado, sino que ésta
era indivisible. En caso de diferencia
de opinión o disputa o controversia el
caso tenía que ser remitido a Dios a
través de su Enviado. No había, sin
embargo, ninguna estipulación explícita
de que los judíos debían reconocer
formalmente a Muhámmad como el Enviado
y Profeta de Dios, aunque a lo largo de
todo el documento se le trataba como
tal. Los
judíos aceptaron este pacto por razones
políticas. El Profeta ya era con mucho
el hombre más poderoso de Medina y
parecía probable que su poder
aumentase. No había otra elección que
la de aceptar; aun así, muy pocos de
ellos eran capaces de creer que Dios
enviase un Profeta que no fuera judío.
Al principio se mostraron abiertamente
cordiales, dijesen lo que dijesen entre
ellos y por muy convencidos que
estuvieran de su propia superioridad, la
superioridad inmensa e incomparable del
pueblo elegido sobre todos los demás.
De todas formas, aunque su escepticismo
acerca de la nueva religión normalmente
se hallaba encubierto, siempre estaban
dispuestos a compartirlo con cualquier
árabe que abrigase dudas sobre el origen
Divino de la Revelación. El
Islam continuó extendiéndose rápidamente
entre los clanes de Aws y Jazrach, y
algunos creyentes esperaban con
impaciencia el día en que, gracias al
pacto con los judíos, el oasis sería
un todo armonioso. Pero la Revelación
advirtió entonces sobre elementos de
discordia ocultos. Fue por esta época
cuando comenzó la revelación de la azora
más extensa del Corán. Al-Baqara
(La Vaca), que está situada al
comienzo del Libro, inmediatamente después
de los siete versículos de Al-Fatiha,
la Apertura. Comienza con una definición
de quienes están bien guiados: “Alif-Lam-Mim.
Este es el Libro —indudablemente—,
guía para los temerosos de Dios, que
creen en lo Oculto, que cumplen la
plegaria y dan limosna de lo que les
hemos concedido, que creen en lo que te
fue revelado y en lo que fue revelado
antes de ti, y que están seguros del Más
Allá. Ellos son quienes siguen la guía
de tu Señor y ellos prosperarán” (II,
2-5). Luego,
después de mencionar a los infieles que
están ciegos y sordos a la verdad, se
cita un tercer grupo de gentes: “y
entre los hombres hay quienes dicen:
‘creemos en Dios y en el Último Día’,
y sin embargo no son creyentes. Cuando
encuentran a quienes creen dicen:
‘Creemos’. Y cuando están a solas
con sus demonios dicen: ‘Estamos con
vosotros. Nos estábamos mofando’.”
Eran éstos los irresolutos, los dudosos
y los hipócritas de Aws y Jazrach en
todos los distintos grados de
insinceridad; y sus demonios, es decir
las inspiraciones del mal, eran los
hombres y mujeres infieles que hacían
cuanto podían para sembrar las semillas
de la duda. El Profeta fue puesto aquí
en guardia contra un problema que de
ninguna manera le había preocupado en
la Meca. Allí la sinceridad de los que
abrazaron el Islam jamás fue puesta en
duda. Las razones para la conversión
solamente podían ser espirituales, ya
que por lo que se refería a las cosas
de este mundo un converso no tenía nada
que ganar y en muchos casos mucho que
perder. Pero ahora había ciertas
razones mundanas que podían incitar a
abrazar la nueva religión, y éstas
aumentaban continuamente. Los día de la
total ausencia de hipócritas entre
las filas de los musulmanes habían
terminado para siempre. Algunos
de los demonios a los que se hace
referencia eran de los judíos. La misma
Revelación dice: “Mucha de la gente de la Escritura, por
envidia, desearía volver a haceros
infieles después de que habéis creído”
(II, 109). Los judíos habían
esperado con impaciencia la llegada del
Profeta anunciado, no por la iluminación
espiritual que traería sino porque podrían
recuperar la anterior supremacía que
habían disfrutado en Yathrib. Y ahora,
para su consternación, veían que era
un descendiente de Ismael, y no de
Isaac, quien estaba proclamando la
Verdad con un éxito que verdaderamente
hacía pensar en la asistencia Divina.
Temían que fuera realmente el Profeta
prometido, de ahí su envidia del pueblo
al que le había sido enviado. Aun así,
esperaban que no lo fuese, e
incesantemente buscaban la forma de
persuadirse a sí mismos y a otros de
que no reunía los verdaderos requisitos
de un Enviado del Cielo. “Muhámmad
afirma que le vienen nuevas del Cielo,
sin embargo no sabe dónde está su
camella”, dijo un judío un día
en que se había extraviado una de las
camellas del Profeta. “Yo sólo sé
lo que Dios me da a conocer”,
afirmó el Profeta cuando se enteró de
ello, “y Él me ha mostrado esto:
la camella está en la cañada que os
diré, enganchada a un árbol por el
ronzal” (I.I.361). Algunos de los
Ansar fueron y la encontraron donde él
había dicho que estaba. Muchos
de los judíos dieron la bienvenida a lo
que parecía ser el final de todas las
amenazas de un nuevo estallido de
contienda civil en el oasis. Había
habido sin embargo ventajas en ese
peligro, porque la división entre los
árabes había realzado en gran medida
la situación de los no árabes, que
eran muy solicitados como aliados. Pero
la unión de Aws y Jazrach hacía
innecesarias las antiguas alianzas,
mientras que al mismo tiempo daba a los
árabes de Yathrib una fuerza
formidable. El pacto de los judíos con
el Profeta les permitía ser partícipes
de esa fuerza. Pero también significaba
obligaciones contraídas de cara a una
posible guerra contra la fuerza árabe
mucho mayor que existía más allá del
oasis: podía haber otras desventajas
graves para ellos en el nuevo orden de
cosas, conocían muy bien el antiguo
orden y estaban tan versados en sus
maneras que muchos pronto comenzaron a
anhelar el retorno a él. Un anciano político
judío de los Bani Qaynuqa, maestro en
el arte de explotar la discordia ente
las tribus árabes, se sintió
especialmente frustrado por la nueva
amistad entre Aws y Jazrach. Dio por lo
tanto instrucciones a un joven que tenía
una hermosa voz para que fuese y se
sentase entre los Ansar cuando
estuviesen todos reunidos y les recitase
algunas poesías que habían sido
compuestas por hombres de ambas tribus
inmediatamente antes y después de Buath,
—la batalla más reciente de la guerra
civil—, poemas de injuria a los
enemigos, de glorificación de las
gestas heroicas, elegías por los
muertos, amenazas de venganza. El joven
hizo como se le había dicho, y pronto
centró la atención de todos los que
estaban allí, llevándoles del presente
al pasado. Los hombres de Aws aplaudían
con entusiasmo la poesía de Aws, y los
de Jazrach, la de Jazrach, y entonces
ambos bandos comenzaron a discutir entre
sí, a jactar-se, a insultarse y
amenazarse hasta que al final se produjo
el grito de “¡A las armas, a las
armas!” resueltos a recomenzar la
pendencia. En cuanto el Profeta tuvo
noticia de esto congregó a todos los
Emigrantes que en ese momento estaban
disponibles y partieron sin demora hacia
donde las dos huestes estaban ya casi
formadas en orden de batalla. “¡Oh
musulmanes!” dijo el Profeta, y
luego pronunció dos veces el nombre de
Dios, “Allah,
Allah”. “¿Actuaréis”
—continuó— “como en los días
de la ignorancia, sin importaros que
yo esté con vosotros, que Dios os haya
guiado al Islam, os haya honrado con
ello y, por ende, os haya hecho posible
romper con vuestras costumbres paganas,
os haya salvado de la infidelidad y haya
unido vuestros corazones?”. Al
instante comprendieron que habían sido
extraviados, y lloraron y se abrazaron
entre sí, y regresaron con el Profeta a
la ciudad, atentos y obedientes a sus
palabras. (I.I. 386). A
fin de unir aún más la comunidad de
los creyentes, el Profeta instituyó
entonces un pacto de hermandad entre los
Ansar y los Emigrantes, para que cada
Ansar tuviese un hermano Emigrante que
fuese para él más cercano que
cualquier Ansar, y cada Emigrante
tuviese a su vez un hermano Ansar que le
fuese más cercano que cualquier
Emigrante. Pero él hizo de sí y de su
familia una excepción, ya que le habría
sido demasiado odioso elegir como
hermano a un Ansar en lugar de otro; tomó
pues a Ali de la mano y dijo: “Este
es mi hermano”, y hermanó a Hamza
con Zayd. Entre
los principales adversarios del Islam se
encontraban dos primos, los hijos de dos
hermanas, pero de Aws y Jazrach por
parte de padre, teniendo cada uno de
ellos gran influencia en su tribu. El
hombre de Aws, Abu Amir, a veces era
conocido como “el Monje”
porque durante mucho tiempo había sido
un asceta y se sabía que había vestido
un manto de pelo. Decía ser de “la
religión de Abraham” (II,135). “Pero
yo soy de ella”, dijo Abu Amir, y
obstinándose a la vista de la negación
acusó al Profeta de haber falsificado
la fe de Abraham. “No lo he
hecho”, dijo el Profeta, “sino
que la he traído blanca y pura”. “¡Dios
haga que el mentiroso muera en el exilio
proscrito y solo!” dijo Abu Amir, “¡Que
así sea!” dijo el Profeta, “¡Que
Dios castigue con eso al que miente!”
(I.I. 411-12). Abu
Amir pronto vio que su autoridad estaba
perdiendo peso rápidamente, y se
sintió aún más amargado por la devoción
de su hijo Hanzala por el Profeta. No
transcurrió mucho tiempo hasta que
decidió llevarse a los seguidores que
le quedaban, unos diez en total, a la
Meca, sin darse cuenta aparentemente de
que ése era el comienzo de su exilio
autoimprecado. Su
primo del Jazrach era Abdallah Ibn Ubayy,
que también se sentía frustrado por la
venida del Profeta y que consideraba que
le había sido robada no la autoridad
espiritual sino el principal poder
temporal en el oasis de Yathrib. También
él hubo de experimentar la amargura de
ver a su propio hijo, Abdallah,
completamente ganado por el Profeta para
su causa, así como a su hija Yamila.
Pero a diferencia de Abu Amir, Ibn Ubayy
estaba preparado para la espera,
pensando que tarde o temprano la
irresistible influencia del recién
llegado tendría que empezar a declinar.
Mientras tanto, su política era la de
no comprometerse hasta donde fuera
posible, aunque a veces lo traicionaban
sus propios sentimientos. En
una de esas ocasiones fue cuando enfermó
Saad ibn Ubadah, otro jefe del Jazrach,
y el Profeta fue a visitarlo. Todos los
hombres ricos del oasis habían
construido sus casas como fortalezas, y
de camino el Profeta pasó junto a
Muzaham, la fortaleza de Ibn Ubayy,
quien se encontraba sentado a la sombra
de sus muros y rodeado por algunos de
sus compañeros de clan y otros hombres
del Jazrach. El Profeta, por cortesía
hacia este jefe, desmontó de su asno y
fue a saludarlo, sentándose durante un
rato en su compañía. Recitó el Corán
y lo invitó al Islam. Cuando hubo dicho
todo lo que se había visto impulsado a
decir, Ibn Ubayy se volvió hacia él y
dijo: “Nada
podría ser mejor que este discurso
vuestro, si fuera verdad. Siéntate
entonces en casa, en tu propia casa, y a
quien vaya á verte sermonéale así,
pero a quien no vaya no le cargues con
tu charla, y no te metas en la reunión
de quien no lo desea.” “No”,
dijo una voz. “Ven a nosotros con
ello, y visítanos en nuestras
reuniones, en nuestros barrios, en
nuestras casas, porque nos encanta eso,
y eso nos lo ha dado Dios en su
Munificencia, y hacia ello nos ha
guiado.” El que hablaba era
Abadallah Ibn Rawaha, un hombre con cuyo
apoyo Ibn Ubayy había pensado que podía
contar ante cualquier contingencia. El
decepcionado jefe recitó entonces
hoscamente un verso en el sentido de que
cuando los amigos desertan de uno, ese
uno está abocado a ser vencido. Había
aprendido con más claridad que nunca
que era inútil resistir. En cuanto al
Profeta, se marchó profundamente entristecido,
a pesar del encendido tributo de
Abdallah, y cuando entró en la casa del
enfermo era como si todavía llevara en
la cara el desaire recibido. Saad le
preguntó inmediatamente qué le sucedía;
cuando le contaron la infidelidad
impenetrable de Ibn Ubayy dijo: “Trátale
con suavidad, oh Enviado de Dios,
porque cuando Dios te trajo aquí
nosotros estábamos entonces forjando
una diadema con la que coronarlo, y
considera que le has robado un reino”. El
Profeta nunca olvidó estas palabras; y
por lo que a Ibn Ubayy se refiere,
pronto comprendió que su influencia,
otrora tan grande, disminuía con
rapidez y que si no abrazaba el Islam se
desvanecería por completo. Por otro
lado sabía que una aceptación nominal
del Islam le confirmaría en su
autoridad, porque los árabes sentían
repugnancia por romper los viejos vínculos
de fidelidad a no ser que hubiese una
razón de peso para hacerlo. En
consecuencia, no tardó mucho tiempo en
decidirse a abrazar el Islam; con todo,
aunque se comprometió personalmente con
el Profeta y en adelante acudió con
regularidad a las plegarias, los
creyentes nunca llegaron a estar muy
seguros de él. Había otros acerca de
quienes existían igualmente dudas,
pero Ibn Ubayy era distinto de la mayoría
de los conversos poco entusiastas e
insinceros debido al gran alcance de su
influencia, lo que lo hacia tanto más
peligroso. Durante
los primeros meses, mientras todavía se
estaba construyendo la mezquita, la
comunidad sufrió una gran pérdida con
la muerte de Asad, el primer hombre del
oasis en rendir fidelidad al Profeta. Él
había sido el anfitrión de Musab, y
había trabajado muy estrechamente con
él durante el año entre los dos Aqabah.
El Profeta dijo: “Los judíos y los
árabes hipócritas seguramente dirán
de mí: ‘Si fuese un Profeta no habría
muerto su compañero’.” Y
ciertamente de poco vale mi voluntad
para mí o para mi compañero contra la
voluntad de Dios” (I.I. 346). Fue
posiblemente en el funeral de Asad
cuando tuvo lugar el segundo encuentro
entre Salman el Persa y el Profeta. En años
posteriores Salman describiría este
encuentro al hijo de Abbas, diciendo: “Fui
a ver al Enviado de Dios cuando se
encontraba en el Baqi Al-Garqad,[i]
donde él había ido siguiendo el
féretro de uno de sus Compañeros”.
Salman había sabido que el Profeta
estaría allí y se las había arreglado
para ausentarse de su trabajo, con
tiempo para llegar al cementerio después
del entierro, mientras que el Profeta
todavía estaba allí sentado con
algunos Emigrantes y Ansar. “Lo
saludé”, dijo Salman, “y
luego me senté en el círculo detrás
de él con la esperanza de poder verle
el Sello. El supo lo que yo quería;
agarró, pues, su manto y se lo bajó
por la espalda, y observé el Sello de
la Profecía tal y como me lo había
descrito mi Señor. Me incliné sobre él,
lo besé y lloré. Entonces el Enviado
de Dios me ordenó que me acercase y fui
y me senté delante de él, le conté mi
historia y él se sintió feliz de que
sus Compañeros la escuchasen. Luego
abracé el Islam.” (I.I. 141; I.S.
IV, 56). Pero Salman siguió trabajando
duramente como esclavo entre los Bani
Qurayzah y durante los cuatro años
siguientes no pudo tener mucho contacto
con sus correligionarios musulmanes. Otro
hombre de “las
gentes del Libro” que abrazó el
Islam por esta época fue un rabino de
los Bani Qaynuqa, Husayn Ibn Sallam.
Acudió al Profeta en secreto y le prestó
juramento de fidelidad. Acto seguido el
Profeta le dio el nombre de Abdallah, y
el nuevo converso sugirió que antes de
que su Islam fuese conocido debían
preguntar a su gente sobre la posición
que él ocupaba entre ellos. El Profeta
lo ocultó en su casa y envió por
algunos de los hombres principales de
los Qaynuqa. “El es nuestro jefe”,
fue su respuesta a la pregunta, “y
el hijo de nuestro jefe; él es nuestro
rabino y nuestro sabio”.
Entonces Abdallah apareció ante ellos y
dijo: “¡Oh judíos, temed a Dios y
aceptad lo que El os ha enviado, porque
sabéis que este hombre es el Enviado de
Dios!”. A continuación afirmó su
Islam y el de los miembros de su casa, y
su gente lo injurió y negó la buena
posición que antes habían afirmado que
tenía entre ellos. El
Islam estaba ya firmemente establecido
en el oasis. La Revelación prescribía
la donación de limosnas y el ayuno
durante el mes de Ramadán, y establecía
en general lo que estaba prohibido y lo
que se permitía. Las cinco plegarias
rituales diarias se realizaban
regularmente en asamblea, y cuando
llegaba el momento de cada plegaria la
gente se congregaba en el lugar donde se
estaba construyendo la mezquita. Todo el
mundo juzgaba sobre el momento de la
plegaria por la posición del sol en el
cielo o por las primeras señales de su
luz en el horizonte oriental o por el
declive de su brillo después del ocaso.
Pero las opiniones podían diferir y el
Profeta sentía la necesidad de
encontrar un medio para convocar a la
gente cuando hubiese llegado el tiempo
exacto de cada plegaria. En un principio
pensó en designar a un hombre que
hiciese sonar un cuerno como el de los
judíos, pero después se decidió por
un badajo de madera, naqus,
como el que por aquel entonces
empleaban los cristianos orientales, y
para ese fin se prepararon dos trozos
de madera juntos. Pero estaban
destinados a no ser utilizados nunca:
Una noche un hombre del Jazrach,
Abdallah Ibn Zayd —que había tomado
parte en el segundo juramento de Aqabah,
tuvo un sueño, que contó al día
siguiente al Profeta: “Pasó junto
a mí un hombre que vestía dos prendas
de color verde y llevaba en la mano un
naqus y yo le dije: ‘Oh siervo de
Dios, ¿me quieres vender este naqus?’
‘¿Qué harás con él?’ , respondió.
‘Con él convocaremos a la gente a la
plegaria’ le dije. ‘¿Desearías
que te mostrara una forma mejor?’ ‘¿Qué
forma es ésa?’ pregunté. Y él
respondió: ‘Que digáis: ¡Dios es el
más Grande! —Allahu Akbar—”. El
hombre de verde repitió esta
magnificación cuatro veces, y después
dos veces cada una de las siguientes:
‘Doy testimonio de que no hay dios
sino Dios. Doy testimonio de que Muhámmad
es el Enviado de Dios. Venid a la
plegaria. Venid a la salvación. Dios es
el más Grande’. Y luego, una vez más,
‘no hay dios sino Dios’.” El
Profeta afirmó que se trataba de una
visión auténtica y le dijo que
acudiese a Bilal, que tenía una voz
excelente, y le enseñase las palabras
exactamente tal y como las había
escuchado en el sueño. La casa más
alta del vecindario donde estaba la
mezquita pertenecía a una mujer del
clan de Nayyar, y Bilal iba allí antes
de cada amanecer y se sentaba en el
tejado esperando la salida del sol.
Cuando veía las primeras débiles luces
por el oriente extendía sus brazos y
decía en súplica: “¡Oh, Dios, te
alabo y pido tu ayuda para el Quraysh,
para que acepten Tu religión!”
Luego, de pie, pronunciaba la llamada a
la plegaria. [i]
El cementerio del extremo sudeste de
Medina. |
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