Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 37La Hégira |
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Mientras
tanto, el Profeta había vuelto con Abu
Bakr, y sin pérdida de tiempo salieron
a través de una ventana, por la parte
trasera de la casa, donde los estaban
esperando dos camellos ya ensillados.
El Profeta montó en uno de ellos y Abu
Bakr en el otro, con su hijo Abdallah
detrás de él. Tal y como habían
planeado se encaminaron hacia una cueva
en el monte Thawr, situado un poco hacia
el sur, en el camino del Yemen, porque
sabían que en cuanto se descubriese la
ausencia del Profeta enviarían
pelotones de búsqueda para cubrir todas
las afueras del norte de la ciudad. Tras
haber recorrido un poco de camino más
allá de los alrededores de la Meca,
el Profeta detuvo su camello y dijo: “De
toda la tierra de Dios, eres tú el
lugar más querido para mí y el más
querido para Dios; y si mi pueblo no me
hubiera expulsado de ti, no te habría
abandonado.” Amir
Ibn Fuhayra, el pastor que Abu Bakr había
comprado como esclavo y que luego había
liberado y puesto al cuidado de su rebaño,
los había seguido con su rebaño para
hacer desaparecer las pisadas. Cuando
llegaron a la cueva, Abu Bakr envió a
su hijo de vuelta a casa, con los
camellos, diciéndole que escuchase lo
que se diría en la Meca al día
siguiente cuando se descubriera la
ausencia del Profeta, y que se lo
comunicase a ellos por la noche. Amir
debía apacentar sus rebaños como
habitualmente lo hacía con los otros
pastores durante el día y llevarlos a
la cueva por la noche, siempre cubriendo
las huellas de Abdallah entre Thawr y la
Meca. La
noche siguiente Abdallah volvió a la
cueva y con él fue su hermana Asma,
llevando alimentos. Sus noticias eran
que el Quraysh había ofrecido una
recompensa de cien camellos para quien
pudiese encontrar a Muhámmad y lo
devolviese a la Meca. Ya había jinetes
siguiendo todas las rutas normales que
iban de la Meca a Yathrib, con la
esperanza de dar alcance a ambos, porque
se daba por sentado que Abu Bakr acompañaba
al Profeta, ya que él también había
desaparecido. Otros,
sin embargo, quizás desconocidos para
Abdallah, pensaban que tenían que estar
ocultos en una de las numerosas cuevas
de las colinas que circundan la Meca.
Además, los árabes del desierto son
buenos rastreadores: incluso cuando un
rebaño de ovejas hubiese seguido el
camino previamente hollado por dos o
tres camellos el beduino medio adivinaría
de un solo vistazo los restos de las
huellas mayores de las pezuñas de los
camellos que una multitud de pisadas
menores habría borrado. Parecía
improbable que los fugitivos estuviesen
al sur de la ciudad; con todo, por una
recompensa tan generosa había que
intentar todas las posibilidades y,
ciertamente, las ovejas habían sido
precedidas por camellos en aquellos
rastros que llevaban en dirección al
Thawr. Al
tercer día, el silencio de su santuario
de montaña fue roto por el sonido de
unas aves —un par de palomas de las
rocas, pensaron ellos— arrullándose
y aleteando fuera de la cueva. Luego,
después de un rato, escucharon el
sonido débil de voces humanas, a alguna
distancia, por debajo de ellos, pero
haciéndose cada vez más audibles, como
si los hombres estuviesen escalando la
ladera de la montaña. No esperaban a
Abdallah hasta después de la caída de
la noche y todavía quedaban algunas
horas para la puesta del sol, aunque, de
hecho, extrañamente, había poca luz en
la cueva para la hora del día que se
suponía que era. Las voces ya no
estaban lejos —cinco o seis hombres
por lo menos— y aún continuaban acercándose.
El Profeta miró a Abu Bakr y dijo: “No
te aflijas, porque ciertamente Dios está
con nosotros” (IX, 40). Y luego
dijo: “¿Qué piensas tú de dos
cuando Dios es su tercero?” (B.
LVII, 5). Pudieron oír entonces el
sonido de las pisadas, que se acercaron
y luego se detuvieron: los hombres
estaban delante de la cueva. Hablaban
con decisión, mostrándose todos de
acuerdo en que no había necesidad de
entrar en ella; era imposible que
alguien pudiera estar allí. Luego se
volvieron hacia el camino por el que
habían llegado. Cuando
el sonido de las pisadas y de las voces
que se retiraban se hubo desvanecido el
Profeta y Abu Bakr salieron a la boca de
la cueva. Delante de ellos, casi
ocultando la entrada, había una acacia
de casi la altura de un hombre que esa
misma mañana no se encontraba allí, y
sobre el espacio que había quedado
entre el árbol y la pared de la cueva
una araña había tejido su tela.
Miraron a través de la tela de araña y
allí, en el hueco de la roca, donde un
hombre podría pisar al entrar en la
cueva, una paloma de las rocas había
hecho su nido y se hallaba sentada cerca
como si tuviese huevos, con el macho
posado sobre un saliente algo más
arriba. Cuando
a la hora que habían convenido oyeron
aproximarse a Abdallah y a su hermana
apartaron con cuidado la tela que había
sido su protección y, procurando no
molestar a la paloma, fueron a
recibirlos. Amir también había venido,
esta vez sin su rebaño. Había traído
al beduino a quien Abu Bakr había
confiado los dos camellos elegidos para
su viaje. El hombre no era creyente aún,
pero podía confiarse en él para
guardar el secreto y también para que
los guiase a su punto de destino a través
de senderos apartados tales que sólo
un verdadero hijo del desierto conocería.
Estaba esperando abajo en el valle con
las dos monturas y un tercer camello que
había traído para él. Abu Bakr se iba
a llevar a Amir detrás de él en su
camello, para que se ocupase de las
necesidades de ambos. Dejaron la cueva y
descendieron por la ladera. Asma, que
trajo un saco con provisiones, se había
olvidado de llevar cuerda. Se quitó
entonces el cinturón y lo dividió en
dos trozos de igual longitud, usando uno
para asegurar el saco a la silla de su
padre y otro lo guardó para ella. Fue
así como se ganó el sobrenombre de “la
de los dos cinturones”. Cuando
Abu Bakr ofreció al Profeta el mejor de
los dos camellos, dijo el Enviado de
Dios: “No montaré una camella que
no es de mi propiedad”. “Pero
es tuya, ¡oh Enviado de Dios!”,
respondió Abu Bakr. “No;”
dijo el Profeta, “pero ¿qué
precio pagaste por ella?” Abu Bakr
se lo dijo, y él le contestó: “La
tomo por ese precio”. No
insistió más Abu Bakr para que la
tomase como presente —aunque el
Profeta había aceptado muchos regalos
de él en el pasado—, porque ésta era
una ocasión solemne. Era la Hégira
del Profeta, su ruptura con todos
los vínculos de hogar y patria por la
causa de Dios. Su ofrenda, el acto de
emigrar, tenía que ser completamente
suyo, no compartido por otro desde ningún
punto de vista. Por consiguiente, la
montura sobre la que se iba a realizar
el acto tenía que ser suya, pues era
parte de su ofrenda. El nombre de la
camella era Qaswa, y fue siempre su
camella favorita. Su
guía se alejó de la Meca hacia el
oeste y un poco hacia el sur hasta que
llegaron a las orillas del Mar Rojo.
Yathrib está justo al norte de la Meca
en línea recta, pero fue solamente en
este punto en el que tomaron rumbo
norte. El camino costero corre en
dirección noroeste y durante unos pocos
días lo siguieron. En una de sus
primeras noches, mirando a través de
las aguas hacia el desierto de Nubia,
vieron la luna nueva del mes de Rabi Al-Awwal.
“¡Oh creciente de bien y de guía,
mi fe está en Aquél que te creó!” (A.H.
V, 329), diría el Profeta al ver la
luna nueva. Una
mañana se sintieron algo consternados:
una pequeña caravana se iba aproximando
en dirección contraria. Pero sus
sentimientos se trocaron en alegría
cuando se dieron cuenta de que se
trataba del primo de Abu Bakr, Talha,
que venía de Siria, donde había
comprado telas y otras mercancías con
las que iban cargados sus camellos. En
su camino de regreso se había detenido
en Yathrib, y tenía la intención de
volver allí tan pronto como hubiese
vendido sus mercancías en la Meca. La
llegada del Profeta al oasis, dijo, se
esperaba con la mayor impaciencia; y
antes de despedirse de ellos les dio a
cada uno una muda de ropas de las finas
prendas blancas de Siria que había
planeado vender a algunos de los más
ricos hombres del Quraysh. Poco
después de su encuentro con Talha
viraron en dirección norte, dirigiéndose
paulatinamente hacia el interior desde
la costa, y luego hacia el noroeste,
enfilando por fin el camino directo a
Yathrib. En un punto de su viaje el
Profeta recibió una Revelación que le
decía: “Verdaderamente,
Quien te ha impuesto el Corán te
devolverá otra vez al hogar” (XXVIII,
85). Poco
antes del alba del duodécimo día después
de abandonar la cueva llegaron al valle
de Aqiq y, cruzando el valle, subieron
por las accidentadas laderas del otro
lado. Antes de alcanzar la cima el sol
estaba bien alto y el calor era intenso.
En otras circunstancias se habrían
detenido para descansar hasta que los
grandes calores del día hubiesen
pasado, pero en aquel momento decidieron
subir la cresta final de la pendiente, y
cuando por fin pudieron contemplar la
llanura que bajo su mirada se extendía
no era ya cuestión de detenerse. El
lugar con el que el Profeta había soñado,
“la tierra bien regada entre dos
extensiones de piedras negras”,
yacía ante ellos, y el gris-verde de
los palmerales y el verde más tenue de
los huertos y jardines se extendían en
un punto hasta tres millas al pie de la
ladera que habían de descender. El
punto más cercano de verdor era Quba,
donde la mayoría de los emigrados de
la Meca se había establecido en primer
lugar, y donde muchos de ellos permanecían
aún. El Profeta dijo a su guía: “Condúcenos
directamente a los Bani Amr en Quba, y
no nos acerques todavía a la ciudad”
—porque la parte más densamente
poblada del oasis era llamada así—.
Esa ciudad habría de ser conocida
pronto en toda Arabia, y luego en todas
partes, como “La Ciudad”, en
árabe Al-Madina,
en español Medina. Varios
días antes habían llegado al oasis
noticias de la Meca sobre la desaparición
del Profeta y sobre la recompensa
ofrecida por él. La gente de Quba
esperaba su llegada todos los días,
porque ya se había pasado aquél en el
que debería haber llegado; cada mañana
pues, después de la plegaria del alba,
algunos de los Bani Amr salían a
buscarlo, y con ellos iban hombres de
otros clanes que habitaban allí al
igual que aquellos emigrantes qurayshíes
que aún no se habían trasladado a
Medina y que salían también en busca
de Muhámmad. Iban más allá de los
campos y de los palmerales hacia la
extensión de lava, y después de haber
recorrido una cierta distancia se
detenían y esperaban hasta que el calor
del sol se hacia intenso; entonces volvían
a sus hogares. Como cada mañana, aquélla
también habían salido; sin embargo,
para cuando los cuatros viajeros
comenzaron su descenso por la ladera
rocosa, ellos estaban ya de regreso en
sus casas. No hubo en esos momentos ojos
fijos mirando hacia esa dirección; pero
el sol brillaba sobre las ropas blancas
y nuevas del Profeta y de Abu Bakr que
se destacaban, con toda intensidad,
contra el fondo de piedras volcánicas
negro-azuladas; y un judío, que por
casualidad en ese momento se encontraba
en el tejado de su casa, los vio. Al
punto adivinó quiénes tenían que ser,
porque los judíos de Quba habían
preguntado y les habían contado la razón
por la que a tantos de sus vecinos les
había dado por salir en grupo hacia el
yermo todas las mañanas sin excepción.
Gritó entonces con toda su voz: ser “¡Hijos
de Qayla, ha llegado, ha llegado!”
La llamada fue inmediatamente recogida y
hombres, mujeres y niños salieron
deprisa de sus casas y se dirigieron
hacia la franja de verdor que conducía
a la extensión de piedra. Pero no
tuvieron que ir muy lejos ya que los
viajeros habían alcanzado para entonces
el palmeral más distante. Fue una
explosión de alegría por todas partes,
y el Profeta se dirigió a ellos
diciendo: “¡Oh gentes, daos los
unos a los otros saludos de Paz; dad de
comer al hambriento; honrad los vínculos
de parentesco; orad durante las horas en
que los hombres duermen! Así entraréis
en Paz en el Paraíso.” (I.S.
I/i, 159). Se
decidió que debía alojarse con Kulthum,
un anciano de Quba que anteriormente había
acogido en su casa a Hamza y a Zayd
cuando llegaron procedentes de la
Meca. Los Bani Amr, el clan de Kulthum,
eran de los Aws; y fue sin duda en
cierto modo para que las dos tribus de
Yathrib compartiesen la hospitalidad por
lo que Abu Bakr se hospedó con un hombre
del Jazrach en el pueblo de Sunh, el
cual quedaba un poco más cerca de
Medina. Al cabo de un día o dos llegó
Ali de la Meca y se quedó en la misma
casa que el Profeta. Había tardado tres
días en devolver a sus propietarios
los bienes que le habían sido
depositados. Muchos
fueron los que acudieron entonces a
saludar al Profeta. Entre ellos, también
algunos judíos de Medina, atraídos más
por curiosidad que por buena voluntad.
Pero la segunda o tercera noche acudió
un hombre cuyo aspecto era diferente al
de cualquiera de los demás. Claramente
no era ni árabe ni judío. Salman, así
se llamaba, había nacido de padres persas
zoroástricos en el pueblo de Yayy,
cerca de Isfahan, pero se había convertido
al cristianismo y se había ido a Siria
siendo muy joven. Allí se había
vinculado a un obispo santo quien, en el
lecho de muerte, le recomendó que
fuese a ver al Obispo de Mosúl que,
como él, era un anciano, pero también
el mejor hombre que conocía. Salman
partió hacia el norte de Iraq, y éste
fue para él el comienzo de una serie de
relaciones con ancianos sabios
cristianos hasta que el último de éstos,
también en el lecho de muerte, le
dijo que estaba a punto de llegar el
momento en que aparecería un Profeta: “Será
enviado con la religión de Abraham y
aparecerá en Arabia donde emigrará de
su hogar a un lugar entre dos zonas de
lava, un país de palmeras. Sus señales
son claras: comerá de un obsequio pero
no si es dado como limosna; y entre sus
hombros está el sello de la profecía”.
Salman resolvió unirse al Profeta y pagó
a un grupo de mercaderes de la tribu de
Kalb para que lo llevasen con ellos a
Arabia. Pero cuando llegaron a Wadi-l-Qura,
cerca del golfo de Aqabah al norte del
Mar Rojo, lo vendieron como esclavo a un
judío. La visión de las palmeras en
Wadi-l-Qura le hizo preguntarse si ésta
podría ser la ciudad que estaba
buscando, aunque tenía sus dudas. No
pasó sin embargo mucho tiempo antes de
que el judío lo vendiese a un primo
suyo de los Bani Qurayza de Medina, y
tan pronto como vio la configuración
del terreno no le cupo ninguna duda de
que ése era el lugar a donde el Profeta
emigraría. El
nuevo dueño de Salman tenía otro primo
que vivía en Quba, y a la llegada del
Profeta este judío de Quba se encaminó
hacia Medina con la noticia. Encontró a
su primo sentado bajo una de sus
palmeras, y Salman, que estaba
trabajando en la copa de un árbol, le
escuchó decir: “¡Dios maldiga a
los hijos de Qaylah! Todos están ahora
congregados en Quba por un hombre que
hoy ha llegado a ellos desde la Meca.
Afirman que es un Profeta.”
Estas últimas palabras llenaron a
Salman de la certeza de que sus
esperanzas se habían realizado, y el
impacto fue tan grande que todo su
cuerpo se vio sacudido por temblores.
Temió caerse del árbol, por lo que se
bajó, y, una vez en el suelo, comenzó
a interrogar con impaciencia al judío
de Quba, pero su amo se enfadó y le
ordenó volver a su trabajo en el árbol.
Esa noche, sin embargo, se marchó
sigilosamente llevándose consigo algunos
alimentos que había guardado y se fue a
Quba. Allí encontró al Profeta sentado
con muchos compañeros, nuevos y
antiguos. Salman ya estaba convencido;
aun así, se acercó a él y le ofreció
el alimento, especificando que lo daba
en concepto de limosna. El Profeta dijo
a sus compañeros que comieran de
ello, pero El mismo no comió. Salman
esperaba que un día vería el sello de
la profecía, aunque haber estado en
presencia del Profeta y haberlo
escuchado fue bastante para aquel primer
encuentro, y regresó a Medina alegre
y agradecido. |
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