Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 36Una conspiración |
|
Las
aparentes apostasías de Hisham y Ayyash
no fueron más que pequeños triunfos del
Quraysh, completamente rebasados por el
flujo continuo de emigrantes que les era
imposible controlar. Algunas de las casas
mayores de la Meca se encontraban ahora
sin inquilinos; otras, que habían estado
llenas, estaban vacías salvo con una o
dos personas ancianas. En la ciudad que
tan sólo diez años antes había parecido
tan próspera y armoniosa todo había
cambiado gracias a este único hombre.
Pero mientras que estos sentimientos de
tristeza y melancolía iban y venían,
existía la conciencia persistente de un
peligro cada vez mayor proveniente de esa
ciudad del norte donde ahora se estaban
agrupando tantos enemigos potenciales;
hombres a quienes no les importaban los vínculos
de la sangre si entraban en conflicto con
su religión. Quienes habían oído al
Profeta decir: “Quraysh, os traigo
inmolación”, nunca lo habían
olvidado, aunque cuando lo dijo no parecía
que hubiese nada que temer. Pero si él
ahora se escapaba, a pesar de la continua
vigilancia a la que lo tenían sometido, y
se iba a Yathrib, esas palabras podrían
demostrar ser algo más que una simple
amenaza. La
muerte de Mutim, el protector del Profeta,
pareció abrir el camino para la acción y
dar un horizonte a sus aspiraciones. Abu
Lahab se ausentó deliberadamente de la
reunión que los líderes del Quraysh
mantenían en la Asamblea. Después de una
larga discusión, cuando se habían
presentado y rechazado varias sugerencias,
se mostraron de acuerdo —algunos con
reservas— con el plan ideado por Abu
Yahl como la única solución efectiva
para su problema. Cada clan tenía que
designar a un joven fuerte, digno de
confianza y bien relacionado, y, en un
momento dado, estos hombres escogidos
deberían caer todos juntos sobre Muhámmad,
asestándole cada uno un golpe mortal para
que su sangre fuese derramada por todos
los clanes. Los Bani Hashim no podrían
enfrentarse con la totalidad de la tribu
del Quraysh; aceptarían el dinero
manchado de sangre —que les sería
ofrecido— en lugar de la venganza. De
este modo, por fin, la comunidad se vería
libre de un hombre que, mientras había
vivido, no les había dado más que
desasosiego. Gabriel
se presentó entonces al Profeta y le dijo
lo que tenía que hacer. Era mediodía,
una hora poco habitual para hacer visitas,
pero el Profeta se fue derecho hacia la
casa de Abu Bakr; éste supo
inmediatamente, en cuanto lo vio a esa
hora del día, que algo importante había
sucedido. ‘Aisha y su hermana mayor Asma
estaban con su padre cuando el Profeta
entró. “Dios me ha permitido
abandonar la ciudad y emigrar”,
dijo. “¿Junto conmigo?”,
preguntó Abu Bakr. “Junto contigo”,
dijo el Profeta. ‘Aisha contaba por
aquella época siete años de edad.
Posteriormente solía decir: “Yo no
había sabido antes de aquel momento que
alguien pudiera llorar de alegría, hasta
que vi llorar a Abu Bakr por esas
palabras”. Cuando
hubieron elaborado sus planes el Profeta
regresó a su casa y le contó a Ali que
estaba a punto de partir a Yathrib, ordenándole
que se quedase en la Meca hasta que
hubiese devuelto a sus propietarios los
bienes que habían sido depositados en su
casa para su salvaguarda. El Profeta nunca
había dejado de ser conocido como Al-Amin,
y todavía había muchos incrédulos que
le confiaban sus riquezas como no se las
confiarían a ningún otro. También le
contó a Ali lo que Gabriel le había
dicho acerca de la conjura que el Quraysh
había tramado contra él. Los
hombres elegidos para asesinarlo habían
quedado en reunirse a la puerta de la casa
del Profeta cuando la noche hubiese caído.
Mientras se encontraban esperando a estar
congregados todos escucharon el sonido de
voces de mujeres procedente de la casa,
las voces de Sawda, Umm Kulthum, Fátima
y Umm Ayman. Ello les hizo pensar; y uno
de los hombres dijo que si franqueaban la
tapia e irrumpían en la casa sus nombres
serían tenidos por siempre en deshonor
entre los árabes por haber violado la
intimidad de las mujeres. Decidieron,
pues, esperar a que su supuesta víctima
saliese, tal y como solía hacer por la mañana
temprano, sí es que no antes. El
Profeta y Ali no tardaron en darse cuenta
de su presencia, y el Profeta tomó un
manto en el que solía dormir y se lo dio
a Ali, diciendo: “Duerme en mi cama y
envuélvete en este manto verde hadramí mío.
Duerme con él y ningún mal procedente de
ellos podrá alcanzarte”. Entonces
comenzó a recitar la azora
que recibe el nombre de sus dos letras
iniciales, Ya-Sin; y, cuando llegó
a las palabras: “Y
nosotros los hemos cubierto para que no
vean” (XXXVI, 9), salió de la casa
y Dios les privó de la visión de manera
que no lo vieron, y pasó a través de
ellos y continuó su camino. Un hombre venía en la dirección contraria, tropezó con él y reconoció al Profeta. Poco después sus pasos le llevaron cerca de la casa del Profeta, y al ver que había hombres a su puerta les gritó que si era a Muhámmad a quien querían no se encontraba allí sino que había salido no hacía mucho. “¿Cómo podía ser eso?”, pensaron. Uno de los conspiradores había estado vigilando la casa y había visto al Profeta entrar en ella antes de que los otros hubiesen llegado, y estaban seguros de que nadie había abandonado la casa desde que ellos se encontraban allí. Pero ahora comenzaron a inquietarse. Uno que sabía dónde dormía el Profeta se dirigió a un punto desde el cual pudo ver a través de la ventana, y se aseguró de que alguien estaba durmiendo en el lecho del Profeta, envuelto en un manto. Por consiguiente tranquilizó a sus compañeros diciéndoles que su hombre todavía estaba allí. Pero cuando llegó el alba Ali se levantó y fue hacia la puerta de la casa, aún envuelto en el manto, pudiendo entonces ver ellos quién era, y comenzaron a pensar que de un modo u otro habían sido burlados. Esperaron un poco más; el más fino de los crecientes, que era todo lo que quedaba de la luna menguante del mes de Safar, se había elevado sobre las colinas orientales y ahora comenzaba a palidecer a medida que la luz aumentaba. Seguía sin haber señales del Profeta, y, con un impulso repentino, decidieron ir cada uno a su jefe de clan para dar la alarma. |
| Portada | Índice | Siguiente | Anterior |