Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 32La luz de tu rostro |
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Fátima,
la viuda de Abu Talib, había abrazado el
Islam poco antes o después de la muerte
de su marido, y lo mismo había hecho su
hija Umm Hani, la hermana de Ali y de
Yafar; pero el marido de Umm Hani,
Hubayyah, era completamente impenetrable
al mensaje de la Unidad de Dios. Sin
embargo, daba la bienvenida al Profeta
cuando acudía a su casa, y si era el
tiempo de la plegaria durante una de esas
visitas los musulmanes de la casa hacían
la plegaria juntos. En una ocasión,
cuando todos habían hecho la oración de
la noche detrás del Profeta, Umm Hani lo
invitó a pasar la noche con ellos. Él
aceptó su invitación; pero después de
un corto sueño se levantó y se fue a la
Mezquita, porque le gustaba visitar la
Kaabah durante las horas nocturnas.
Mientras se encontraba allí, el deseo de
dormir le sobrevino de nuevo y se echó en
el Hichr. “Mientras
estaba durmiendo en el Hichr”,
dijo, “Gabriel vino a mí y me dio con
su pie, por lo que me incorporé; sin
embargo, no vi nada y me volví a echar.
Vino una segunda vez, y una
tercera, y entonces me cogió por el brazo
y me levanté y me puse junto a él; me
condujo a la entrada de la Mezquita, y había
allí una bestia blanca, mitad mula mitad
asno, con alas a los lados con las cuales
movía sus patas; y cada zancada suya
alcanzaba hasta donde su ojo podía
ver.”, (I.I. 264). El
Profeta contó entonces cómo montó a
Buraq, que así se llamaba la bestia, y
con el Arcángel a su lado, señalando el
camino y adaptando su paso al del corcel
celeste, marcharon a gran velocidad hacia
el norte más allá de Yathrib y más allá
de Jaybar, hasta que alcanzaron Jerusalén.
Entonces se encontraron con un grupo de
Profetas —Abraham, Moisés, Jesús y
otros— y cuando él hizo la plegaria en
el lugar del Templo, se juntaron todos
ellos detrás de él en la plegaria. Luego
le fueron traídas y ofrecidas
dos
vasijas que contenían la una vino y la
otra leche. Tomó la de la leche y bebió
de ella, dejando la del vino, y Gabriel
dijo: “Has sido guiado hacia el
sendero primordial, y has guiado a tu
pueblo hacia él, ¡oh Muhámmad!, y el
vino te está prohibido.” A
continuación, como les había sucedido a
otros antes de él —a Enoch y Elías, a
Jesús y a María— Muhámmad fue sacado
de esta vida y ascendido al Cielo. Desde
la roca situada en el centro del Lugar del
Templo montó de nuevo a Buraq, que movió
sus alas en vuelo ascendente y se convirtió
para su jinete en lo que el carro de fuego
había sido para Elías. Guiado por el Arcángel,
que ahora se reveló como un ser
celestial, ascendieron más allá del
dominio del espacio y del tiempo
terrenales y de las formas corporales, y
mientras atravesaban los siete Cielos se
encontró de nuevo con los Profetas, con
quienes había hecho la plegaria en
Jerusalén. Pero allí se le habían
aparecido con el aspecto que habían
tenido durante sus vidas en la tierra,
mientras que ahora los veía en su
realidad celestial, como ellos lo veían
ahora a él, y su transfiguración le
maravilló. De José dijo que su rostro
tenía el esplendor de la luna en su
plenitud (I.I. 270), y que había sido
dotado con no menos de la mitad de la
belleza existente. (A.H.
III, 286). Sin
embargo esto no disminuyó el asombro de
Muhámmad por sus otros hermanos, y
mencionó en particular la gran hermosura
de su hermano Aarón (I.I. 270). De los
jardines que visitó en los diferentes
Cielos dijo después: “Una porción
del Paraíso del tamaño de un arco es
mejor que todo lo que hay bajo el sol,
sobre lo que éste sale y se pone; y si
una mujer de las gentes del Paraíso se
apareciese a las gentes de la tierra,
llenaría el espacio entre el Cielo y la
tierra con luz y con fragancia.” (B.
L. VI, 6). Todo lo que ahora veía lo veía
con el ojo del Espíritu, y de su
naturaleza espiritual, refiriéndose a los
comienzos de toda la naturaleza terrenal,
dijo: “Yo era un Profeta cuando Adán
estaba todavía entre el agua y el
barro.” (Tir. XLVI, 1; A.H. IV, 66). La
cumbre de su ascenso fue el Azufaifo del Confín. Así se le
llama en el Corán; y en uno de los
comentarios más antiguos, basado en los
dichos del Profeta, se dice: “El
Azufaifo está arraigado en el Trono, y señala
el final del conocimiento de todo
conocedor, sea éste Arcángel o
Profeta‑Enviado. Todo lo que hay más
allá es un misterio oculto, desconocido
para cualquiera excepto para Dios Solo.”
(Tab.
Tafsir, LIII. En
esta cima del universo Gabriel apareció
ante él en todo su esplendor angélico
como había sido originariamente creado. (M.
I, 280; B. LIX, 7). Luego,
en las palabras de la Revelación: “Cuando
el azufaifo estaba cubierto por aquello no
se desvió la mirada, ni erró; contempló,
ciertamente, de todos los signos de su Señor,
el mayor.” (LIII,
16‑18). Según el comentario, la
Luz Divina descendió sobre el Azufaifo
recubriéndolo con todo lo que había
junto a él, y el ojo del Profeta lo
contempló sin vacilar y sin desviarse de
él. (Tab.,
Tafsir, LIII).
Tal
fue la respuesta —o una de las
respuestas— a la súplica implícita en
las palabras: “Me refugio en la Luz
de Tu Rostro.” En
el Azufaifo el Profeta recibió para su
pueblo la orden de hacer cincuenta
plegarias al día, y fue entonces cuando
recibió la Revelación que contiene el
credo del Islam: “El Enviado cree, y los creyentes creen en lo
que le ha sido revelado por su Señor.
Todos ellos creen en Dios y Sus ángeles,
en Sus libros y en Sus enviados: No
hacemos ninguna distinción entre Sus
enviados, y dicen: Oímos y Obedecemos;
concédenos, Señor nuestro, Tu perdón; y
que hacia Ti sea el retorno final.” (11,
285). Hicieron
su descenso a través de los Siete Cielos
del mismo modo que habían ascendido. El
Profeta dijo: “De regreso, cuando pasé
junto a Moisés —¡y qué buen amigo fue
él para vosotros!— me preguntó: ‘¿Cuántas
plegarias se te han impuesto?’ Le dije
que cincuenta plegarias cada día, y él
dijo: ‘La plegaria en asamblea es una
cosa pesada, y tu pueblo es débil. Vuelve
a tu Señor y pídele que os alivie la
carga a ti y a tu pueblo’. Regresé pues
y le pedí a mi Señor que la hiciese más
ligera, y quitó diez. Luego pasé junto a
Moisés de nuevo, y él repitió lo que
había dicho antes; en consecuencia volví
otra vez, y me fueron quitadas diez
plegarias más. Pero cada vez que volvía
con Moisés éste me enviaba de vuelta;
hasta que, finalmente, se me suprimieron
todas las plegarias excepto cinco para
cada día con su noche. Luego volví junto
a Moisés, pero aún repitió lo mismo que
antes, y yo respondí: ‘He vuelto a mi
Señor y Le he pedido hasta que ya me da
vergüenza. No volveré otra vez’. Y es
así que el que cumple las cinco plegarias
con fe sincera y confianza en la
munificencia de Dios, a ése le será dado
el premio de cincuenta.” (I.I. 271). Después de haber descendido a la Roca de Jerusalén, el Profeta y el Arcángel regresaron a la Meca por el camino por el que habían ido, adelantando a muchas caravanas que se dirigían hacia el Sur. Aún era de noche cuando llegaron a la Kaabah. Desde allí el Profeta fue de nuevo a casa de su prima. En palabras de ella: “Un poco antes del alba el Profeta nos despertó, y una vez terminada la plegaria de la aurora, dijo: ‘¡Oh Umm Hani! como visteis hice con vosotros la última plegaria de la noche en este valle. Luego fui a Jerusalén y allí hice la plegaria: y ahora he hecho con vosotros la plegaria de la mañana, como ves.’ Se levantó para marcharse, y yo lo agarré de la túnica con tanta fuerza que se le desprendió dejando al desnudo su vientre, como si no hubiese estado recubierto más que por unos pliegues de algodón. ‘¡Oh Profeta de Dios!’, dije, ‘No cuentes esto a la gente, porque te desmentirán y te insultarán.’ ‘¡Por Dios que lo contaré!’, contestó.” (I.I. 267). Se dirigió a la Mezquita y les habló de su viaje a Jerusalén y de quienes encontró allí. Sus enemigos al punto se mostraron victoriosos, porque sintieron entonces que tenían una razón irrebatible para las mofas. Todos los niños del Quraysh sabían que una caravana tarda un mes en ir de la Meca a Siria y otro mes en volver. Y ahora Muhámmad afirmaba que había ido y vuelto de allí en una noche. Un grupo de hombres fue a ver a Abu Bakr y le dijeron: “¿Qué piensas ahora de tu amigo? Nos ha contado que la pasada noche se fue a Jerusalén, oró allí y luego volvió a la Meca”. Abu Bakr los acusó de mentir, pero ellos le aseguraron que Muhámmad se encontraba en esos momentos en la Mezquita hablando sobre su viaje. “Si ha dicho eso”, dijo Abu Bakr, “entonces es verdad, y ¿qué tiene de maravilloso? Él me dijo que, procedentes del Cielo, le vienen nuevas a la tierra en una hora del día o de la noche, y yo sé que dice la verdad. Y esto está más allá de lo que criticáis sin motivo.” Se fue entonces a la Mezquita para repetir su confirmación. “Si ha dicho esto, entonces es verdad”; y es por ello por lo que el Profeta le dio el nombre de al‑Siddiq, que significa “el gran testigo de la verdad” o “el gran confirmador de la verdad”. Sucedió, además, que algunos de los que habían considerado la historia increíble comenzaron a cambiar de opinión, porque el Profeta describió las caravanas que habían adelantado de regreso a la Meca y dijo dónde se encontraban y para cuándo se podía esperar su llegada a la Meca, y cada una llegó tal como lo había predicho, y los detalles fueron los que él había descrito. A los que estaban en la Mezquita solamente les habló de su viaje a Jerusalén; pero cuando estuvo a solas con Abu Bakr y otros de sus Compañeros les contó su ascenso a través de los siete Cielos, narrándoles una parte de lo que había visto, y dejando otras cosas para ser referidas más adelante, con el paso de los años, a menudo en respuestas a preguntas. |
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