Muhammad,
su vida
basada en las fuentes más antiguas
Capítulo 11Un pacto de caballería |
CUANDO
terminó sus negocios en Siria, Abu Talib
regresó a la Meca con su sobrino, que
continuó con su vida solitaria de antes.
Sus tíos procuraron que Muhammad, al
igual que Abbas y Hamzah, tuviese algún
adiestramiento en el empleo de las armas
de guerra. Hamzah estaba destinado
claramente a ser un hombre de enorme
estatura, dotado de gran fuerza física.
Ya era un buen espadachín y un buen
luchador. La estatura y la fuerza de
Muhammad eran normales. Poseía una
notable aptitud para el tiro con arco y
prometía ser un excelente arquero, como
sus grandes antepasados Abraham e Ismael.
Una notable ventaja con la que contaba
para
esto era la agudeza de su visión:
tenía fama de ser capaz de contar no
menos de doce estrellas de la constelación
de las Pléyades.
En
aquellos años el Quraysh no estuvo
envuelto en ninguna lucha, salvo un
conflicto esporádico e intermitente que
se conoció como la guerra lega, porque
había comenzado en uno de los meses
sagrados. Un libertino de la tribu de
Kinanah había dado muerte a traición a
un hombre de Amir, una de las tribus
Hawazin del Nachd, y se había refugiado
en la inexpugnable ciudad fortaleza de
Jaybar. La secuencia de acontecimientos se
desarrolló como era común en el
desierto: el honor exigía venganza, por
lo que la tribu del asesinado atacó a
Kinanah, la tribu del asesino, y el
Quraysh estuvo involucrado, más bien con
poca gloria, como aliado de Kinanah. El
conflicto se arrastró durante tres o
cuatro años, en los cuales hubo sola
mente cinco días de combate real. En
aquel tiempo el cabeza del clan de Hashim
era Zubayr, hermano uterino, como Abu
Talib, del padre de Muhammad. Zubayr y Abu
Talib llevaron a su sobrino consigo a una
de las primeras batallas, pero dijeron que
era demasiado joven para luchar. Se le
permitió no obstante ayudar recogiendo
las flechas enemigas que habían errado el
blanco y dándoselas a sus tíos para que
las volviesen a disparar. (I.H. 119). Pero
en una de las batallas posteriores, en la
que el Quraysh y sus aliados llevaron la
peor parte, le permitieron que mostrase su
destreza como arquero y hubieron de
elogiarlo por su valor. (I.S.
I/1, 81). La
guerra ayudó a avivar el creciente
descontento que toda comunidad sedentaria
tiende a sentir de la ley del desierto. La
mayoría de los hombres principales del
Quraysh habían viajado a Siria y habían
visto por sí mismos la relativa
justicia que prevalecía en el Imperio
Bizantino. En Abisinia también era
posible tener justicia sin recurrir a la
lucha. Pero en Arabia no existía ningún
sistema legal comparable por el que la víctima
de un crimen o su familia pudiera obtener
reparación; era pues natural que la
guerra sacrílega, como otros conflictos
anteriores, hiciese pensar a muchos en
formas
y medios para evitar la repetición de una
situación semejante. Pero en esta ocasión
el resultado fue algo más que simples
pensamientos y palabras: por lo que al
Quraysh se refería, había ahora una
extendida buena disposición para pasar a
la acción, y su sentido de justicia fue
puesto a prueba por un incidente
escandaloso que tuvo lugar en la Meca en
las primeras semanas que siguieron a la
conclusión de la guerra. Un mercader del puerto yemení de Zabid había vendido algunos artículos de valor a un notable del clan de Sahm. Una vez que los géneros obraron en su poder, el sahmí se negó a pagar el precio convenido. El mercader agraviado, como su agraviante bien sabía, era un extraño en la Meca y en toda la ciudad no tenía confederado o patrón al que poder acudir en busca de ayuda. Aun así no estaba dispuesto a dejarse impresionar por la insolente confianza en sí mismo del otro hombre y, tomando posición en la ladera de Abu Qubays, apeló a todo el Quraysh con elocuencia ruidosa y vehemente para que se ocupara de que se hiciera justicia. Los clanes que no tenían alianza tradicional con Sahm respondieron de forma inmediata. El Quraysh estaba resuelto a mantenerse unido por encima de todo, sin hacer caso del clan, pero dentro de esa unión todavía existía una conciencia aguda de la desavenencia que, sobre el legado de Qusayy, los había dividido en dos grupos: los Perfumados y los Confederados. Sahm era de los Confederados. Uno de los jefes del otro grupo y uno de los hombres más ricos de la Meca en aquella época era el jefe de Taym, Abdallah ibn Ayudan, quien ofreció entonces su gran casa como punto de reunión para todos los amantes de la justicia. De los Perfumados sólo estuvieron ausentes los clanes de Abdu Shams y Nawfal. Hashim, Muttalib, Zuhra, Asad y Taym estaban todos bien representados, y se les unió Adi, que había sido de los confederados. Habiendo decidido, después de una acalorada discusión, que era imperioso fundar una orden de caballería para el fomento de la justicia y la protección de los débiles, se fueron todos juntos a la Kaabah, donde derramaron agua sobre la Piedra Negra dejando que cayese en un recipiente. Entonces todos los hombres bebieron del agua así santificada y, con la mano derecha alzada por encima de las cabezas, juraron que en adelante, en todo acto de opresión que se cometiese en la Meca, se pondrían todos juntos como un solo hombre de parte del oprimido y contra el opresor hasta que se hiciera justicia, tanto si el oprimido era un hombre del Quraysh como si había venido de fuera. Los sahmíes, en consecuencia, fueron obligados a pagar su deuda, y ninguno de los clanes que no habían refrendado el pacto les ofreció ayuda. Zubayr
de Hashim, junto con el jefe de Taym, fue
uno de los fundadores de esta orden y llevó
consigo a su sobrino Muhammad, el cual
tomo parte en el juramento y diría años
más tarde: "Estuve presente en la
casa de Abdallah ibn Yudan con motivo de
un pacto tan excelente que no habría
cambiado mi parte en él por un rebaño de
camellos rojos. Y si ahora en el Islam,
fuera incitado a tomar parte en él, lo
haría con satisfacción
(II 86). Otros de los presentes
fueron el primo carnal del anfitrión, Abu
Quhafah de Taym, junto con su hijo Abu
Bakr, que era un año o dos más joven que
Muhammad y que, con el tiempo, habría de
convertirse en su amigo íntimo. |
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